José Antonio Melgares Guerrero/Cronista Oficial de Caravaca y de la Vera Cruz.

Entre las profesiones que no desaparecerán del espectro laboral español, por mucho que se agudice la que llaman crisis económica actual, serán las relacionadas con la salud y la belleza corporal, sobre todo las que tienen que ver con el buen aspecto, y fundamentalmente el femenino. Una de las personas que se dedicaron a ello durante gran parte del pasado siglo, procurando y logrando realzar los encantos de cuantas mujeres visitaban su casa, fue Rosa Martínez García, popular y cariñosamente conocida en la ciudad como Rosa, la peluquera, una mujer emprendedora, luchadora y trabajadora  quien, con mucho esfuerzo se hizo a sí misma, pues el oficio no le venía de familia.

Rosa, en su trabajo

Rosa, en su trabajo

Rosa nació en Lorca en enero de 1927 en el seno de una familia de agricultores formada por Antonio Martínez Vera y Consuelo García Marín, quienes tenían el domicilio familiar en el paraje de Las Casas de Don Gonzalo. Con quince años llegó a Caravaca como apoyo en las faenas domésticas en el domicilio del ingeniero D. Ángel Blanc y Perera (en la calle del pintor Rafael Tejeo), donde en los ratos libres aprendió a coser, a cocinar y también a escribir; conociendo así mismo, en esta época, a quien sería el único hombre de su vida: Juan López Azorín (conocido cariñosamente en la población como Juan el Nillo).

La familia Blanc, sensible al buen hacer de Rosa y sus capacidades de trabajo, busca nuevos horizontes para ella y la envió a Madrid como niñera con Dª. Pilar Jaraiz Franco, hija de Pilar Franco y por tanto sobrina del anterior Jefe del Estado. En Madrid contrajo matrimonio con Juan el Nillo (quien la había seguido hasta allí, colocándose en una peluquería de caballeros ubicada en la C. Lagasca y pleno barrio de Salamanca), en una iglesia del barrio de Vicálvaro, el 8 de diciembre de 1950.

Ya casados, Juan y Rosa regresaron a Caravaca, situando el domicilio familiar en el entonces callejón sin nombre junto al garaje Reinón. Él montó la peluquería en la Gran Vía, muy cerca del cruce con la carretera de Murcia, junto al establecimiento de La Mariana.

Con-su-marido-Juan-el-Nilo

Con su marido, Juan el Nilo

Fruto del matrimonio nacieron dos hijos: José y Juli, llegando esta última al mundo con muchos problemas asistenciales que motivaron un duro quebranto en la economía familiar. Ello motivó el que Rosa pensara incorporarse al mundo del trabajo y formarse como peluquera, lo que hizo en Madrid, en una peluquería de la zona de Ventas, donde aprendió y perfeccionó el oficio en muy poco tiempo.

Un año después de su partida ya estaba de nuevo en Caravaca, donde abrió peluquería de señoras en la Plaza Nueva, integrando en la misma el domicilio familiar. Su aprendizaje en la capital y su esmero profesional, junto al continuo reciclaje y participación en cursos en Madrid y Murcia, jugaron un papel decisivo para su aceptación por la sociedad femenina local que, masivamente comenzó a frecuentar la peluquería, suponiendo una importante competencia para las peluquerías de la época, regentadas por sus colegas de oficio: Las Rubias en La Puentecilla, Fermina, Las Mixtas en la Pl. del Arco y Las Sagastas, en la Pl. de Santa Teresa.

Entre sus clientas sería muy difícil aproximarse a una nómina completa, pues fueron de todas las clases sociales las señoras y jovencitas que se incorporaron rápidamente a su clientela, entre ellas la cantante Mari Trini, cuando pasaba temporadas en la finca de Singla, y las artistas de las compañías de revista, variedades y comedias que, hospedadas en el Hotel Victoria actuaban en el Gran Teatro Cinema, a quienes atendía contando con la inestimable ayuda de su hermana Ana María.

Hacia 1968 la peluquería de Rosa cambió su ubicación urbana, trasladándose a la Gran Vía y edificio conocido como de Pepe Castaño, lugar a donde también trasladó la residencia familiar. Este fue el momento en que su marido, Juan el Nillo, pensó en modernizar su actividad profesional. Lo hizo en Madrid también, y se especializó en señoras, asociándose a Rosa y ampliando la actividad con muy buenos resultados. Cinco años después, ya consolidada la sociedad entre ambos, cambiaron de nuevo y definitivamente el emplazamiento del negocio trasladándose al nº 3 de la Gran Vía, ocupando un amplió entresuelo junto a las oficinas del entonces Instituto nacional de Previsión, donde ya se contó con oficialas, ayudantes y aprendices, o pupilas, procedentes de los pueblos limítrofes, algunas de las cuales años después se establecieron por su cuenta, como Encarnita (la de Navares); instalando cuatro secadores y haciendo reformas periódicas en el local para la mejor atención a las clientas.

Su fama profesional llegó hasta Madrid, de donde en cierta ocasión vino el escritor Alfredo Mayo para conocerla, por las referencias que de ella tenía gracias a Esperanza Galán, esposa del también escritor Luís Fernando Álvarez  Pérez Miravete.

Sus casas proveedoras habituales fueron L´Oreal (de París), Revlon, Henri Colomer, Wella y Suarkoff, cuyos representantes frecuentaban periódicamente el negocio para suplir productos de gran calidad estética.

El trabajo de Rosa, y de las demás peluqueras de la ciudad, era muy esclavo, pues la proximidad de las fiestas (ordinarias y extraordinarias), aumentaba el volumen del mismo, acudiendo las clientas a las horas más insospechadas e intempestivas, como la de comer, antes de abrir por la mañana, e incluso después de cerrar, por las noches. En los ratos en que sus clientas le permitían un respiro, Rosa aprovechaba para ponerse al día leyendo revistas especializadas y haciendo ganchillo para relajar el cuerpo y también la mente, especialidad en la que era tan hábil como en peinar a las mujeres.

Entre sus amigas, con quienes frecuentaba en compañía de los respectivos maridos, lunes de teatro, fiestas y bailes locales, hay que recordar a Julia Álvarez, Ana María la de Rubio, María Luisa la comadrona y la esposa de Chipito el churrero.

Un estúpido accidente en coche de línea motivó su internamiento clínico en el Sanatorio del Dr. Robles, y una sucesión de transfusiones de sangre que abocaron a una hepatitis crónica que, a su vez, motivó la cirrosis hepática que la llevó a la tumba el 30 de enero de 1991. La enfermedad referida le había obligado a jubilarse en 1988, tras casarse su hija Juli que era su principal apoyo en el trabajo. En septiembre de 1989, sus clientas y amigas le rindieron el homenaje que merecía, en el transcurso de una cena en el desaparecido Restaurante Vera Cruz, que regentaba Diego Guerrero en la Gran Vía

Seis meses después de morir Rosa también falleció su esposo, en julio siguiente, no habiendo podido superar la soledad en que aquella lo dejó.

En el virtual álbum de recuerdos que Caravaca conserva, en la alacena de la memoria colectiva, en el que están pegadas las fotos de quienes abrieron los cimientos de lo que es la sociedad actual, no puede faltar la foto de Rosa, la peluquera, cuyo trabajo consistió en hacer felices a los demás, y por tanto en procurar futuro. Un futuro que hoy es actualidad. Una actualidad que venera su recuerdo y lo transmite al porvenir.