Pascual García (pasgarcia62@gmail.com)

Creí que lo había perdido para siempre. Al final del invierno labraron de improviso y de un modo salvaje todos los bancales y cuando pasé un día de principios de abril y dirigí mi vista al lugar donde se viene alzando de manera majestuosa cada año desde el día en que me vine a vivir solo a este cálido rincón de Zarandona, ya no estaba y supuse que andaría enterrado con el resto de la maleza bajo el barbecho. Ensayé una pequeña despedida, recordé los días de nuestra compañía y dejé de pensar en él.

Lo he tenido a mi lado como una alianza segura y un talismán, lo he visto crecer y lo he saludado al pasar todos los días, y cuando se iba agostando, he ido despidiéndolo como a un familiar que se marcha de viaje, aunque uno sabe que volverá un día.

Pero en esta ocasión creí que era el final, que ya no lo vería jamás. Había demasiada tierra encima y ni rastro del sitio en el que había estado de manera intermitente durante dos años. Me resigné a perderlo y proseguí con mi vida. Torné a pasar cada día por el mismo sitio y miré en dirección del lugar donde había estado, pero ha sido esta mañana cuando he descubierto las primeras hojas verdes emergiendo de la tierra como un milagro de la naturaleza y el corazón me ha dado un vuelco.

Me han venido a la memoria aquellos versos de Machado que dedicara a un olmo seco: Con las lluvias de abril y el sol de mayo/ algunas hojas verdes le han salido. Al poeta sevillano, convaleciente de la muerte prematura de Leonor, comenzaban a brotarle los renuevos en el alma, porque la vida resulta implacable y se abre paso entre la desgana y la atonía le pese a quien le pese; Yo, después de dos años de apartamiento, meditación y aprendizaje, de haber escrito y leído durante días y semanas en la más absoluta soledad, de sufrir el confinamiento, el teletrabajo y una Ebau recalcitrante e interminable, me estaba sumiendo en las mieles de un verano de esperanza que me conduciría al principio otra vez, a ese septiembre insoportable de la vuelta al cole, los libros de texto y las mil ofertas baladíes de los quioscos, pero en esta ocasión aliñado todo con la amenaza de un nuevo confinamiento.

El renacimiento del cardo borriquero, que en otros días me recordara mi infancia y mi barrio, una seña de identidad a la que no renuncié nunca, como no se puede renunciar a nuestro origen y a nuestra condición humana, me devolvía un motivo medianamente feliz, me colocaba en mi sitio y me permitía respirar aliviado, porque la tierra   no se había tragado para siempre aquella planta humilde y pobre, con un sinfín de pinchos que mostraba la flor más extraña y exuberante, la flor mediterránea por antonomasia, nacida de la sequía y del sol, cuya belleza resumía el cardo borriquero que asistía mis días y me recordaba  de dónde venía y por qué estaba allí.

Ahora me limito a verla crecer, a custodiar su lento viaje hacia el otoño. Con ella voy yo también porque ambos estamos unidos por el capricho del destino quizás, por ese azar que nos coloca a cada uno en un sitio diferente sin preguntarnos nuestra opinión al respecto. Pero ya no estoy solo, ya no recorro el pequeño viaje desde mi casa al centro de Zarandona en ese constante soliloquio machadiano, porque sé que lo voy a ver aparecer   en el prodigio de la tierra, alcanzar la temible pujanza de sus armas punzantes mientras pareciera que me saluda con la complicidad de dos viejos amigos.