PASCUAL GARCÍA

Hubo un tiempo en mi infancia que rememoro de una forma particular, no solo porque estaba solo o casi solo, pues mi hermana llegó cuando yo contaba ocho años, sino porque hube de ayudar a mi madre todos los sábados por la mañana en los menesteres cotidianos de hacer parte de la compra e ir al médico, sobre todo a por recetas. Ella, que no le gustaba mucho la calle, se ocupaba de la casa y de la comida y a mí me encargaba parte de los mandados de la semana, aunque el mercado siempre lo hizo personalmente.

PASCUAL GARCÍA

Hubo un tiempo en mi infancia que rememoro de una forma particular, no solo porque estaba solo o casi solo, pues mi hermana llegó cuando yo contaba ocho años, sino porque hube de ayudar a mi madre todos los sábados por la mañana en los menesteres cotidianos de hacer parte de la compra e ir al médico, sobre todo a por recetas. Ella, que no le gustaba mucho la calle, se ocupaba de la casa y de la comida y a mí me encargaba parte de los mandados de la semana, aunque el mercado siempre lo hizo personalmente.
Entre esas obligaciones a las que aludo se encontraba la de ir al médico, primero a la consulta de don Pascual y luego a la de don Vicente, tomar número o vez y aguardar durante larguísimas horas a que me tocara el turno para entrar a su despacho y mostrarle los medicamentos que debía recetarme o indicarle de viva voz los problemas de salud que previamente me había descrito mi madre.
Yo, que he sido siempre un muchacho tímido, o más que tímido, sufría lo indecible cuando entraba en la pequeña sala de espera y preguntaba por el último, pero, sobre todo, cuando me llamaban y tenía que explicarle al médico mis problemas de salud.
Los recuerdo a los dos detrás de una mesa alta, atestada de papeles y con un enorme cenicero repleto de cigarros moribundos, algunos aún humeantes, sobre los que tornaban a apagar la nueva colilla desechada. La atmósfera era nebulosa, pero, por aquellos años, nos llevábamos bien con el tabaco y convivíamos con él a todas horas sin que apenas nadie se quejara.
Tengo en la memoria la gravedad de ambos facultativos atendiendo mi relato y garabateando de un modo impulsivo sobre el papel que yo debería llevar a la farmacia. Ése era el rito, pero para llegar allí tenía que haber esperado en la antesala desde las nueve de la mañana hasta la hora de comer.
Reconozco que esperar es lo peor que se me ha dado en la vida, y mira que he sido torpe para una infinidad de cosas, pero aguantar el tipo, sentado en una silla entre mujeres, que se pasaban la mañana hablando de todo y de nada, mirándome de reojo, como si se preguntaran qué hacía aquel intruso en un ámbito tan extraño, es de las cosas que peor he llevado de aquellos años a los que vengo dedicándoles esta columna semanal.
Yo veía entrar a los pacientes y notaba que algunos salían muy rápido y me alegraba de que fluyera la cola, pero con el siguiente, la tardanza resultaba inexplicable y ominosa. Yo miraba a un lado y a otro, hojeaba las publicaciones médicas que ni entendía ni me interesaban lo más mínimo y seguía atento al orden, pues no dejaba de vigilar a la persona detrás de la que yo entraría a la última cámara de aquel viaje angustioso y casi subterráneo, porque la consulta de un médico ha sido siempre para mí la antesala de una revelación terrible; aún me escuecen aquellas viejas heridas de la memoria cosidas con un sinfín de inyecciones que me pusieron de niño contra una bronquitis contumaz que pillé en un viaje a Valencia con mis padres y que me molestaba cada invierno.
Pasaba la mañana de sábado lenta como una tortura prolija y yo iba encogiéndome, anónimo y silencioso, en mi asiento, como si pretendiera pasar desapercibido y con la esperanza de que aquel naufragio en ninguna parte se resolviera lo antes posible y con mi bolsa de las recetas pudiera regresar a mi casa.
Yo sé que mi madre delegaba en mí porque ella no habría soportado perder el tiempo, mientras la comida seguía sin hacerse y no atendía las muchas faenas domésticas de su condición de ama de casa, y que cuando llegara tendría todo dispuesto, pero yo sentía que había perdido un sábado y que, aún peor, me había aburrido del modo más estúpido, en una sombría y tediosa sala de espera.
Y nada nunca me ha gustado menos que aburrirme.