Pascual García (pasgarcia62@gmail.com)

Solía ocurrir en verano. Los muchachos del Castillo andábamos hasta las tantas por aquellas calles empinadas y por sus patios y plazoletas recónditos y de repente alguien decía en voz alta, como un grito de alarma o un aviso repentino, que el Lute había vuelto a escaparse y que tuviéramos cuidado porque andaba escondido y huyendo de la guardia civil, como si aquel personaje legendario, hoy probo y respetable abogado, tuviese el don de la ubicuidad y pudiese estar en varios sitios a la vez, distantes centenares de kilómetros, porque la leyenda parecía hecha a prueba de inverosimilitudes y el héroe con facultades fuera de lo común. El caso es que la advertencia cumplía su misión y nosotros nos replegábamos temerosos y creyentes en viejas supersticiones donde no faltaba el odio y el miedo. Pensábamos firmemente que en cualquier momento podría aparecer por uno de aquellos callejones empinados o por los terraplenes de Las Torres como un superviviente esquilmado, no sin cierta nobleza, pero ávido de sangre y de venganza. El viejo testaferro de una dictadura tan cruel como anodina, tan violenta como adormecedora, que había sumido al país en un estado catatónico, regresaba de vez en cuando y animaba la grisura de los días y de las noches con su amenaza latente.

Es posible que todo aquello fuese el producto de un constante error judicial, de una estúpida bola de nieve que había terminado por sacrificar a un desgraciado cualquiera en aras de la pasión popular por la aventura y la tensión de chicos y mayores que vivíamos aquellos ecos de una realidad lejana como si nosotros mismos fuésemos los protagonistas.

El Lute estaba muy lejos, desde luego, y nosotros no le interesábamos lo más mínimo, porque su única obsesión era huir y salvarse, pero aquellos atardeceres de julio nos lo acercaban de vez en cuando y casi sentíamos su aliento en nuestras nucas, mientras cruzábamos la Calle Curato en dirección a Las Torres y nos sentábamos justo al borde de ese precipicio y mirábamos el paisaje de la sierra al fondo con actitud soñadora, como si pretendiéramos buscar en las primeras sombras del crepúsculo un cuerpo sospechoso en movimiento.

Es evidente que nunca lo vimos, porque nunca estuvo lo suficientemente cerca, pero experimentamos muchas veces el estremecimiento del miedo, la huella helada de un soplo casi sólido que venía de muy lejos, mirábamos entonces a nuestras espaldas y nos íbamos a casa deprisa, donde mi abuelo había prendido el fuego de la chimenea y me esperaba impaciente para contarme viejas historias de la sierra y mi madre me iba preparando la merienda.

Como suele ocurrir en estos casos, el miedo nos unía, nos hacía más fuertes y nos empujaba al centro de los hogares, recogidos y en silencio, justo donde lo habían previsto quienes habían confeccionado la fábula y el mito. Entre tanto el héroe perseguido cumplía con eficiencia su papel de víctima y, con el paso de los años, de adalid y de ejemplo de los más necesitados, aunque esa no es la figura que yo temí y admiré a un tiempo durante toda mi infancia, pese a mi carácter cauto, en absoluto tendente  a las causas miserables y sin salida. Luego sí, luego todo fue un final de sueño, el que había empezado robando gallinas para comer, había adquirido la potestad, estudios de derecho mediante, de defender a otros delincuentes y ayudarles a que la justicia los tuviera en cuenta y los jueces ejerciesen su ecuanimidad ciega con ellos.

Pero, ni siquiera ahora, pasado casi medio siglo, ando por la calle seguro y firme, cuando recuerdo aquellos atardeceres en los que mi madre, en los que todas las madres nos llamaban apresuradas para que volviéramos a casa antes de que entrara la noche y pudiese venir el Lute.