Santiago Gironés

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JOSÉ ANTONIO MELGARES/CRONISTA OFICIAL DE LA REGIÓN DE MURCIA

En los años inmediatamente posteriores a la guerra civil, hubo frente al Casino (hoy Peña Taurina), una discreta imprenta, la Imprenta Gironés, donde se imprimían las «cartulinas» del cine (de la empresa Orrico), recordatorios de primera comunión y fallecimientos, y publicidad en general. Su dueño, Juan Gironés Fernández y la esposa de éste, Virginia Caparrós Teruel (que fabricaba obleas para el alfajor y el pan de higo), trajeron al mundo cuatro hijos: Santiago, Adrián, Fina y Virginia. El mayor de ellos, cuya referencia hoy nos ocupa, nació en 1936, aprendió las primeras letras en el colegio de Las Monjas al cuidado de sor Evarista, y luego en la Santa Cruz con Dª. Pilar, concluyendo su formación tras una corta estancia en el colegio Cervantes de la carretera de Moratalla.

Al morir el padre en 1944, comenzó a trabajar en la imprenta familiar junto al oficial de aquella Ramón Pons, pero agobiados por la competencia (las imprentas Rivero y Haro), hubo de cerrar el negocio, comenzando a trabajar, como aprendiz, en la carpintería Nevado y yendo a parar tiempo después a la de Perico «el Perraspúas» (Pedro Martínez-Iglesias Mata), en la C. Canalejas, quien junto a su hermano Felipe regentaba taller propio de esta naturaleza. Pasado el tiempo trabajó con los Ródenas haciendo ataúdes en la Glorieta, desde donde partió a cumplir el servicio militar en Cerromuriano y Ceuta, a cuya conclusión marchó a Barcelona, colocándose como carpintero en un taller de la C. «veintisiete de enero», donde permaneció durante quince años, período en el que contrajo matrimonio con Cari Martínez Pérez.

Animado por la prosperidad de los tiempos se estableció por su cuenta, abriendo carpintería propia en la C. del general Weyler, donde le fue muy bien fabricando cocinas y accesorios de madera para la construcción de viviendas, regresando a Caravaca y estableciéndose primero en la C. del Dr. Alfonso Zamora (y bajos de Guillermo Elum, donde pagaba 500 pts. de alquiler), y luego en Juan Carlos I, en local alquilado a Perico «el Alto» (pagando de alquiler 600 pts.), hasta que a los 52 años contrajo la dolencia ósea y hepática que le impidió seguir trabajando.

En su taller se hizo la carpintería de muchos pisos construidos en los años 70 y 80 del pasado siglo, además de los 25 escudos para el grupo Templario del bando Cristiano, por encargo de Perico «el Alto». Y a petición de Alfonso «el Caillo» se sustituyó la cruz original del Cristo de los Voluntarios por la actual lo que, dada la envergadura y dimensiones de la imagen, llevó a cabo en local prestado (entonces ocupado por «Auxilio Social») junto a la actual ubicación de la «Peña Taurina». La citada sustitución se llevó a cabo en 1979, utilizándose madera de ciprés que proporcionó «el Caillo» cuya procedencia se ignora, si bien pudo ser fruto de alguna donación particular. Por su trabajo no cobró nada y confiesa haber sido una de las tareas más impactantes que ha tenido a lo largo de sus años de profesión.

Santiago no sólo ha sido conocido en la sociedad caravaqueña por su trabajo habitual como carpintero, sino por su vinculación a la actividad musical local durante más de cincuenta años.

La residencia familiar en la Placeta del Santo le ofreció el contacto con la academia donde tenía su actividad la Banda de Música Municipal que a la sazón dirigía el maestro Jesús Fernández. Tras aprender solfeo se inició en el manejo de instrumentos como el trombón y el bombardino, junto a su amigo Eusebio quien se inclinó por el bajo.

Simultáneamente a su actividad como carpintero y músico titular de la Banda Municipal, formó orquesta con otros amigos, la recordada «Orquesta Tropical», que durante años amenizó los bailes estivales en el complejo «Las Delicias» (al que ya me referí tiempo atrás), durante las noches de los fines de semana y días festivos del verano caravaqueño. En la citada orquesta le acompañaban Pepe Robles «el monjero» (con la batería), Fidel «el del carbón» (la trompeta), Julian «el herrador» (tenor), Juanico «el de la luz» (saxofón), Paco «el de Nestor» (saxofón alto), Cayetano (trompeta) y Antonio Fernández (contrabajo).

La Orquesta Tropical competía en las actuaciones locales con otra encabezada por Dª. María Rodríguez «la del maestro de música», que tocaba el piano, Pedro José Martínez Nevado (el violín), Matías Albarracín (trompeta), Amador «el Cuchara» (clarinete) y «El Pitauto» (fontanero de la C. Nueva), que alternaba clarinete y saxo. Este otro grupo musical, cuyo nombre, si lo tuvo, no me ha sido facilitado, acudía a amenizar los bailes en los salones del Círculo Mercantil en Nochevieja, el Carnaval y otras fiestas sociales allí celebradas.

Santiago, carpintero de profesión y músico por devoción, no tuvo rivales sino compañeros en su oficio, recordando con aprecio a colegas como Luís Zarco, Agustín Llana, Pascual el del Camino del Huerto, los Mixtas, Firlaque y Felipe Martínez-Iglesias. Los Ródenas, los Espallardo y Nevado; mientras que recuerda con cariño casi reverencial a sus maestros en la Banda de Música: D. Jesús Fernández, D. Antonio Martínez Nevado, D. Antonio Candel y el más joven de todos ellos Ignacio García.

En el otoño de la vida y cargado de achaques físicos, junto a Cari, su esposa; su hija Virginia y sus dos nietos (Eva y Daniel), quienes le siguen con éxito en los caminos de la música, Santiago contempla el paso del tiempo desde la terraza de la experiencia, animado por los recuerdos y las vivencias del pasado.

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