Mª José Lozano Bernal
Psicóloga Residencia Nova. A.P.C.O.M

María ya era adulta, había pasado toda su vida con sus padres en casa. ¿Su escolaridad?, como la de todos los niños de su pequeño pueblo, con una maestra que aceptó sus dificultades y ayudó a conseguir hilvanar una letra y otra más hasta lograr dar sentido a las palabras escritas. Participaba en los juegos de corro, de pelota, del pillao y también en los enfados porque no me dejan jugar, porque los otros corren más o juegan mejor. Así transcurrió la infancia, y llegó a la pubertad con paseos con los amigos (pocos) y con la familia (Siempre atenta y permanente).Pero al llegar la adultez, los padres llegan a la ancianidad, y quien todos pensaban que era dependiente y que precisaba ayuda, se convierte en la experta cuidadora de esos ancianos, que siempre la aceptaron tal y como era, y con dedicación, buena guía y seguridad en el trabajo hecho con sencillez y con cariño, son cuidados por una cuidadora excepcional, la hija con discapacidad. ¿Y qué ocurre cuando los padres faltan? Todos en la familia se preguntan cómo dejarla estar sola en casa, quien la lleva a vivir con ellos, cual puede ser una buena solución, puesto que todavía es joven, es capaz de trabajar, de relacionarse con los demás, de pasear, hacer la compra…. Y le plantean la posibilidad de formar parte de una asociación donde podrá realizar un trabajo adaptado a sus capacidades, establecer nuevos vínculos de amistad y vivir en otra residencia con otros compañeros! Pero ¿Cómo? Vivir en una residencia?….!eso es para abuelos!. Eso mismo pensó María….¿Yo tan joven puedo ir a una residencia?. Bueno, a regañadientes acepté visitar la residencia, ver quien vivía en ella, como estaba distribuida, que significaba formar parte de ella, quienes son las personas que me cuidarían y que me podían enseñar a mí. Para sorpresa mía, no era un sitio triste y con habitaciones oscuras, encontré personas muy parecidas a mí, de mi edad y con intereses, capacidades e ilusiones idénticas. ¿Qué había ocurrido? Pues que yo no conocía, no sabía que existían residencias para personas que necesitamos un poco de ayuda, de orientación en nuestro día a día, pero que tenemos muchísima autonomía y así nos la reconocen. Yo he encontrado en la residencia, la seguridad de un hogar limpio, confortable, espacioso, cálido en invierno y fresquito en verano. Tengo una habitación amplia compartida con una compañera que respeta mi intimidad, mis ratos de soledad, pero a la vez está pendiente de mí. No he perdido relación con mi familia cercana porque pueden venir a visitarme, o puedo salir yo a visitarles a ellos, para mantener los lazos de afecto que se establecieron cuando yo era pequeña. En la residencia, mi salud también está cuidada y atendida por los cuidadores, que están pendientes de mi medicación, de mi correcta nutrición (estoy a dieta porque tengo unos quilos de más), de que tenga una adecuada actividad física (paseos a menudo) y por supuesto un buen descanso, en un entorno cuidado y silencioso. Puedo elegir las salidas, las tareas en las que quiero participar en la resi, como limpiar, fregar platos, planchar etc. También, estar con los amigos con quienes comparto mis aficiones (música, manualidades, costura…).Puedo decir todo lo que me gusta y no me gusta y exponer todo lo que quiero, y esto solemos hacerlo en las asambleas que se celebran una vez por semana. Pero sobre todo valoro el esfuerzo de las personas que nos atienden, para que nos sintamos queridas, recibamos afecto y seamos escuchadas en nuestras necesidades, alegrías, tristezas, y vivamos con seguridad en un entorno que quiere ser próximo al familiar. Así que al final, ¿Residencia para mí?, Si! Y todavía me queda mucho por compartir con mis compañeros y también por aprender.