Pascual García (pasgarcia62@gmail.com)

Era Unamuno el que se refería a un concepto muy de principios de siglo que la Generación del 98 adoptó con mucha naturalidad. El novelista y pensador vasco acuñó el término de intrahistoria pana nombrar ese relato cercano, autóctono y circunscrito a un espacio geográfico de  tamaño breve, en el que todos hemos nacido, en el que muchos viven y del que algunos seguiremos escribiendo hasta el final de nuestros días. Escribir sobre una pequeña o una gran localidad es tan relevante como hacerlo de un país o de toda una civilización, porque lo que le ocurre a un hombre le sucede a toda la humanidad, como decía con tanto acierto el escritor argentino Jorge Luis Borges.

Personas de este tipo, atentos al devenir vital y cultural de un municipio son la clase a la que pertenece Marcial García, maestro de profesión, escritor apasionado desde su infancia, excelente cocinero  y gran aficionado al mundo de los toros. Bastante más de lo que me gustaría ser yo alguna vez, porque además muestra uno de los rasgos que más admiro en una persona, aparte de su nobleza y de su hombría de bien, y es el duende, ese ángel que procede del infierno y del paraíso al mismo tiempo y que una vez que te toca, te convierte en un ser diferente, capaz de ver y de juzgar el mundo de una forma distinta y mágica, porque todo posee su perspectiva, su naturalidad y su enjundia, pero a la vez  todo ha de contemplarse con ese sentido común pétreo e inamovible que muestran los hombres y las mujeres  que hemos nacido y hemos sido educados más cerca del campo que de la gran ciudad.

No puedo ocultar ahora mi admiración desde muy crío por un personaje de esta calidad, no solo porque compartamos gustos artísticos, orígenes rurales, arrebatos de maletillas en ciernes o porque él haya seguido mi obra literaria con atención y generosidad desde el primer momento, con esa visión única que lo hace merecedor de mi absoluto beneplácito cuando emite una opinión sobre cualquier cosa.

Vaya por delante que Marcial, aunque haya dedicado buena parte de su existencia al estudio y la reflexión  sobre su pueblo, no se ha mordido nunca la lengua y, cuando ha tenido que decir las verdades del barquero, las ha dicho, al menos delante de mí, sin cortapisas y al lucero del alba, a pesar de que, como yo, conoce la especial idiosincrasia de Moratalla y sabe, por tanto, los abundantes peligros que le acechan al que habla claro y alto en estos pagos, sobre todo si no lo hace al gusto de los mandarines del momento.

Hombres y mujeres sensibles, inteligentes, críticos y dispuestos a señalar las bondades y las maldades de la tierra que los vio nacer, es decir hombres y mujeres  honrados y valientes, tampoco hay tantos, y si apunta alguno, si sobresale sin querer, la vorágine endogámica y la voracidad de todos los pequeños poderes locales les plantean tantas tentaciones, aunque sean de un calado menor, que acaban por bloquearlos e inutilizarlos.

A principios de la década de los ochenta un grupo de amigos y yo trabajamos durante todo el verano para que el pueblo tuviera unas estupendas jornadas culturales, que incluyeron conferencias, películas, teatro, exposiciones, concursos de pintura y de literatura y actuaciones musicales de la talla de Pablo Guerrero y su banda de lujo. Contamos con la ayuda a regañadientes del ayuntamiento, como suele suceder, pero Marcial estuvo siempre a nuestro lado y la noche de la música, que recuerdo como un verdadero desastre de taquilla, fue él quien  nos salvó la cara y nos trajo el dinero para pagarle al grupo.

Hace ya muchos años de esto pero todavía no lo he olvidado.