PASCUAL GARCÍA

Cuando vi aquella escena de El Padrino, creo que fue en la segunda parte, la mejor sin duda, en la que Miquel Corleone se casaba en la tierra de sus mayores con Apollonia, una siciliana como Dios manda, muy del gusto de la tradición italiana de la película, y observé el momento en la que los novios reciben los regalos en metálico de sus invitados, sentados a una mesa mientras agradecían personalmente la dádiva a cada uno, me representé en la mente las viejas escenas de boda de mi pueblo y sentí que había un flujo de unión entre mi lugar de origen y aquella estampa con sabor de la película que más me ha gustado de los tiempos modernos.

Y, además, despejé mis dudas acerca de esta clase de regalos que alguna vez algún amigo me había reprochado por su carácter en exceso materialista. Y, sin embargo, allí estaban los personajes con los que tanto había vibrado en el film y me pareció que su dignidad, su nobleza y su empaque terrenal no tenían parangón. Recibían sentados y decorosos el regalo de familiares y amigos, el dinero que cada uno de ellos había considerado relevante para agasajar a los recién unidos y ayudarlos a empezar con el nuevo proyecto de vida. Y todo parecía en su sitio, revestido de una honorabilidad casi mítica como la mayor parte de los episodios de esta película.

Pensé entonces que así habían sido todos los finales de las bodas de mi pueblo, incluida la mía y que no solo no había nada por lo que avergonzarse, sino que muy al contrario todo aquello pertenecía a una suerte de solemnidad antigua y verdadera donde se habían unido los viejos rituales campesinos con el sentimiento esencial de la naturaleza y del amor.

El dinero como una donación sobre la mesa de los novios era parte de un ceremonial indispensable, un símbolo y una metáfora de la prosperidad futura.

De repente en estos últimos meses nos enteramos de que  con la ley en la mano los presentes de boda pueden ser considerados donaciones (transmisiones de bienes a título gratuito e intervivos) y de que el Impuesto de Sucesiones y Donaciones las grava indefectiblemente, y por tanto, también los regalos que recibes el día de tu boda. Se trata de un impuesto cedido a las comunidades autónomas, lo que supone ciertas diferencias en su regulación, aunque lo que nos debe interesar es que no existe una cantidad mínima exenta de tributar. Por tanto, ¿Hacienda podría obligarte a pagar impuestos por los 150 € que te ha engtregado tu íntimo amigo? Aunque al parecer las donaciones realizadas por parientes tendrían bonificaciones.

No me quejo en absoluto de estas obligaciones inexcusables que cualquier buen ciudadano viene obligado a cumplir, solo me sorprende que Hacienda meta también sus hocicos en esta vieja y entrañable costumbre nupcial. Andan los recién unidos nerviosos por la recepción, por la noche que se les avecina, por el viaje de novios y por un porvenir que muy a menudo resulta incierto y, para colmo, tienen detrás de ellos a un inspector trajeado y con corbata, circunspecto y con bigote muy a menudo, que en cualquier momento podría pedirles la bolsa y ponerse a contar el mismo los dineros del festejo.

No parece serio el procedimiento, porque además también tendría el derecho de calcular el valor en metálico de la yogurtera, la champanera y un juego monísimo de tazas y platitos para el café, además de la colecta que se ha sacado del reparto de la corbata del novio y de la liga de la novia.

No imagino a ese mismo inspector en Sicilia, en la boda del segundo Corleone, salvo que se halle en disposición de jugarse la vida.