Reencuentro

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Pascual García (pasgarcia62@gmail.com)

Llegaron de improviso y nos miraron con la curiosidad de dos criaturas desvalidas y extrañas, dos gatos errantes, todavía cachorros, que jugueteaban frente al porche de la casa de la huerta. Con la libertad y el desparpajo de dos mascotas que, sin embargo, todavía no le pertenecían a nadie y que parecían ir buscando una protección o una mano cálida que los acariciara de vez en cuando. Estaba claro que no eran de nadie, que habían nacido al aire libre y que su madre había sufrido algún contratiempo o los había abandonado a su suerte como un ritual natural del destete.

Era a finales de verano y continuamos viéndolos todos los días en el mismo lugar con el gesto tranquilo de los animales que iban familiarizándose con nosotros y creando unos lazos particulares, como si ellos hubiesen elegido la compañía de su vida. Anónimos, desentendidos y plácidos, se lamían con meticulosa placidez su pelo ceniciento, blanco y negro, tendidos al sol y absortos en su incesante operación higiénica.

Era nuestro primer verano juntos y, aunque estábamos a punto de entrar en los sesenta, nos comportamos como dos adolescentes núbiles que hubiesen descubierto de repente el misterio del amor y las formas ocultas y dulces de la pasión, tanto que aquellos dos animales juguetones oficiaban sin querer de testigos casi sagrados para nuestros esponsales permanentes, eran también una referencia y un símbolo y nos divertíamos mucho viéndolos corretear en el patio.

Fue un idilio en toda regla, que el estío no consumió del todo, nos enamoramos los unos de los otros y tuvimos testigos porque el amor sin testigos no parece tan sublime; fue una revelación y un misterio hasta que llegó septiembre y desaparecimos todos, aunque supongo que ellos, como nosotros, persistirían en su romance durante todo el otoño y lo alargarían hasta el invierno y la primavera. Alguna vez nos preguntamos por ellos, por dónde andarían y cómo les estaría yendo, solos en el paraje de la huerta o alrededor de la casa donde los habíamos conocido. Temimos que pudiera pasarles cualquier cosa en el invierno riguroso de Moratalla, eran tan tiernos y tan frágiles y estaban tan solos cuando los vimos por vez primera que no podíamos asegurar su suerte.  Suponíamos que se habían afianzado en aquel territorio, que no les había faltado comida con la caza de roedores y pajarillos y que con mucha suerte volveríamos a verlos en el verano siguiente.

Y con ese ánimo regresamos a la casa de la huerta, nos instalamos y tornamos a disfrutar de las excelencias del clima, del regalo del agua y de la infinita paz que nos permitía dedicarnos a nuestros quehaceres creativos.

Aunque mirábamos cada día  en dirección al lugar donde aparecieron los animales el año anterior con la esperanza de percibir una sombra o un rumor que los delatase y aunque no paramos de vigilar cada palmo de la huerta con ojos avizoradores y oídos atentos, de llamarlos por sus nombres, que nosotros mismos les habíamos puesto y que no eran otros que los nuestros, pues ellos recreaban   el milagro del amor que se había obrado en nosotros y que ellos habían repetido con la gracia natural de dos seres surgidos de una especie de sueño. La huerta de Moratalla nos acogía a todos con la generosidad con que la tierra hospeda a los suyos para evitarles el sufrimiento y la muerte. A cambio nosotros representábamos el triunfo del amor, éramos un monumento a las caricias y a los besos cuya verdad ignoraba todo el mundo porque todos, los habitantes de aquel palacio en la huerta, los cuatro, los gatos y nosotros, nos encargábamos de ocultar la auténtica dimensión de aquel prodigio donde reinaba la ternura y la inocencia.

Pero un día volvieron a aparecer como surgidos de la nada, sin advertirnos que vendrían a vernos y a confirmarnos que estaban bien, que eran felices y que la huerta seguía protegiéndolos.

Como a nosotros.

 

 

 

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