ANTONIO F. JIMÉNEZ
Con la humedad portuaria encrespando los cabellos, con las ciudades flotantes bramando la partida o la llegada al puerto, reposando sobre la negrura temida o amada de la mar, a Gino Paoli le daban el Premio de la Mar de Músicas 2015 en la noche del 20 de julio, en El Batel, el auditorio que funciona estos días en la vieja Cartago como un submarino musical sumergido bajo las noches de la invisible niebla canicular. El premio se lo entregó Sílvia Pérez Cruz, la cantante catalana que nos dejó a todos hechizados con ese amor brujo y llameante al manifestar su duende que, como dijo Goethe, es «un poder misterioso que todos sienten y que ningún filósofo explica». Cuando apareció Pérez Cruz en mitad del concierto de Gino Paoli cantando la repetida Senza fine (sin fin), a todos nos pasó por la cabeza sin saberlo aquello que un viejo maestro de la guitarra le dijo a Lorca: «El duende no está en la garganta; el duende sube por dentro desde la planta de los pies. Es decir, no es cuestión de facultad, sino de verdadero estilo vivo, de sangre, de viejísima cultura, de creación en acto». Porque Sílvia Pérez Cruz, con sus gorgoritos, ese trémolo a lo Serrat, esa inclinación al cante desgarrado, pero con la límpida voz del jazz, provocó un estertor en el escenario mientras Gino Paoli le rodeaba el cuello con sus extensos brazos de manga ancha, sabiendo él, que trabaja con la voz desde hace muchísimo tiempo, que la joven Sílvia es sin duda una portadora del gen artístico que se hace necesario que surja cada cierto tiempo para que el espíritu de los mortales se sublime de cuando en cuando con la autenticidad del arte, porque en Sílvia Pérez Cruz hay una verdad inmarcesible: la bohemia catalana, el grito flamenco. El temblor y la armonía.