Pascual García (pasgarcia62@gmail.com)/Francisca Fe Montoya

Aunque nosotros somos amigos desde siempre, de hecho no recuerdo una etapa de mi vida sin la presencia cercana del Paco y del Diego, porque en Moratalla, como en otros pueblos, nos llamamos con el artículo por delante, nunca nos habíamos juntado a comer con nuestras mujeres, quizás porque no obedecemos del todo al patrón burgués del genial Miguel Espinosa, del que escribía con ironía mordaz que eran una especie que siempre se daba en pareja. Reconozco mi secreta aversión a salir con otras parejas de amigos, salvo casos aislados, que algunos practican como un ejercicio contra la soledad corrosiva.

Pascual García (pasgarcia62@gmail.com)/Francisca Fe Montoya

Aunque nosotros somos amigos desde siempre, de hecho no recuerdo una etapa de mi vida sin la presencia cercana del Paco y del Diego, porque en Moratalla, como en otros pueblos, nos llamamos con el artículo por delante, nunca nos habíamos juntado a comer con nuestras mujeres, quizás porque no obedecemos del todo al patrón burgués del genial Miguel Espinosa, del que escribía con ironía mordaz que eran una especie que siempre se daba en pareja. Reconozco mi secreta aversión a salir con otras parejas de amigos, salvo casos aislados, que algunos practican como un ejercicio contra la soledad corrosiva.
Las cosas suceden de improviso y de un modo espontáneo; de manera que estos días festivos establecimos una fecha, en concreto la del 26 del mes pasado, sábado, y un sitio excelente para comer, La Pastora, en la Casa de Cristo, donde el paisaje nos reconcilia con nuestros orígenes y donde en tantas ocasiones hemos disfrutado de la tierra, de la presencia de los árboles y de la aventura, al cabo, de la naturaleza.
Elegimos, sin saberlo, un día espléndido de invierno, con el frío justo para gozar de la nueva estación y con todo el sol de esos festivos generosos de diciembre luciendo en lo alto de la sierra más hermosa de Murcia. Había una mesa reservada para nosotros y pronto nos sentamos y pasamos directamente a los vinos, Juan Gil para nosotros y Emina para ellas, el sabor más acentuado de la tierra y la elegancia exótica de los Ribera, un tinto de Jumilla y un blanco de Valladolid. El camarero nos trajo una pequeña bandeja con olivas, cacahuetes y salpicón. Luego vinieron los entrantes: mejillones al vapor, oreja de cerdo, lomo de orza, carpaccio de salmón y bacalao. El servicio era rápido y ordenado, a pesar de que el salón estaba lleno. Los primeros no se hicieron esperar: verduras en tempura, cordero lechal, pata de cabrito, entrecot de ternera, merluza a la plancha, bacalao a la Pastora y de postres, todos caseros: flan de café, helado, leche frita y piña.
Pero el plato más suculento de la comida, de una comida entre amigos como ésta, fue, sin duda, la conversación, y hasta aquí puedo leer. Los amigos, los de verdad, no hablan para comunicarse nada en concreto, aunque siempre se entera uno de asuntos que no conoce o ha olvidado, los amigos hablan para pasarlo bien, para reírse, para derrochar palabras y no decir nada o decirlo todo, para celebrar que están juntos y que están felices.
Cuando la comida acabó, salimos al claustro y pedimos a los ocasionales visitantes que nos echaran fotos, porque el día en La Casa de Cristo había merecido una rúbrica fotográfica. Las tres parejas juntas casi por primera vez, el paisaje soberbio de la Sierra del Buitre, coronada por un penacho nuboso que presagiaba lluvia para los días siguientes. Apreciábamos todos la calidad de un frío tan puro como el aire que estábamos respirando y la belleza agreste de una tierra que no se deja conquistar fácilmente.
Sabíamos todos que un poco antes de que la tarde empezara a declinar, mucho antes, por supuesto, del crepúsculo, el helor no nos dejaría estar allí, pisando el camino de tierra y sonrientes, mientras las cámaras de los móviles fijaban una imagen que todos guardaríamos en nuestro corazón como un pedazo fascinante e inédito de vida, la nuestra.