PASCUAL GARCÍA

Hoy ya son mayores, pero entonces eran jóvenes y reían por cualquier cosa, sentadas en Las Torres, mientras nosotros jugábamos muy cerca, alejados de sus preocupaciones y de sus intereses aunque nos llegaba de vez en cuando un rumor lejano de palabras pronunciadas conscientemente en voz baja para que nosotros, que en realidad no oíamos nada y lo oíamos todo, no nos percatáramos de sus secretos, de sus inquinas y de sus muy íntimas satisfacciones. Éramos por supuesto dos grupos separados y distantes por la edad y por la vida; ellas habían colgado sus ropas recién lavadas a mano al sol de la tarde de enero, algunas cosían ensimismadas, remendaban los viejos pantalones de trabajo del marido  o las prendas mínimas de los hijos o hacían molde y tejían interminables jerséis de lana auténtica o colchas de hilo para las hijas que se casarían algún día o zurcían los calcetines y la ropa interior, pero nunca se detenían, ni siquiera en aquella imagen que me viene del pasado intocable y dulce, casi evangélica, sentadas en Las Torres frente al paisaje inconmensurable de la Sierra del  Cerezo y a la nota lúgubre de los cipreses del cementerio.

Nosotros golpeábamos un balón roto de plástico e intentábamos jugar un partido de fútbol imposible porque la orografía del terreno nunca lo permitió del todo, o excavábamos las guás donde más tarde intentaríamos meter las bolas de cristal, y las muchachas sacaban de algún lado un elástico y jugaban a saltar dentro y fuera de su perímetro con su flexibilidad de ágiles féminas de pueblo que  ocasiones nos mostraban púdicas sus muslos, e incluso su ropa interior, porque todo aquello era entrañable y, en ocasiones, un tanto impúdico, porque las mujeres que hoy son abuelas y que entonces empezaban a ser madres, se les iba la lengua a veces y decían lo que los muchachos de pocos años de aquel tiempo no debían oír; con las muchachas mantenían otra confianza, un grado de intimidad mayor, porque en un tiempo como aquel y en un pueblo como Moratalla el misterio era siempre femenino, los hombres apenas si teníamos secretos y, si los teníamos,  eran de absoluta incumbencia de las mujeres; así que las mirábamos hablar y, aunque las sorprendiéramos en algún renuncio, en alguna confidencia excesiva, o bien no las entendíamos o nos habíamos los tontos y seguíamos jugando.

No creo que ninguna de ellas haya olvidado aquellas tarde del invierno sentadas en las sillas que cada una había traído de su casa mientras vigilaban las sábanas blancas que se iban secando al ritmo melancólico de la primavera cercana  y nosotros orbitábamos como satélites descuidados a su alrededor, inocentes pero ya curiosos, entregados al tiempo y a su costumbre que con el paso de los años serían memoria y evocación.

Nunca fueron los días tan lentos, tan extensos y tan agradables, porque la felicidad es un concepto demasiado complejo y demasiado comprometido para usarlo de cualquier manera. Como nada dependía de nosotros, como nada nos esperaba verdaderamente, salvo ese futuro indeterminado que todavía no concebíamos, podíamos sentirnos por momentos libres, ingenuos e ingrávidos, aun con la sospecha de que la estólida realidad en la que nos hallábamos no nos permitiría abstraernos del todo.

Aunque fueron muchos días y bastantes horas, hoy, en la distancia del pasado parecen un único e inacabable minuto de libertad absoluta, de infancia plena,