ANTONIO GONZÁLEZ NOGUEROL

“Si preguntáis a la Filosofía de qué materia es el cielo y el sol, ¿qué os responderá ella sino de hierro o, con Anaxágoras, de piedra o tal estofa según nuestra costumbre?”

Parece que para ciertas gentes el relativismo es una especie de veneno que se introduce en la sociedad como si fuese una pandemia procedente del demonio. Dicen que todo es blanco o es negro, que no existen los matices, están obcecados en la teoría maniquea del bien y el mal, cuando es evidente que el Creador hizo todo como el arco Iris. Todo es relativo, ya lo asevera el famoso axioma metafórico conocido como Ley Campoamor: “En este mundo traidor nada es verdad ni mentira, todo es según del color por el cristal donde se mira.”El cual supone una pesimista pero bella manera de expresar, y admitir, que nada vale la pena, que ningún valores inmutable, y que inevitablemente impera el subjetivismo, la arbitrariedad, y el relativismo, en todas las facetas de nuestro mundo(por ello, lo de traidor, según el poeta).

Aunque hablando de relativismo, también es cierto que no es lo mismo relativismo que subjetivismo, éste afirma que el conocimiento solo es posible de manera limitada, mientras que el relativismo considera la influencia del medio, del espíritu, del tiempo, de la pertenencia a un determinado círculo cultural o clase social, y los factores determinantes contenidos en ellos. El relativismo cognitivo sostiene que no existen verdades absolutas y asegura que cada persona tiene diferentes perspectivas. Es frecuente que los defensores de este relativismo razonen que, puesto que cada cual “tiene su verdad”, cada afirmación moral depende de convenciones de las personas de esa cultura, y no puede ser cuestionada.

Oswald Spengler así mismo escribió: “Toda cultura tiene su propio criterio, en el cual comienza y termina su validez. No existe moral universal de ninguna naturaleza”.

Algunos vehementes pensantes se empeñan en que no hay medias tintas o se está con sus postulados o en contra. De esta actitud se han perpetrado las más grandes brutalidades de la Humanidad. La Historia es testigo, y no sólo actitudes cesaristas como en tiempos de Roma, si no aún más cercanas, Napoleón o el gran megalómano y criminal nazi y otros caudillos menores, aunque no olvidemos que también en situaciones democráticas se producen talantes dictatoriales y autoritarios.

Pero sigamos con “las Verdades”, cuando se habla de la “Verdad”, en realidad ¿de qué verdad hablamos?, ¿de la tuya o de la mía…? Como diría Machado: “¿Mi verdad o tu verdad…? ¡No! la Verdad, la tuya… —o la mía— …¡guárdatela!”.

No seré yo, pues, quien aventure cuál es la posición razonable. Pero me parece que, fuera la que fuese, no la habría abrazado de una forma extrema, ni sin ver las razones de las demás.

Como aseveraba Montaigne: “Más de una vez, me he dedicado con mucho gusto, como ejercicio y distracción, a defender una opinión contraria a la mía, y la inteligencia, aplicándose a ella y volviéndose hacia esa parte, se me adhiere hasta tal punto que dejo de ver la razón de mi opinión anterior y me aparto de ella”. Quizá nos convendría a todos seguir su ejemplo de vez en cuando. Aunque sólo sea para comprender mejor las razones de los que no piensan como nosotros, que también las tienen. No sabemos si estas aseveraciones serían lo razonable para conseguir un mundo mejor, o menos belicoso. Lo que nos lleva a demostrar que la conciliación y cierta tolerancia son las bases para la paz social que son los postulados que hacen grandes a los pueblos. Todo es cuestión de sentido común, pero hay que afirmar, como así lo ratificaba cierto personaje, que: “El sentido común es el menos común de los sentidos…”

Bertrand Russell, expresa su parecer afirmando “cierto tipo de gente, que se cree superior, suele decir con suficiencia que ‘todo es relativo’, lo cual es absurdo, porque si todo fuese relativo, no habría nada relativo a ese todo“. Lo cual sigue evidenciando que todo es relativo. (Algo análogo al “los confines de los infinito”).

Bien es cierto que todas estas cuestiones están circunscritas a nuestro entorno, a lo realmente tangible, no nos engañemos, lo desconocido es inaccesible y por lo tanto un problema de fe.