Pedro A. Muñoz Pérez (pedroamupe@gmail.com)     

A ver cómo lo explico. Ocurrió hace un par de años, puede que tres. Yo estaba allí, varado en medio de una luminosa mañana de verano, aspirando el sahumerio del vapor de la resina que los pinos exhalan en los días de calor. Dejé la bicicleta apoyada en uno de los troncos, dispuesto a refrescarme en la fuente de El Roblecillo. De pronto tuve eso que llamaban pálpito los escritores de folletines baratos. Pero fue más bien una sensación de extrañeza provocada por un guiño curioso del cerebro, la reacción ante un trampantojo. Seguro que a ustedes también les ha pasado alguna vez: la percepción de los sentidos se adelanta a la conciencia del conocimiento. Intuimos que algo no encaja, pero aún no sabemos de qué se trata. De manera inopinada, sin que hubiera una razón evidente, me puse en alerta. Y de la alarma a la inquietud solo hay un paso. Algo rechinaba en aquel entorno idílico. Todo ocurrió en menos tiempo de lo que tardo en contarlo: no era una presencia lo que me alteraba, no se trataba de una amenaza sino de un vacío, como si un agujero o un torbellino se hubiera tragado parte del paisaje: ¡el cortijo había desaparecido! Aun así, por la inercia de la costumbre, mi cerebro se empeñaba en negarlo y pugnaba por reconstruir el paisaje tal y como lo había conocido. Tuve que mirar varias veces el rincón acogedor al pie de la colina donde antes se levantaban los edificios y me acerqué, no sin cierta aprensión, para comprobarlo. Costaba reconocer el lugar donde antes se erguía la cortijada. La maquinaria había laminado el solar haciendo desaparecer hasta los rastros de los cimientos. No había escombros. Tan solo el montón de maderos de las colañas testificaba, con su tristeza de esqueleto, la magnitud del trastorno que allí había sucedido. El Roblecillo de Abajo, uno de los caseríos de mayor empaque y solera del entorno rural de Archivel, se había esfumado, como si nunca hubiera existido. Nadie nunca podrá contemplarlo para saber de él y de quienes lo habitaron a lo largo de cuatro siglos. Entre ellos, algunos de mis antepasados, como he podido documentar en mi árbol genealógico. Han extirpado de cuajo la burbuja de mundo, quizá el único mundo, donde muchos cumplieron los días de sus vidas sin apenas ruido ni sobresaltos, sometidos a las rutinas del oficio campesino, atentos a los cielos cambiantes y a demás caprichos de la naturaleza. Entre esas paredes estaban guarecidos sus alegrías y sus miedos, sus esperanzas y sus desvelos, sus noches a resguardo de las nevadas y sus siestas al socaire del calor y de los tábanos. En las habitaciones pintadas de azulete nacieron y murieron con una dignidad admirable quienes roturaron las primeras talas y trazaron las besanas y criaron los animales en los corrales para procurarse el sustento y ajorraron los pinos y regaron la huerta primorosa que había delante del cortijo y sacaron el ganado a pastar al monte y segaron el esparto y se desollaron las manos en todo cuanto levantaron con un esfuerzo titánico, unas veces en contra y otras a favor de los elementos. Una sacudida violenta de lo que mal llamamos progreso se lo ha llevado por delante. Supongo que había que hacer sitio para plantar más almendros foráneos y era un estorbo en los planes.

Casas de Moya (2017)

Casas de Moya (2017)

Nada nuevo para otros muchos sitios que, si no lo han hecho ya, correrán pronto la misma suerte que El Roblecillo, acuciado su derrumbe por manos humanas o carcomidos sus tejados y paredes por la herrumbre de la intemperie. Por todo el vasto campo de Caravaca y Moratalla, en los recodos y las veredas de los caminos seculares, se yerguen desafiantes y lastimosos, con ese punto digno de quien entrega su vida en el cadalso, los últimos lienzos de los muros de cortijos que, todavía a mediados del siglo pasado, albergaban un bullicio intenso de vida y un ajetreo y un trasiego continuos de arrieros, gañanes y pastores, cuadrillas de braceros y segadores, menestrales, marchantes, recoveros…

Un poco más arriba, en el inicio del valle paralelo que desde Casas del Rey desemboca en Puerto Ortiz y luego salta por los cerros hasta el confín de Inazares, me desvío por una rambla hacia el norte, donde contemplo las ruinas de Casas de Moya como si estuviera en el escenario de un bombardeo y de ahí me encaramo hacia la sierra donde me sobrecoge el desmoronamiento inminente de Hoya Lóbrega. En otra jornada, dejo lo montaraz y, de camino a Derramadores y la Vidriera, me paseo por el Castillico, mucho más amanoso, pero igual de arruinado, desde donde se divisa también la molicie que sacude San Javier y el escandaloso abandono de su ermita que fundaran los jesuitas y ahora es como un cadáver de una oveja resecado por el viento y la lluvia, a punto de sucumbir al hundimiento y dejar al descubierto la osamenta un día de estos.

Las Peñicas

Las Peñicas

La Junquera, Los Paradores, Tarragoya, Campo Coy, cualquiera de ellos son hitos que tachonan las rutas de nuestros ancestros, ahora invadidos de escombros y de maleza, y desde la inminencia de su derrumbe nos imploran una clemencia tan desesperada como inútil. Me detengo en ellos cuando paso con mi bicicleta de hombre (pretendidamente) moderno y descastado. Sentado en cualquier poyato, asustado e impresionado en igual medida por la atracción terrible que siempre ha ejercido en mí la belleza de esos derrubios de cascotes y ripios amontonados sin orden ni concierto, conmovido hasta la compasión ante la amarga desnudez de su desamparo, se me vienen a la cabeza estos versos de Benedetti:

…yo también tengo ruinas

y si acudo al pasado

ya no sé a quién o a quiénes

busco entre los escombros

son ruinas sin prestigio

sin guías y con musgo

inmensas y mezquinas

señas de lo que fui…

 

Foto 1: Cortijo de El Roblecillo de Abajo, antes de su desaparición (febrero, 2011. ceheginbike.es)

Foto 2: Casas de Moya, 2017. Foto del autor.

Foto 3: Las Peñicas (cerca de Los Royos). Foto del autor