Ya en la calle el nº 1052

Salvación: “un libro sorprendente, original y complejo”

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Lorem fistrum por la gloria de mi madre esse jarl aliqua llevame al sircoo. De la pradera ullamco qué dise usteer está la cosa muy malar.

MONTSERRAT ABULMAHAM
La novela Salvación de Miguel Sánchez Robles que nos reúne esta tarde es, no cabe duda, un libro sorprendente, original y complejo.

Marina y Marcial Cantó
Marina y Marcial Cantó

La primera de las características que permiten calificarlo como lo acabo de hacer es que se trata de una novela porque así se presenta. En este libro hay, sin duda, narración, hay también descripción de paisajes, de situaciones y, cómo no, a parte de la primera persona que cuenta, hay personajes. Sin embargo no hay una verdadera acción que tenga un punto de partida y llegue a un desenlace. No se cuenta en propiedad ‘una historia’, que es lo que uno espera de una novela y, en este sentido, sorprende.
A pesar de ello, no cabe duda de que es una novela. Se trata de una ficción o al menos de una cadena de ficciones que se suceden y que dan cuerpo a una ‘historia’, pasada por el omnipresente ojo de quien mira hacia afuera y hacia adentro. Es más bien, por lo tanto, una historia interior; una especie de viaje iniciático.
Intentando, por aquello de los vicios que tiene la Filología que no descansa hasta colocarle una etiqueta a todo y ordenarlo según la metodología sabida, me parece un libro; una novela, que podemos calificar por una parte de ‘escritura mecánica’, no muy lejana de las experiencias de los surrealistas que dejaban correr el subconsciente de manera libre y lo dejaban fluir desde la punta de sus lápices o plumas.
Por otra parte, podríamos decir sin faltar a la verdad que se trata de una obra intimista, recoleta, encerrada en un yo que se manifiesta, al parecer, sin tapujos o artificios, aunque la obra esté llena de artificios que, posiblemente, sólo muestran que una parte del subconsciente del autor está poblada por sus muchas lecturas y los retazos de sus autores favoritos. En ese sentido, quizá recuerde a una obra de Ángel Rupérez, titulada Vidas ajenas que parte de una anécdota mínima y trata de desentrañar las interioridades de los personajes. No es que se parezca como una gota de agua a otra y, por eso, es original, pero recuerda un ejercicio literario como el de Rupérez.
Así que llegados hasta aquí podemos afirmar que ambas clasificaciones, la de escritura automática y la de obra intimista, no se contradicen, aunque esta última suela pretender crear un clima de retorno al útero materno, de cierre a la realidad exterior, de predominio del subjetivismo. También podríamos decir que ambas clasificaciones convienen a este texto y dejarlo ahí.
No obstante el texto es una constante observación de la realidad exterior y en ese sentido, me recuerda Conversación en la catedral de Vargas Llosa, sin necesidad de que se parezcan en nada, sólo en ese aliento de analizar un momento, una época. Es decir, paradójicamente, es un texto que mira hacia afuera, que no se queda en lo hondo del subconsciente o en la intimidad de un yo encerrado. Por eso es también original, sorprendente y compleja.
Mira, ve, analiza y nombra, haciendo observaciones sobre lo que ve. Esas observaciones, en muchos momentos, están cargadas de humor, a ratos de un humor un tanto sarcástico, y de guiños cómplices. Son una especie de codazo al lector, como si dijeran: ¿Te das cuenta?
La narración está llena de estos giros, de estas afirmaciones que sin duda son particulares pero que adquieren en las palabras del autor el valor de leyes universales o pretenden presentarse como tales y además exigen nuestra aquiescencia.
De manera que de un texto que parece volcado hacia adentro, hacia la intimidad, el murmullo de lo propio inefable, saltamos, sin darnos cuenta, hacia una extroversión extrema y que busca la mirada compañera y cómplice de quien lee.
Otra de las muchas paradojas, que son las que le prestan su original ser a esta novela, es el hecho de que el autor, contando lo que parece ser una reflexión muy personal sobre diferentes situaciones, todas ellas con una fuerte carga de búsqueda espiritual que no tiene nada que ver con lo religioso, aunque se empiece asistiendo a una misa, en realidad nos enfrenta a situaciones cotidianas e intrascendentes en muchos casos que eleva a la categoría de encuentros con lo metafísico y lo trascendente.
Haciendo un inciso, se podría decir que ir a misa es ponerse en el riesgo del encuentro con la trascendencia y con el misterio. Pero, casi todos los que asisten a misa con frecuencia saben que esa iluminación no se produce habitualmente. Saben que el ‘homo religiosus’ es un tipo que existe, pero que se comporta como tal de manera esporádica y errática. Más bien lo que encontramos entre las personas que tienen una práctica religiosa habitual es el ejemplar del ‘homo liturgicus’, también llamado ‘homo ritualis’, que, por otra parte, no es privativo de los templos, sino que lo podemos encontrar en el futbol, en los conciertos de rock o en las fiestas de moros y cristianos. Esto es un poco aquello a lo que señala Sánchez Robles ya desde el primer capítulo.
La mirada del autor hace que, al menos, seamos capaces de reconocer que algo, más allá de la materialidad de lo que nos rodea, está presente en nuestras vidas de forma permanente y eso se halla en cualquier lugar.
Otro de los aspectos curiosos, llamativos, de este relato es que nos hace conscientes de que todos cargamos con nuestra propia historia, donde quiera que vayamos. Al autor se le escapan las citas de manera ‘inconsciente’, tal vez, de lecturas que no pretenden demostrar erudición o un derroche de conocimientos, sino más bien que apuntan a esas cosas que hemos leído y que llega un momento en que no sabemos si las ha escrito otro o son parte de nuestro propio pensamiento. Son y se constituyen en imágenes que nos hacen mirar al mundo y a nuestros adentros de una forma concreta y, por lo tanto, ver las cosas de un modo peculiar.
En este sentido de cargar con la propia historia, con los propios conocimientos, está también presente el tiempo. En una obra intimista el tiempo se detiene y se queda encapsulado al igual que los acontecimientos y los personajes. Aquí, en este relato, el tiempo es una presencia que nos ha traído hasta donde estamos, que nos permite mirar de un modo, pero también comprender que hay cosas que ya no forman parte de nuestra existencia, cosas que quedaron atrás. Es decir, el tiempo es un devenir que no es inocuo, sino transformador, llevándonos hacia la muerte, pero quizá una muerte redentora, de ahí la salvación a la que se apunta.
En este texto en el que, como en las vidas de la mayoría de nosotros, no ocurre nada, ocurre que estamos vivos, que nos hacemos conscientes de ello, que podemos dar razón de nuestras sinrazones, de nuestros sueños, esperanzas, pequeños hábitos, temores, soledades y compañías.
En definitiva, esta novela, que a estas alturas no sé si es de escritura automática, si es de escritura intimista, si es una proyección realista y analítica, una ensoñación poética o un suspiro cargado de humor, es sin duda una experiencia de vida reflexiva y sentida. En ese sentido es posible que se trate, se me ocurre, de algo a modo de autobiografía.

 

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