MARIANA PÉREZ ALMAGRO

Usado desde  antaño como símbolo protector, marca de clase social, joya o adorno, el tatuaje en ocasiones ha sido utilizado con una cara menos amable, pero no por ello menos digna de conocer.

Durante la Segunda Guerra Mundial y el horror nazi en los campos de concentración, el tatuaje fue utilizado como marca identificativa a los prisioneros. A priori el número de serie otorgado a cada prisionero era marcado con tinta indeleble en sus ropajes en el pecho, tras su muerte los prisioneros eran despojados de su ropa por tanto era complicado dada la alta tasa de mortalidad, la identificación de los cuerpos. Las autoridades de las SS iniciaron así la práctica del tatuaje en los campos de concentración para identificarlos fácilmente.

Se tatuaba mediante un sello de metal con espacios intercambiables realizados con agujas y frotando tinta por encima de la herida hecha con este artilugio que resultó ser poco práctico y fue cambiado posteriormente por una marca realizada con una sola aguja, tatuando en la piel el contorno de los dígitos del número asignado. Se solía marcar principalmente en la cara exterior del antebrazo izquierdo. Los prisioneros tatuados eran los que trabajarían o prestarían servicios hasta su muerte.

Este sistema de numeración mediante el tatuaje comenzó a darse en Auschwitz en 1941, pasando la sistemática de numeración eterna a todos los prisioneros de otros campos inmediatamente tras sus llegadas, inclusive a las mujeres y niños, únicamente no se tatuaría a los prisioneros no judíos, los denominados prisioneros de reeducación. A algunas prisioneras judías se les tatuó un triángulo debajo del número de serie, siendo parte del amplio sistema de códigos utilizado para identificar a millones de personas.

Lale Sokolov, prisionero 32407 con sangre judía, ocultó el secreto de haber sido uno de los tatuadores de Auschwitz. Su tarea de marcaje a cambio de su vida le costó el silencio durante muchos años, por vergüenza o quizás como olvido del horror vivido.

También sirvió como identificación de grupos militares, entre ellos, los del cuerpo de combate Waffen-SS, quienes llevaban un pequeño tatuaje en la cara interna del brazo izquierdo, en la zona del bíceps, con el tipo de sangre, para que en caso de transfusión a un soldado sin chapa el proceso fuera más rápido. Tatuajes que les costarían caros tras el final de la guerra, ya que los Aliados los usaron como identificación para la localización de miembros de las SS y así someterlos a juicio. Muchos de ellos intentaron borrarlos cortándose o quemándose la piel, aunque las marcas ocasionadas eran más que evidentes pruebas de su pertenencia a dicho grupo militar.

La fijación y posterior tesis del doctor Erich Wagner sobre los tatuajes fue oscura y horrorosa, sin duda, pero extensa y culturalmente curiosa como para merecer un artículo en el futuro, de ella solo destacaré como adelanto que el nombrado medico de las SS arrancaba los tatuajes de los prisioneros que bajo orden entraban en su consulta sin regreso, buscando una evidencia psicológica común entre ellos.

Las mujeres Malaka  en Indonesia se tatuaban como símbolo conyugal. La mujer que disponía de estos tatuajes estaba casada. Tras la invasión japonesa, eran usadas como comercio sexual y quienes tuvieran tatuajes como marca conyugal serian, normalmente, respetadas. Tatuándose a sí mismas como casadas a pesar muchas de ser solteras, salvándose así de ser vendidas a burdeles, utilizando el tatuaje como arma de defensa ante los soldados del despiadado ejército japonés.

Desde marca de prisioneros hasta arma contra el enemigo, el tatuaje fue usado también durante esta y otras guerras, como símbolo de esperanza entre los soldados; anclas, golondrinas, símbolos de amor, lealtad y sobre todo libertad, como los curiosos tatuajes usados por militares de la US Navy con la figura de un gallo y un cerdo sobre sus pies, siendo estos animales su alimento en la travesía, iban a bordo en jaulas de madera, si el barco se hundía ellos flotarían sirviendo así  como esperanza en caso de siniestro, al igual que los tatuajes con sus imágenes en los pies de los marineros, realizados con la superstición de que ellos también flotarían como las jaulas de estos animales.