PASCUAL GARCÍA

Decimos que estoy saliendo con Paqui, con Loli o con María y todo el mundo sabe lo que queremos decir, porque en el significado de este verbo ya va incluida una nota sentimental reconocible y clara. No salimos en el mismo sentido con una amiga o con nuestros padres, pues salir forma parte de un cortejo evidente y adquiere unas dimensiones emocionantes y distintas a cualesquiera otras; igual da que vayamos al cine o que nos tomemos unas cañas en cualquier bar, porque si estamos saliendo con ella, se nota la tensión del galanteo, ese acompañamiento de requiebros, nerviosismo y novedad que nimba a la pareja, porque solo dos salen juntos, a no ser que hayan decidido hacerlo con otras parejas. Un muchacho y una muchacha quedan a una hora fija para salir un sábado y a ninguno de ellos se le ocurre traerse a un amigo para compartir la noche, porque salir es un ejercicio secreto y público a un tiempo, todo el mundo ve a la pareja, pero únicamente ellos permiten su propia compañía. Un misterio, vaya, la iniciación a esa nueva vida, que si hay suerte, llevarán a cabo más adelante durante muchos años, ojalá, porque se curtieron en la soledad acompañada de los dos, fundaron territorios del corazón, elaboraron una memoria amorosa, diseñaron puentes entre la piel de ambos, hicieron la guerra muchas veces, aunque siempre y en todos los casos firmaron un armisticio y las paces con el sudor placentero de sus propios cuerpos, como si la única penitencia posible para cualquier pecado del amor fuese en todos los casos el propio amor y, de ese modo, arrimándose en todos los rincones oscuros, besándose como posesos en cualquier circunstancia porque su deambular por el mundo es una continua búsqueda del cuerpo del otro que de un modo inevitable va impregnado de su propia alma, van embarcándose ambos en un noviazgo tan deseable como formal.

Salir es también un entrenamiento, una constante dialéctica de dos inteligencias que proponen y disponen, que plantean y deciden y con ello se van ejercitando para el futuro, mientras se cogen de las manos por la calle, se arriman y se abrazan en los bares y en las cafeterías, que no son otra cosa más que los templos del amor, pues en ellos se halla la soledad, el bullicio y el recogimiento necesarios para dar rienda suelta a los corazones desbocados de los que ya son novios y andan como tales por el mundo, satisfechos el uno con el otro, orgullosos de que el otro los haya elegido a ellos y solo a ellos, y siga mirándolos, con un punto de deslumbramiento, de éxtasis mal disimulado y de admiración.

Ha sucedido todo durante un puñado de tardes en las que un muchacho y una muchacha quedaron para salir y fueron conociéndose de un modo paulatino en todos los sentidos, en las primeras citas descubrieron y disfrutaron del metal de sus voces, de la armonía de sus pasos y de la belleza de sus rostros, luego, resolvieron los primeros conflictos, levantaron la voz, mostraron un gesto de ira y, por espacio de unos días, no volvieron a salir hasta que se calmaron los ánimos y empezaron a echarse de menos. Y otra tarde salieron juntos, quedaron en un cine, en la sombra impenetrable de algunas butacas o en el interior de un coche que alguien les había prestado, y hubo caricias íntimas y el amor fue sellado con la magia de la carne. Y se resolvieron los conflictos y llegó la primavera mientras tanto.

Salir juntos quedó en la memoria de ambos como un preámbulo gozoso a una vida entera de compartirlo todo.

Ya lo dijo el poeta, el gran Lope: Esto es amor, quien lo probó lo sabe.