Pedro Antonio Martínez Robles

Lo mismo que por san Antón viene de antiguo la costumbre de llevar a los animales a que reciban la lluvia bendita del hisopo en la placeta de la iglesia, había también por san Blas una práctica, extinta hoy, de llevar unos sanblases de barro bendecidos colgados del cuello por medio de una cinta, o prendidos al pecho con un imperdible, si es que el presupuesto no daba para la cinta completa o ésta se agotaba en la mercería.

Existía entonces la creencia —no sé si supersticiosa o de santa de devoción, que ambas cosas son muy respetables— de que quien llevaba a bendecir un sanblás por la onomástica del santo y luego se lo ataba al cuello o se lo prendía al pecho, quedaba libre de por vida de perecer ahogado. A veces los sanblases se agotaban, o tenían un precio demasiado prohibitivo para algunas familias, pues de todo había en las economías ajustadas de aquellos años, y aun la cinta escaseaba, por lo que muchas madres, temerosas de no preservar a sus hijos de un futuro ahogamiento por no cumplir adecuadamente con el rito, consideraban suficiente la protección de un trozo de cinta de no más de dos dedos de largo, toda vez que estuviera convenientemente bendecido, y algunos lucían o lucíamos por el 3 de febrero ese minúsculo trozo de cinta enganchado al jersey con un imperdible. La lengua popular, tan dada al sarcasmo, elaboró una ocurrencia que no dejaba al santo bien parado en su labor de socorrista, pues decían de San Blas de Ahoguete, que por salvar a uno ahogó a siete. Como si en lo tocante al ahogamiento la cosa fuera de guasa.

En las épocas de mayor precariedad, no faltaba quien se encomendaba a los santos, bien para que san Antón diera salud a las bestias de labor o a los animales de comer, bien para que san Blas nos librara de morir ahogados o atragantados. En este mundo que aparenta un imparable bienestar, a medida que nos sentimos más poderosos, nos vamos sintiendo también más seguros y confiados, y así tornamos el ritual de la bendición de los animales necesarios para el trabajo y el sustento, en el bautismo caprichoso de mascotas, y el hábito de llevar un sanblás protector al cuello por el de la sarcástica memoria de una conducta en la que alguna vez creímos y hoy negamos. Así pasa con todo, como si fuera tan fácil ser ahora lo queremos ser sin haber sido antes lo que queremos olvidar.