JOSÉ ANTONIO MELGARES/CRONISTA OFICIAL DE LA REGIÓN DE MURCIA

Los de mi generación y los de otras anteriores y posteriores, no podíamos imaginar que aquella oficina de telégrafos, en la C. del pintor Rafael Tejeo, y lo que se ventilaba en el interior de la misma, sucumbiera con el tiempo, desplazada por las denominadas “modernas tecnologías”. Nada queda de aquel tipo de comunicación a distancia mediante el denominado “alfabeto Morse”, a base de puntos y rayas, y apenas si se recuerdan por los mayores los “telegramas” y los “giros telegráficos”.

Una de las personas vinculadas a aquella oficina de “telégrafos” de Caravaca era Segundo Marín Raigal, junto a un grupo de compañeros capitaneado por Daniel Serrano y después por Leandro Salinas, en el que también figuraban Pedro Cánovas, Juan Torralba, Paco Puerta, Paco “el López”, el “tío Torero”, José y Jesús Romero. La oficina o “estación” de Caravaca gozaba en el organigrama telegráfico español de consideración “superior”, y conectaba a diario con Murcia, Nerpio y Puebla de D. Fadrique, desde cuyas estaciones se relacionaba con el resto de España.

Segundo, que trabajaba en aquella oficina como “celador”, vino al mundo en la primavera de 1922, en el seno del matrimonio integrado por José María Marín Marín y Dolores Raigal Martínez, quienes establecieron el domicilio familiar en la C. “Frente a Gradas”, en el popular barrio “del Egido”.

Con siete años se trasladó con su familia a la localidad manchega de Tomelloso, donde aprendió las primeras letras con un maestro de nombre D. Gaspar, al que recordó con afecto toda su vida. Tras la muerte del padre, la familia regresó a Caravaca en 1941, en donde la madre encontró trabajo como asistenta con la condesa de Reparaz, Dª. Caridad Vaillant, en su casa de la actual C. de “Gregorio Javier” (entonces “Ródenas” y antes “Melgarejo”).

Al año siguiente, Segundo se alistó en la “legión” siendo destinado a Tahuima y después a Larache, desde donde partió, con todo su reemplazo, a Benasque, en los Montes Pirineos.

Al regresar de “la mili”, “con los papeles bajo el brazo”,comenzó a trabajar en las obras del Canal del Taibilla y poco después aprobó las oposiciones al cuerpo de celadores de Telégrafos, obteniendo su primer destino en Motril (Granada), con 400 pts. de sueldo mensual. La pensión donde se alojaba costaba a Segundo 500 pts por lo que hubo de ingeniárselas trabajando como carpintero ebanista durante las horas libres que le permitía su trabajo en Telégrafos. En el taller de carpintería fabricó, entre otros muchos, los muebles para su propia casa.

En 1947 contrajo matrimonio con María Martínez Tomás, estableciendo el domicilio familiar en la citada localidad granadina, y más tarde en La Rábita, para recabar en Caravaca en 1950, tras conseguir una plaza vacante en la oficina de la ciudad.

Ya en Caravaca, el matrimonio se instaló en las denominadas “Casas de Sola” en la C. “Ciruelos”, para hacerlo más tarde en “ramblica”, donde nació Loli, su primera y única hija. Posteriormente vivieron en el “Callejón de Santa Elena”, en casa alquilada a Concepción “la de Pepa”, donde vino al mundo su hijo José María, en 1955. Diez años después adquirió Segundo casa propia en la C. “Carreras Altas” nº 6, por precio de 15.000pts (que años después vendió en 75.000), donde nació Juan Antonio, el último de los hijos, y desde donde la familia se trasladó a la “Travesía de Ángel Blanc” (hoy C. “Madrid”), a piso que construyó Floriano, que le costó 200.000 pts, pagadas en mensualidades de mil pts.

El trabajo de Segundo, como celador telegrafista, consistía en el mantenimiento de la línea en perfecto estado de conservación. Los obligados desplazamientos los hacía inicialmente en bicicleta, subiendo a los palos del tendido con zapatillas provistas de suelas con pinchos metálicos.

A su costa adquirió una moto ECHASA (de fabricación vasca), cuya matrícula recuerdan los hijos: MU 45629; y luego una OSSA en la que llevó a su hijo José María a hacer la “Ruta de D. Quijote”. Tras aquella moto tuvo un “Seat 600” color verde, y luego un ”850” que, con el tiempo, heredó su hijo Juan Antonio.

Al ascender a capataz se hacía preciso abandonar Caravaca, por lo que renunció al ascenso, permaneciendo en la ciudad en comisión de servicios hasta que, en 1974 hubo de trasladar la residencia familiar, a Cieza, donde vivió hasta 1980 en la C. “García Morato”, aunque los fines de semana los pasaba con la familia en Caravaca, en casa alquilada en la C. de “la Cruz”, frente a las “Carreras de Fernandico”.

Aquejado de una dolencia gástrica, falleció en Cieza, a los 57 años, en abril de 1980, con once trienios y 34 años de servicio.

Sus aficiones fueron el ciclismo, los toros y la música. Impenitente admirador de los ciclistas de la época: Bahamontes y Luís Ocaña; así como de los franceses Anquetil y Pulidor. Del torero Manuel Benítez “el Cordobés” (entonces enfrentado artísticamente con Santiago Martín “el Viti”); y músico activo formando parte de la banda de música municipal de Tomelloso, donde tocaba la trompeta. Tocaba la guitarra y pasaba largas horas escuchando música de zarzuela.

Quienes tuvimos la suerte de conocerlo, le recordamos con afecto en compañía de su cuñado Juan “el Sastre”, Pedro “el Naranjero” y Jesús “el Sastre”, con quienes solía ir los domingos a almorzar a Las Fuentes. O con la familia, ante una cerveza fría en el bar “El Mirador” del Camino del Huerto o en “La Peña Mariano” de la Gran Vía.

También se le recuerda entre los “cursillistas de Cristiandad”, y como uno de los habituales organizadores de las procesiones de la Stma. Cruz, provisto de su consabida “cruceta”. Y aunque su capuchón color marrón carmelita impedía ver su rostro, se le reconocía cada jueves santo, bajo el trono del Cristo de los Voluntarios, en la Procesión del Silencio.

Su temprana muerte no le impidió, sin embargo, conocer y disfrutar de tres de sus seis nietos entre quienes pasó sus últimos días.

A Segundo, como al resto de los empleados del desaparecido “Telégrafos”, se les recuerda con mucho afecto entre las generaciones aún vivas, vinculados al sonido de transmisión del “Morse”, al papel azul del telegrama y a la cinta blanca pegada a aquel, donde iba escrito el texto, cuyo importe se pagaba por palabras. Y también el sobresalto con que el telegrama se recibía en cualquier casa pues, salvo por felicitaciones onomásticas o textos comerciales, casi siempre el telegrama era portador de noticias relacionas con el fallecimiento de seres queridos.