GLORIA LÓPEZ CORBALÁN

«Segunda Ley de Mendel o Principio de la segregación […] Ciertos individuos son capaces de transmitir un carácter aunque en ellos no se manifieste».Así de esta manera, dos individuos blancos puros de una colonia de blancos en la Sudáfrica  del Apartheid mas blanca pueden tener, por la gracia de su Dios Blanco, una niña negra.

La historia de Sandra es la prueba viviente de lo caprichosa que es a veces la naturaleza. De cómo esta nos pone en el lugar que nos corresponde aunque nos empeñemos en ir contra ella. Y de cómo el mal infringido a los demás en base a supuestos tales como la raza, el color de ojos o la religión, vuelve a nosotros como un boomerang para cebarse en las personas que más queremos. Eso debió de pensar el padre de Sandra, un respetado miembro ultrablanco, ultraconservador, prosélito del Apartheid, fiel defensor de la raza blanca y de las leyes que separaban a los superiores blancos de los esclavos negros, cuando su blanquísima esposa dio a luz en 1955, una niña negra.

Negro debió de ver el futuro de la niña el padre, pues desde aquel momento decidió que su hija seria blanca. Sandra nació negra por algún pecado pasado, pero sus padres la veían blanca. Y como blanca fue tratada. Así los primeros años de su infancia fueron tan blancos como el expediente de sus progenitores. Colegio y costumbres de blancos que atacaban el color de la piel y los rizos del pelo de Sandra, mientras su padre miraba hacia otro lado. Blancos fueron los intentos de estos padres por tapar ese gen maldito que se habían dedicado a castigar en otros, y en 1967 el gobierno sudafricano, a instancias del padre de Sandra, aprobó una ley que declaraba blancosen derecho a todos los hijos de padres blancos. Su madre siempre que podía, la apartaba del sol para impedir remarcar su color mientras peinaba sus rizos diariamente sin resultado alguno. En su loco intento, su padre le quemaría la cara varias veces  con cremas despigmentantes. Después de 5 años en la ortodoxa escuela infantil, donde ella sabrá que tuvo que padecer, fue expulsada, con 10 años, por la dirección.

Sólo el test de ADN y la potestad de su padre al frente del Partido Nacional-racista salvaron a Sandra de una segura deportación al gueto negro de la ciudad, abandonando el domicilio familiar.

Fue rechazada por la iglesia tradicionalista y repudiada por todo su comunidad. No podía relacionarse con ningún blanco y todos los colegios negaron su nueva escolarización. El padre apeló a la recalificación de 1967 pero la ley fabricada por él mismo no la hacia impune de todos sus anteriores leyes y prejuicios destinados a humillar esa raza maldita. Sandra no tuvo más remedio que hacer amigos «en el otro lado». Con 16 años se fugó a Swazilandia con un frutero zulú llamado Petrus Zwane con el que se casó y tuvo dos hijos. Su padre nunca le  perdono que se marchara con un negro. Murió antes de volver a hablar con ella.

Al regresar a su tierra natal, Sandra no pudo volver a vivir en la colonia blanca, por lo que se instalo en el gueto, sin agua ni electricidad y sometidos a la dureza del Apartheid. Le retiraron la custodia de sus propios hijos por la misma ley que modeló su padre y que impedía la convivencia de dos razas bajo un mismo techo: ella era todavía legalmente blanca. Sobrevivió hasta la caída del Apartheid en 1990 y a otro matrimonio, para, después de 30 años, volver a ver a su madre y reconciliarse.