JOSÉ ANTONIO MELGARES/CRONISTA OFICIAL DE LA REGIÓN DE MURCIA

Durante muchos años y hasta bien pasada la mitad del S. XX, se traía a Caravaca la imagen de la Virgen de La Encarnación desde su santuario en aquella pedanía, para pedir el agua de lluvia, de la que siempre han estado y siguen estando tan necesitados nuestros campos.

Las más antiguas noticias documentales al respecto datan del S. XVI, y concretamente de 1589, cuando la desaparecida cofradía de «Ntra. Sra. de la Concepción y S. Juan de Letrán» (con sede en la actual parroquia de la Purísima), acordó en cabildo general (celebrado el 26 de marzo) «ir en procesión, como se tiene de uso y costumbre, a nuestra señora de Las Cuevas, junto a las demás cofradías de esta villa». Del texto se deduce que esta procesión se hacía desde tiempo atrás y puede que fuera éste el origen de las posteriores romerías y procesiones de rogativa que los de mi generación y anteriores conocimos siendo niños. Las noticias sobre ellas abundan en los archivos locales y provinciales, valgan como ejemplo las celebradas en 1704 y la de 1749 (de la que se ocupó el archivero Francisco Fernández en las páginas de este mismo periódico).

Las rogativas para pedir el agua de lluvia a la Divinidad por medio de alguna reliquia o imagen de la Virgen o de los santos es costumbre antigua y frecuente en toda la España Oriental y Meridional. En Caravaca se han hecho a lo largo de los siglos a la Stma. Cruz y al Stmo. Cristo de la Misericordia (titular de la cofradía pasional de los Coloraos, con sede en La Concepción), pero las más prolongadas en el tiempo han sido las celebradas en honor a la Virgen de la Encarnación de las que me ocupo en este momento.

El marco temporal en que tenían lugar era, generalmente, el comienzo de la primavera, que es cuando los sementeros precisan de la lluvia y cuando la cosecha del cereal puede perderse por falta del líquido elemento en los secanos del campo de toda la Comarca Noroeste de la región de Murcia. El Ayuntamiento era quien tomaba la iniciativa y el acuerdo que comunicaba a la Iglesia local, quien por medio del Vicario autorizaba la romería en una fecha concreta.

La imagen de la Virgen de La Encarnación, venerada en el antiguo templo del paraje de «Las Cuevas», en el monte de la pedanía, es de origen romano, como se sabe, y se traía a hombros de los campesinos del lugar por el camino que cruza el río Quipar por el paraje del «Estrecho» y que, pasando por las fincas de «Casas Nuevas» y «Lavadores», llega al cementerio local donde entronca con la carretera comarcal 415 que conduce a Caravaca. La ruta es la conocida como «el Camino Viejo de La Encarnación» y posiblemente coincida (total o parcialmente) con la antigua calzada romana que unía la ciudad con núcleos de población prehistóricos, más o menos importantes como Liorna, Asso, Lacedemón y La Placica, para entroncar con la «Via Augusta» cerca de Lorca.

La comitiva religiosa hacía dos paradas obligadas a lo largo del recorrido campestre. Una en la finca de «Casas Nuevas», donde se depositaba el trono con la imagen en una gran mesa de piedra mientras los romeros descansaban y almorzaban. Durante años hubo, dignamente pintada en el muro de uno de los edificios, una alabanza a la Virgen que recordaba su paso anual por el lugar. La siguiente parada era junto a las tapias del cementerio, donde el camino se ensanchaba en semicírculo poblado de cipreses, en cuyo centro se encontraba otra gran piedra, a manera de mesa, para depositar el trono de la Virgen mientras se rezaba una oración por los difuntos cuyos cuerpos se encontraban en el camposanto. Allí tenía lugar el relevo entre las gentes de La Encarnación y las de Caravaca, con las consiguientes bromas alusivas a la pronta devolución, a los deseos de lluvia y al buen trato que la imagen debía tener en la ciudad.

Hasta el puente de Santa Inés acudían masivamente las gentes de Caravaca a esperar la llegada de la Virgen, a veces acompañando una imagen de S. Isidro Labrador (viejo conocedor, como se sabe, de las necesidades del campo) y otra de S. Antonio de Padua. Al llegar a la iglesia de La Concepción (última parada del cortejo ya en zona urbana), se organizaba la procesión formal que conducía la imagen hasta la Iglesia Mayor de El Salvador donde, durante un espacio de tiempo se celebraban las rogativas (en ejercicios de mañana y tarde), que unas veces producían efectos inmediatos y otras estos efectos se hacían esperar. Tras las rogativas, la imagen regresaba a su templo en La Encarnación, en romería fijada con antelación, a la que las gentes acudían masivamente, sobre todo si la presencia de la Virgen en la ciudad había cumplido con el fin primordial de la misma, que no era otro que el envío del agua del cielo.

Cuentan los mayores que, a veces, al paso de la imagen por el convento de S. José, de las MM. Carmelitas, en la C. Mayor, el Niño Jesús quedaba depositado al cuidado de las monjas. Al echarlo de menos la Madre, urgiría a Dios el envío del agua de lluvia. Y si esta se hacía esperar demasiado tiempo, también cuentan los mayores que en ingenuo y cariñoso ritual, las monjas daba azotes en el culete el Niño para que llorara. Lloros y gemidos que escucharía la Virgen en la cercana iglesia del Salvador, los cuales le producirían el consiguiente desazón que forzaría a la Divinidad a enviar la necesaria lluvia.

El itinerario en la devolución era el mismo. Procesión formal hasta la Concepción (con recogida del Niño en las MM. Carmelitas), acompañamiento masivo hasta Santa Inés y prosecución por el Camino Viejo con paradas en el cementerio y finca de «Casas Nuevas», hasta llegar al antiguo templo romano en La Encarnación.

No siempre se devolvió la imagen en las fechas previstas, por razones de diversa naturaleza, y ello fue motivo relativamente frecuente de pleitos entre los campesinos de la pedanía y el Concejo o la Iglesia local, litigios en los que había de intervenir la Justicia, la cual, como no podía ser menos, daba siempre la razón a los habitantes de La Encarnación, que argumentaban el incumplimiento de lo tratado y la necesidad de tener cerca de sí la imagen de la Madre de Dios a la que acudían en sus necesidades.