Francisco Fernández García
Archivo Municipal de Caravaca de la Cruz

Aunque parezca cosa reciente, el consumo de estos productos es desde hace siglos una de las formas mas recurrentes para combatir los calores del verano. Parece ser que fue en el siglo XVI cuando este tipo de bebidas llegaron a los reinos hispánicos, aunque tardaron bastante tiempo en popularizarse debido a los perjuicios que, según algunos médicos, producía su ingesta. No obstante su aceptación y consumo por las clases altas hizo que poco a poco fuera generalizándose entre el resto de la población.

Francisco Fernández García
Archivo Municipal de Caravaca de la Cruz

Aunque parezca cosa reciente, el consumo de estos productos es desde hace siglos una de las formas mas recurrentes para combatir los calores del verano. Parece ser que fue en el siglo XVI cuando este tipo de bebidas llegaron a los reinos hispánicos, aunque tardaron bastante tiempo en popularizarse debido a los perjuicios que, según algunos médicos, producía su ingesta. No obstante su aceptación y consumo por las clases altas hizo que poco a poco fuera generalizándose entre el resto de la población.
La disparidad de criterios generó una gran polémica entre sus partidarios y detractores, reflejada en algunas obras de la época que recogían el pensamiento y costumbres existentes; sirva de ejemplo este curiosa afirmación extraída del Coloquio II del célebre libro compuesto por el humanista sevillano Pedro Mexía en 1551 “Diálogos o Coloquios”: “pues estos señores dicen que el beber agora muy frio ha entrado por uso y procurado, yo digo que los hombres han de andar con el usoy no curar de seguir estremos. Señores, aunque yo sea oy rey, no quiero que mi ley obligue á pecado mortal; pero digo que estos salitres y nieves, y estos estremos de frio es curiosidad reprehensible: y aun tengo que dañosa á la salud del anima y del cuerpo”.
Durante algún tiempo estos productos fueron rechazados por la mayoría de la población, que seguían las recomendaciones de los médicos basadas en criterios erróneos, como recoge el referido libro de Pedro Mexía: “porque ciertamente, como si comiessemos una cosa muy caliente quemando, nos hace grande daño y estrago, asi tengo por opinion que estos estremos de frio ofenden y dañan, aunque no se sienta luego”. La oposición a su consumo llegó a ser tan grande que algunos lo llegaron a considerar como un pecado: “Por qué señor Maestro es pecado beber frio? No señor, si no licito y cosa sabrosa y natural; porque la sed (como dice Aristoteles) es apetito de lo humido y frio, como la hambre lo es de lo seco y caliente: y por eso naturalmente queremos la bebida fria y el manjar caliente … asi que beber frio no es malo, mas los estremos nunca son buenos”.
La elaboración de estos productos resultaba bastante complicada ya que, según el caso, eran necesarios ciertas sustancias y preparados (lo que el texto llama salitres) y los conocimientos suficientes para su correcta utilización, además de contar con suministro suficiente de nieve, ya que esta era el elemento principal, tanto para ser añadida a la bebida como para su refrigeración. Esto hizo se desarrollara su recolección y conservación, lo que se hacía en neveros naturales, también conocidos como pozos de nieve, y también su comercio. En Caravaca hay constancia de la existencia y explotación de pozos de nieve desde el siglo XVI, siendo una de las funciones del Concejo la subasta y adjudicación de su abastecimiento a la villa cada año.
Superados los problemas iniciales, a lo largo de la centuria siguiente el consumo de refrescos y bebidas frías fue generalizándose, surgiendo establecimientos dedicados a su fabricación y venta. Las bebidas frías mas populares y demandadas eran la aloja (también conocida como agualoja) que se preparaba con agua, azúcar o miel y sustancias aromáticas; el agua de limón, por todos conocida ya que, aunque más evolucionada, se sigue consumiendo en la actualidad; el agua de cebada, que se elaboraba con el agua de la cocción de dicho cereal a la que tras ser colada se añadía azúcar, trozos de corteza de limón y canela en rama y la horchata. Todos ellos se refrigeraban antes de ser consumidos. La gran aceptación del primero de ellos, la aloja o agualoja, hizo que los establecimientos dedicados a la elaboración y venta de refrescos se denominasen alojerías y alojero o agualojero, los que los fabricaban y vendían, siendo los procedentes del Reino de Valencia los más apreciados por la calidad de sus productos.
En Caravaca desconocemos cuando se inició esta actividad, siendo la primera noticia al respecto la apertura de un establecimiento permanente dedicado a la venta y fabricación de refrescos por el agualojero Joseph González en 1765, que gozó con exclusividad este comercio durante más de dos décadas, hasta que comenzaron a aparecer otras personas que se establecían en la villa durante los meses de verano dedicándose a la venta ambulante de bebidas frías por las calles de la población.
En abril de 1791 dos de estos agualojeros valencianos, Vicente Silla y Pascual Esteban vecinos de la villa de Torrente, solicitaron al ayuntamiento el correspondiente permiso para el desarrollo de su actividad profesional tal y como lo habían hecho en años anteriores. Al conocer esto, el referido Joseph González presentó un memorial solicitando que se les denegase la autorización argumentando la mala calidad de sus productos, que incluso podían llegar a ser perjudiciales para la salud pública, comprometiéndose él a cambio a contratar a varias personas para que vendieran por las calles los refrescos que él elaboraba, atendiendo de esta forma las necesidades de todo el vecindario. Ante esta situación y una vez comprobada la poca veracidad de las afirmaciones del veterano agualojero, el ayuntamiento acordó liberalizar la venta de dichos productos concediendo a partir de entonces licencia a todos los que la solicitasen, aprovechando la ocasión para regularizar el precio de venta “cada quartillo de agua asi de Zevada como de Limon a quatro quartos” y controlar la calidad de los productos: “se acordo que unos y otros por ser veneficio ael publico puedan hacer y vender aguas eladas, y claras, no bendiendo las primeras hasta las quatro dela tarde, por ser nocibo ala salud publica; Quela calidad dellas sea muy buena, y los quartillos, y medios quartillos sean cabales; dandose, como se da comision en toda forma al señor Juan Josef Carreño paraque cuide tanto dela bondad de dichas aguas, como del arreglo delos precios, y vasijas a proporcion del coste, y costa que tengan fixandose en sus respectibas havitaciones vn papel del precio aqueseha dedar cada quartillo, y demas circunstancias que deveran observar paraque atodos conste”. Llama la atención el interés por asegurar la calidad de las elaboraciones, llegando incluso a señalar la hora en que podía comenzar la venta, pero es que, como señalaba el prestigioso médico Ignacio María Ruiz de Luzuriaga en su “Colección de disertaciones físico-médicas” de 1791, “Una delas causas principales de cólico son las bebidas heladas de las botillerías, aloxerias, puestos de agua de cebada y horchata de chufas, que se tienen en la mayor parte de la Península por un refrigerio de primera necesidad durante los ardores del estio”.
Dos meses mas tarde la nómina se incrementaba con la llegada de Joaquín Jordán, “maestro de agualojero vecino de Lorca”, que solicitó avecindarse en Caravaca, aunque ya llevaba varios años residiendo en ella durante los veranos dedicado a la venta ambulante de “de todo genero de aguas eladas”, e instalar un comercio fijo dedicado a dicha actividad para lo cual pedía también el alquiler de uno de los locales que el ayuntamiento poseía en la plaza pública. Ambas demandas le fueron concedidas, obligándose a contratar una o dos personas para la venta ambulante para competir comercialmente con sus compañeros de oficio.