PEDRO ANTONIO HURTADO GARCÍA

Representaba la obra titulada “Señora de rojo sobre fondo gris”, de Miguel Delibes. Lo hacía con la maestría, profesionalidad, encanto y brillo que, solamente él, sabe poner sobre la escena, tan pateada, familiar, cercana, querida y amable para su vida y su dilatada e insuperable trayectoria artística. Hablamos del incombustible Pepe Sacristán.

El artista, nacido en Chinchón hace 81 años, tiene tablas sobradas, experiencia acumulada y centenares de anécdotas e incidencias. Pero, la otra noche, en el “Teatro Villa de Molina”, nos colmó a todos con su facilidad escénica y su capacidad para retomar el texto y recuperar la senda como si nada hubiera ocurrido.

Fue una de esas noches en las que los espectadores, sin saber por qué, parecen ponerse de acuerdo para toser, una y otra vez, trasladándose los sonidos resultantes de esas toses por norte, sur, este, oeste y los combinados puntos cardinales del patio de butacas.

Inicialmente, aguantó “el tirón”, pero no tardó mucho en detenerse “en seco” cada vez que sonaba una nueva tos. Generaba un tenso y sepulcral silencio, detenía la función discreta e impasiblemente sobre el escenario, pero no dejaba entrever con claridad si se enfadaba o si, sencillamente, quería respetar el hilo conductor de la obra.

La cuestión es que aguantó el tipo, supo estar y nadie como él para que todos nos diéramos cuenta de lo que no le gustaba, sin elegir más palabras, para ello, que el lenguaje de los hechos y los gestos. Recogió aplausos finales con público en pie y, sin disimular su satisfacción por ello, pidió un momento de silencio, gesticulando con sus manos, para espetarnos, a todos, aquello de “cuidaros la salud”. Sencillamente, fantástico. Buenos días.