Pascual García (garciapascual@hotmail.com)

Éramos adolescentes y habíamos comprado una tienda de campaña para todos. Nos gustaba la sierra y el río, y a menudo íbamos a La Puerta o a Somogil y acampábamos bajo los pinos durante algunos días. Éramos los de siempre, los amigos de la infancia en el barrio y algún otro incorporado más tarde, cómplices de un desasosiego juvenil, que en el verano intentábamos calmar, llevando a cabo excursiones inesperadas a cualquier hora del día o de la noche. A veces estábamos en la Plaza de la Iglesia, y de repente a alguno de nosotros se le ocurría en ese preciso instante, a las once o a las doce de la noche, coger los bártulos y largarnos al río. Ni siquiera lo pensábamos. Nos reuníamos en las Torres, cada cual con lo indispensable para el viaje y nos internábamos en la oscuridad del camino del cementerio, en dirección a La Puerta, mientras la luna iluminaba débilmente la carretera de piedras y de baches, y nosotros, excitados por la aventura y la noche conversábamos a lo largo del camino como si el ruido de nuestras palabras nos ayudara a caminar.

Aquella vez fue distinta. Cometimos el error y la temeridad de colocar la tienda junto al río, justo sobre la antigua presa por donde el agua caía en aquellos momentos hacia la parte más serena del paraje. Hace de esto más de veinte años y el río ha cambiado mucho. Sumergimos las cervezas y las sandías en el agua para que fueran refrescándose. En la canadiense permanecían las neveras que portaban los alimentos comprados con la intención de pasar unos días en uno de los lugares que más hemos querido de Moratalla, pues en él pasamos algunos días memorables de nuestra infancia, con nuestras familias, cuando todavía era posible encender un fuego, que siempre apagábamos al final de la jornada con una precaución exhaustiva, y cocinar un arroz con conejo y pollo o caracoles. Después nos bañábamos en las pozas del río hasta la hora de la merienda antes de volver de nuevo a casa.

Como digo aquella vez fue distinto. Debimos habernos dado cuenta de los signos. Había nubarrones negros en todo lo alto y muy pronto comenzó a descender el agua turbia. Era evidente, para cualquiera que tuviera un mínimo de conocimiento acerca de las riadas, que las nubes estaban en aquel instante descargando kilómetros más arriba, en otros parajes del río, pero las consecuencias terminaríamos sufriéndolas nosotros. La noche cayó sobre el monte antes de que anocheciera porque se cerró el cielo y comenzaron los relámpagos y los truenos, que iluminaban la sierra de una forma espectral. La tormenta ya estaba sobre nosotros cuando tomamos la decisión de meternos en un viejo citröen,en el que uno del grupo había traído lo más pesado del equipaje. Recuerdo cómo se movía el coche ante los embates del viento y de la lluvia torrencial. Estábamos todos dentro por fortuna, pero los rayos encendían el monte y los pinos nos rodeaban como una amenaza. El retumbar de los truenos nos amedrentaba sin duda, aunque reconozco que siempre disfruté con las tormentas y en muy contadas ocasiones sentí temor verdadero. A pesar de todo, los rayos y los truenos se sucedían y el agua y el viento sacudían aquel viejo cascarón que daba muestras de desencajarse en cualquier momento.

En algún instante de aquella larga noche alguien perdió los nervios y dio un grito de desesperación. Luego se serenó. Por los cristales de las ventanillas descubrimos luces de linterna en la otra ladera del monte. Sospechamos que alguien se había quedado en el lado erróneo, pues por aquella parte del río les sería muy difícil llegar a salvo a ningún sitio. Después, cuando la lluvia amainó un poco, salimos del coche e inspeccionamos ligeramente el lugar que antes habíamos ocupado, bajamos al río para comprobar que las tiendas, que habían montado casi a ras del agua, habían desaparecido, pero en la oscuridad apenas fuimos capaces de ver que no quedaba nadie y, por un segundo, nos alarmamos.

Luego, por la mañana, cuando cesó todo y amaneció, nos apercibimos de que la riada se había llevado algunos coches, las tiendas de campaña, incluida la nuestra y, desde luego, todas las vituallas salvo una pequeña nevera donde quedaba algo de embutido, pan y una cerveza de litro. En otro lado del río, que bajaba más caudaloso que nunca, una pareja joven con un niño en brazos nos pedía auxilio.

De manera natural, nos fuimos metiendo en el agua, agarrados los unos a los otros hasta formar una barrera humana. Entonces, los náufragos del otro lado fueron pasando asidos a nosotros y tranquilos porque la corriente ya no podía empujarlos. Vi, cuando llegaron a mi altura, al niño que mostraban en brazos y supe, con un conocimiento intuitivo, casi mágico, que aquel bebé había recibido durante toda la noche el bautizo de una naturaleza desatada y, a la vez, respetuosa con la nueva vida. Cuando creciera, sus padres le contarían aquella epopeya y él sentiría que portaba el estigma de los muchachos que lo habían ayudado en un trance difícil. Acaso, cuando se hiciera un hombre, la pasión por la sierra y por el río le naciera de una forma tan natural como nos había nacido a nosotros.

Calmados al fin y orgullosos en parte, nos sentamos sobre una piedra que ya había secado el sol de la mañana y almorzamos todos juntos. No tendríamos más remedio que volvernos a Moratalla, pero la noche había merecido la pena. Estábamos empapados y perplejos porque nunca antes habíamos visto el río en aquel estado de furia, con el fragor del agua cayendo desde la presa hasta las pozas donde solíamos bañarnos, mientras la oscuridad se incendiaba y se abría el cielo, con el sonido infernal de los truenos, la lluvia y el viento fustigando con sevicia el coche donde nos habíamos refugiado.

Por el camino de vuelta fuimos comprobando los desperfectos de la noche. Verdaderamente había sido una avenida digna de figurar en los anales del pueblo. El cauce del río se había desbordado en muchos parajes y los camiones de los bomberos acudían a prestar su servicio a algunos coches que aún permanecían atascados en el barro y fuera de servicio. Proveyeron de leche y galletas a los que habían perdido sus mochilas y efectuaron la primera limpieza del lugar.

Nosotros íbamos secándonos al sol de la mañana de agosto, mientras conveníamos que no habíamos perdido nada irremplazable y, a cambio, habíamos vivido la noche más emocionante de nuestra corta vida. Hoy, con más de cuarenta años a la espalda, no tengo más remedio que reconocer que corrimos algún peligro innecesario y que pudimos haber cometido la torpeza de meternos en la tienda para pasar la noche, aquella tienda de campaña montada junto a la corriente del río y al borde de la vieja presa, que el aluvión de la avenida no tardó en llevarse. Éramos, en fin, jóvenes e inexpertos, e ignorábamos que la vida terminaría por empujarnos río abajo irremediablemente algún día, contra nuestra propia voluntad y muy a pesar nuestro.