GLORIA LÓPEZ

Si te dicen que un escritor de la talla de Javier Sierra viene a Caravaca a hablar de los templarios, por mucho que te guste o te disguste, tienes que ir a escucharlo.

Eso pensamos medio pueblo, porque la casa de la cultura, vacía casi siempre, se quedó pequeña el pasado martes para escucharlo.
No era un acto de presentación del nuevo libro del único autor que ha logrado situar sus novelas en el top ten de los libros más vendidos en los Estados Unidos ( que me da esto a mí que pensar, pero eso es otro tema ) simplemente venía a hablar. Y eso es lo que hizo. Y de qué manera.
Los que entramos por las puertas de hierro de la casa del Cultura a las 20.30 horas del siglo XXI vinimos a salir por las puertas templarias de una ciudad santa para hacer un viaje en el tiempo, como los protagonistas de sus novelas, entre los misterios de la historia.
El escritor, tan pequeño, tan afable, tan Don Petete, con esas gafas de ratón de biblioteca nos supo arropar, sumergir, sin quererlo, sin sentirlo en los misterios del mundo templario durante más de dos horas. Más cerca del universo infinito que de la tierra que pisan el resto de los mortales, se elevó por encima de todos los que allí lo escuchábamos, no para enseñarnos, que nos enseñó, sino para guiarnos en un camino que solo en nuestros pasos está el acabarlo.
Y mientras iba explicando sembraba la duda, mientras ponía piedras… levantaba muros. Dando hechos inciertos abatía verdades ciertas, haciendo preguntarte a tí, que piensas que todo está atado, donde perdiste el nudo que une la realidad con la ficción, la verdad con la mentira, el bien con el mal y tirando del hilo de tal manera que llegas a pensar que hay alguien mucho más lejano que tiene la madeja de tu vida. Y quieres ser ese navegante del cosmos de su infancia que descubre que hay sendas por encima de los caminos de dios y que todo está unido por una verdad tan absoluta como fuera de nuestro entendimiento,(al menos del mío, que es más bien corto.) y tan antigua como el sol y la luna, o las constelaciones que rigen las casualidades de la Historia.

De allí salté de nuevo a nuestro siglo con más ganas si cabe, de conocer mi historia, la de los templarios y sus misterios, de visitar Egipto y buscar el Santo Grial o acercarme a Zaragoza, donde hay un pueblo con una tumba muy particular. Buscar en las cristaleras de colores de las iglesias los vestigios de masones y arquitectos de luces. Pisar lo que un día pisaron los guardianes de la fe y que dejaron pista tras pista para completar un rompecabezas (la mía) y dudar hasta de si entre nosotros debía de haber algún caballero templario escuchando desde alguna esquina. Alguno había, pero eran los de Caravaca y ninguno llevaba túnica.
Y salí de allí como Wonder Woman cuando sale del museo con el escudo y la espada, pero con el Huawei y el google, traspasando las puertas del tiempo y el conocimiento, con una curiosidad por leer y entender… que hacía tiempo nadie despertaba en mí. Porque una cosa es exponer tu sabiduría y otra muy distinta utilizarla para sembrar la curiosidad en el corazón de quién te escucha.
Este artículo, como los códigos secretos, solo lo entenderán los que allí estuvieron, los demás… me mirarán y dirán como me dijeron al salir, tan entusiasmada yo y casi convertida en Gran Abadesa del Santo Grial… “es la última vez que vas a una conferencia sobre los Templarios “.