José Antonio Melgares Guerrero/Cronista oficial de Caravaca y la Región de Murcia

Un dicho popular, sin duda repetido en muchos lugares de España, con repercusión local, escuchado a los mayores durante mi adolescencia y primera juventud decía: “Caravaca la bravía, cien tabernas y una sola librería”. Y es que durante muchos años sólo conocí la librería de Pedro Montoya, en la C. Mayor, a la que todos nos referíamos como “La Librería Nueva”, puesto que la “Vieja”, frente al Salvador, propiedad de Alfonso Medina no era tal, pues más bien era lugar o paraíso para los niños, donde encontrábamos toda clase de chucherías, algún que otro tebeo, piolas, mixtos de trueno, garbanzos explosivos y petardos. También ofrecía libros “Salvador el de las Máquinas” en la C. Mayor, pero no hubo una librería de la que pudiéramos presumir en Caravaca hasta que Paco Liceo, inicialmente junto a otros socios, se decidieron a abrir “Liceo” en la Gran Vía, en mayo de 1963.

Rosendo padre e hijo en la actualidad

Rosendo padre e hijo en la actualidad

Años más tarde, en 1973, con 47 años de edad, abrió su propia librería, en el otro extremo de la Gran Vía (donde aun se encuentra), Rosendo Romera García (a quien popular y cariñosamente se refería la población como “Rosendico”), un todo terreno formado en el mundo de la restauración, pero que nunca hizo ascos a otros trabajos en los que siempre fue pionero y brilló con luz propia, teniendo como herramientas para ello la honestidad, la seriedad, la profesionalidad y el buen trato.

Rosendo vino al mundo a comienzos del otoño de 1934, en la Cuesta del Horno, en el seno del matrimonio formado por Rosendo Romera y Encarnación García Martínez, en el que también nacieron y crecieron sus hermanos José, Carmen, Concha y Manolo. La familia pronto trasladó su residencia a las instalaciones del viejo “Casino”, donde regentó el bar y vivieron durante muchos años (alternando durante el verano con el que temporalmente abrían en el Nº 12 del Camino del Huerto, del que tantos y tan buenos recuerdos tenemos tantas generaciones de caravaqueños).

Aprendió las primeras letras en la escuela nacional “La Santa Cruz” (entonces en “La Tercia” o “Palacio de la Encomienda”), al cuidado de maestros tan recordados y queridos como D. Ezequiel Moreno a Dª. Pilar, época aquella en la que aún recuerda con cariño a amigos como Juanito “Fantasía”, Antonio “el del Patio Andaluz”, Pedro Espallardo y Blas “el de las Ruedas” entre otros, con los que conservó tertulia en el interior de la librería con el paso de los años.

Cumplió el Servicio Militar (obligatorio entonces), en la Base Aérea de S. Javier, donde permaneció durante el período denominado de “instrucción”, pasando posteriormente al comedor de cadetes y al bar en la Ciudad del Aire, hasta concluir los 18 meses a los que se comprometió por el carácter “voluntario” de aquel. Al terminar “la mili”, y con “los papeles bajo el brazo”, ayudó a su padre en el bar del Casino, donde trabajaban todos los hermanos más dos ayudantes de Cehegín (María y Antonia), quienes también vivían con la familia en el mismo edificio. Como he dicho, el trabajo se simultaneaba  durante los meses de verano en el Camino del Huerto, junto al río y el agradable frescor que proporcionaban las cercanas plantaciones de cáñamo, en pleno período de maduración de la cosecha. El lector entrado en años recordará las jarras de “sangría”, las patatas cocidas con ajo y tantas otras tapas que animaban las noches del estío caravaqueño durante los años que siguieron al ecuador del pasado S. XX, antes que llegara la moda de marchar a la playa.

Llegado el momento contrajo matrimonio con Juana Marín López, quien regentaba un comercio de comestible en el barrio del “Hoyo”, estableciendo el domicilio familiar también en el amplio espacio del viejo Casino, hasta que decidieron marchar al “Hoyo”, y después a la Gran Vía, en edificio cercano a la actual Plaza Elíptica de “Paco Pim”, donde adquirió dos bajos, uno que enseguida vendió a Tesias y otro que dedicó a juegos, al que acudían sobre todo los estudiantes, expertos en el manejo de máquinas tragaperras, el futbolín y el ping-pong. Fruto del matrimonio, vinieron al mundo sus dos hijos: Rosendo y Presen.

Inquieto y muy hábil para los negocios, decidió volver a la restauración, adquiriendo los bares “La Oficina” y  “El Comunicando”, entonces comunicados interiormente, teniendo como ayudantes al Cañota, Miguelico, y Virgilio, más dos mujeres que se encargaban de la limpieza. Con el tiempo se separaron ambos locales. Sobre “La Oficina” abrió restaurante con 8 mesas, ocupándose de la cocina Juana, su esposa, y el “Maestro Bernardo”, donde el plato estrella fue, entre otros muchos los calamares, bien rebozados o a la plancha, cuyo aroma despertaba el apetito de cuantos poblaban el lugar, o andaban por los alrededores del mismo.

Tras deshacerse de ambos locales, pues vendió “La Oficina” a Victorio Fernández y su esposa Maríana Robles; y “El Comunicando” a Richar y Juan, compró a Carlos Picón un bajo frente a aquellos, con ánimo de abrir otro negocio que le permitiera descansar al menos los domingos. Así llegó a Caravaca la “Librería Rosendo”, en las vísperas de la Navidad de 1973, inaugurándose la misma sin instalación eléctrica. Allí, con la disposición y buen trato humano que siempre le caracterizó, permaneció “al pie del cañon”, hasta que la enfermedad le obligó a jubilarse, anticipadamente, dejando el negocio en manos de su hijo Rosendo, en 1996, cuando éste contaba tan sólo con 26 años, ayudado por la empleada Loli Sáchez.

Rosendo, con 87 años y buena salud, contempla el acontecer diario de la ciudad desde  su privilegiado mirador,  sobre la “Librería” que sigue llevando su nombre. Y lo hace rodeado del cariño de los suyos, recordando tantas anécdotas y a tantos amigos que ya partieron y formaron parte de alguna manera de su propia vida. La ilusión de la inminente llegada de su hija Presen desde Cuenca, donde reside, es un acicate más para la esperanza.