PASCUAL GARCÍA

Si es verdad que la literatura, y más concretamente la poesía, se refiere tan sólo a tres o cuatro temas y que estos temas son los de siempre, desde Homero y desde Ovidio, el escritor leonés, que nos ocupa hoy y que en su día ganó el Premio de Poesía Dionisia García, aborda uno de ellos, tal vez el más importante: el tiempo; el discurrir del tiempo y su presencia en nuestra vida, la propia vida conformada por su materia: “Recuerda los momentos de belleza/ que la vida nos ha ido concediendo./ Antes de que el tiempo nos alcance/ con su habitual costumbre, agradece/ estos dones que llegan por sorpresa/ cuando la edad comienza a ser tardía.”

PASCUAL GARCÍA

Si es verdad que la literatura, y más concretamente la poesía, se refiere tan sólo a tres o cuatro temas y que estos temas son los de siempre, desde Homero y desde Ovidio, el escritor leonés, que nos ocupa hoy y que en su día ganó el Premio de Poesía Dionisia García, aborda uno de ellos, tal vez el más importante: el tiempo; el discurrir del tiempo y su presencia en nuestra vida, la propia vida conformada por su materia: “Recuerda los momentos de belleza/ que la vida nos ha ido concediendo./ Antes de que el tiempo nos alcance/ con su habitual costumbre, agradece/ estos dones que llegan por sorpresa/ cuando la edad comienza a ser tardía.”
La factura de esta poesía es decididamente clásica, con tópicos y versos que recuerdan de un modo claro a poetas del XVI y del XVII, pero que en la voz de Luna Borge resultan nuevos. Se trata, entonces, de una poesía de corte moral, reflexiva, en ocasiones grave y solemne casi, que pretende ser el reflejo de las muchas vivencias de un hombre al final de la madurez, en esa frontera delicada en que la memoria nos acucia: “Nada vuelve y es bueno que así sea:/ la vida en su acabada imperfección,/ sólo eso en el recuerdo es lo que queda.”
Poemario elegíaco, pues, con una evidente tendencia simbolista que atraviesa de parte a parte todo el libro, desde el propio título y que impregna estos versos de una música doliente, calma y no exenta de cierta lucidez; todo lo cual contribuye a la certidumbre de hallarnos ante unos versos esenciales que no parecen encajar en una corriente literaria moderna concreta ni falta que les hace, porque son de siempre y quedarán ahí, seguro, cuando el viento de las modas arrastre la hojarasca de las tendencias y se la lleve muy lejos.
En el fondo, parece como si esta obra estuviese constituida por un solo poema, dividido en fragmentos, y todo él fuese de carácter elegíaco y meditativo, una suerte de examen postrero que la memoria y los años imponen al hombre que los ha vivido conscientemente: “Somos dueños del humo de los días/ propicios y pensamos que el futuro/ ha de ser una larga sucesión/ de años afortunados.”
El tono barroco, que no la forma, destaca en unos versos que reivindican el botín de la existencia, esos dones que nos concede el paso de los días, pero que, a la vez y de un modo riguroso, se va llevando hasta el despojo último y definitivo.
Queda la necesidad de conservar el sentimiento en el artificio misterioso de la palabra que desemboca en el poema.
José Luna Borge lo ha llevado a cabo con maestría y emoción en este libro sereno, luminoso, sobrio y de un pesimismo inalienable. Mi enhorabuena al poeta.

EDITORIAL: LOS PAPELES DEL SITIO