Pedro Antonio Muñoz Pérez                                                               

(pedroamupe@gmail.com)

Me consta que el nuevo pedáneo de Archivel, Francisco Javier López, al que corresponde el legítimo  orgullo de haber sido el primero y único elegido por votación popular en todo el término de Caravaca, tiene interés por diseñar un proyecto de reactivación del turismo en el pueblo. Pretende este joven inquieto, recoger propuestas, inventariar bienes y lugares, suscitar debate, abrir caminos no hollados y disponer ideas novedosas. Es una iniciativa encomiable, pero nada original. Esto, sin embargo, no desmerece su empeño.  Todos los ayuntamientos de la actual era democrática han pretendido algo parecido y es raro encontrar un programa electoral que no recoja una declaración de principios y un compromiso formal (casi siempre se dice ese galicismo tan hortera y manido de “poner en valor”) para la promoción de los bienes culturales de un término municipal tan extenso. Y, ciertamente, hay que reconocer lo que se ha hecho, en especial por el estudio y la recuperación del rico patrimonio arqueológico de la zona, incluida la señalización y cartelería informativa en los yacimientos o la marcación de diversos itinerarios turísticos y el acondicionamiento de algunos espacios emblemáticos. Por lo demás, están las interesantes rutas culturales, bajo la responsabilidad de Indalecio Pozo, que es lo que más se acerca a lo que debería de constituir un programa sistemático de divulgación. Pero tengo la impresión de que todo esto es insuficiente, cuando no meramente anecdótico. Algo es mejor que nada, sin duda, pero aún queda mucho por hacer.  Especialmente, a mi juicio, si se ajusta el planteamiento.

Tan solo en Archivel, tenemos los restos de un poblado prehistórico de chozas circulares en un solar (¿abandonado?) junto al salón social, en el fecundo y complejo yacimiento de Casa Noguera, una necrópolis ibérica cerca de El Villar, un santuario, también de época ibérica, en el Castillico, un castellum romano del siglo I a.C. y un poblado altomedieval andalusí en la cima del cerro de las Fuentes,  además de otros lugares donde se han realizado catas y se sabe que hay restos  de diversas épocas. De las numerosas excavaciones arqueológicas se ha obtenido buen número de materiales y piezas cuya importancia puede ser relativa, en comparación con otros objetos de mayor enjundia, pero que tienen indudable valor testimonial  siquiera a nivel local. Todo se encuentra a buen recaudo bajo la tutela del arqueólogo municipal en los almacenes y dependencias del Museo de la Soledad. Sin embargo, muy pocos archiveleros y menos foráneos conocen de primera mano este tipo de hallazgos. Y yo me pregunto: ¿cómo se puede valorar lo que se desconoce? ¿Qué sentido tiene, además de la lógica preocupación por la seguridad y la conservación, escatimar la contemplación de estas pruebas materiales del paso de las civilizaciones antiguas por nuestra tierra? Considero suficientemente justificado que se creara en Archivel un “centro de interpretación” donde dar a conocer a propios y extraños toda esa información para que se puedan acercar a los lugares de visita con conocimiento de causa.

No es lo único. Están los nacimientos de agua, las fuentes y acequias, los molinos, la propia estructura urbana del pueblo que, en sí misma, constituye el dibujo de la evolución del asentamiento humano, los nombres de las calles y de los lugares, los caseríos, cortijos y campos de cultivo, las cuevas, el cementerio, la iglesia, la tristemente abandonada ermita de San Javier, los propios elementos del relieve (tengo mis dudas sobre si las nuevas generaciones conocen los nombres de las sierras circundantes), es decir, cualquier elemento del entorno puede y debe ser material de conocimiento. Todo es susceptible de ser “reclamo turístico”, pues. Me refiero a un turismo sostenible, generador de valor añadido para la sociedad que lo acoge, no al depredador de sensaciones baratas y fungibles. Para este tipo de turismo que buscamos, lo rural es en sí mismo el valor del descubrimiento.

Pero Archivel no tiene sentido sin el contexto general en el que se inscribe. Tenemos en Barranda el yacimiento de La Cabezuela, directamente relacionado con el del Cerro del Santo,  el Museo de la Música Étnica, el etnográfico de El Perdizo (digno de visitar, dejando que se explaye Julio, su entusiasta creador) y su reconocida fiesta de la música de raíz. Cerca de la ermita de Singla, en las Ocho Casas, aflora otra prueba de la intensa romanización de estos lugares.  Y más allá, el fabuloso entorno del Estrecho de las Cuevas de la Encarnación, sin duda el centro neurálgico donde se concitan las pruebas más relevantes de todas las etapas históricas desde hace casi un millón de años.

Desde las torres de la Represa y los Alcores, hasta el castillo de Poyos de Celda; desde el molino del Martinete, hasta los templos íbero y romanos del cerro de la ermita en La Encarnación, pasando por los cursos de los ríos Argos y Quípar, los farallones de Mojantes y los breñales del Pinar Negro en la sierra del Gavilán, sin olvidar los numerosos molinos dispersos por todo el campo de Caravaca, cuyo estudio e inventario, junto con el de las iglesias y ermitas, ha acometido Indalecio Pozo con su acendrada pulcritud de investigador riguroso, todo merece ser apreciado primero como “cosa digna de mostrar” y catalogado en su justa dimensión, así como adecentado con mimo, para poder admirarlo después.

Y esto sin hablar del patrimonio inmaterial, ese que Jesús López García ha plasmado en sus libros, en los que el escenario físico y los personajes se funden en el abrazo secular que alumbra el legado de la tradición y nos convoca al respeto y al reconocimiento de los que nos precedieron. Son las voces, los dichos, las historias particulares y colectivas, las vidas mismas de quienes hicieron todo esto los testimonios que deben escuchar, alejados de los tópicos, los que se acerquen sin ánimo de “postureo” a desvelar la verdadera esencia de estas tierras (nuestro “producto” turístico).

Urge entonces ponerse al tajo. La dinamización turística en estos  tiempos inciertos no puede ser una mera lista de actividades para rellenar jornadas antes de ir al restaurante o al alojamiento.  La oferta ha de ser consistente y coherente. Integrada. Y también coordinada. Instituciones, expertos y empresas privadas han de ponerse de acuerdo. No es Archivel lo que “se vende”, es una experiencia de acercamiento al mundo rural en la que deberían aparecer imbricados todos los pueblos de alrededor, las gentes, el paisaje natural, las producciones humanas de esta y de todas las épocas de cuya existencia podemos dar cumplida razón. ¿Por dónde empezamos?