ANTONIO F. JIMÉNEZ

Hacía mucho tiempo que no veía amanecer en el campo. Levantarte todavía de noche y mirar el desangramiento violáceo en el horizonte nuboso. La noche alejándose como las tempestades que pasan y reptan por el cielo hacia otro continente. Hacía mucho que no me despertaba otra cosa que no fuera una alarma de móvil o de reloj, y aquí en Inazares lo hicieron el abrir de una verja en un establo cercano, con su chirrido férreo, el relinche de los caballos, el rebuzno de los borricos, el cante inmemorial de los gallos, el llanto lejano de un gato, el croar de las ranas, la chicharra. El bostezo, en definitiva, de la naturaleza.


Las nogueras empinadas cercan el complejo rural Caserío de Inazares, donde me alojo. Las casas sencillas tienen nombres como El Sauce, Colmenero, El Majuelo y así. En la hoja de presentación que te dan cuando llegas, pone que en Inazares no hay tiendas pero que los sábados viene un recovero con salazones, embutidos, ropas, etc.
Los móviles aquí no tienen nada que hacer. La cobertura es escasa, apenas si se te indica en la pantalla lo de solo llamadas de emergencia. Sin embargo, se ve en el horizonte montañés una fina atalaya que desde la lejanía parece un alfiler gigante y del que se dice que, como con todos los rumores que han corrido siempre sobre estos aparatos, ha provocado muchos cánceres.
«En pocos años se ha muerto mucha gente», me dice un hombre de unos sesenta y tantos, amorrado en su esparto, sentado en una banqueta, un poco más adentro del poyo de la puerta trasera de la Iglesia de San Nicolás de Bari. El templo es de 1899 según Wikipedia, y de 1888 según el cartel de azulejo que hay en la pared de la entrada a la Iglesia, donde se celebra la misa cada quince días. «Estamos preocupados porque los dos últimos que murieron eran jóvenes». El viajero le pregunta que cómo de jóvenes y el hombre responde: «Así de mi edad».
―¿Y qué dice usted que está haciendo con esas espigas?
―Cordeta. Pleita de esparto. Ahora estoy liado con un cesto de seis ramales de soga cerneja para un encargo.
―Ya.
― Vamos al bar y nos tomamos un chupitejo.
De camino, pasamos por algunas callejas y el hombre se detiene a explicarme los muros de la patria suya: la antigua escuela, «que se cerró porque con tres alumnos usted verá qué se puede hacer»; el Club Social, «donde se veía la única tele del pueblo» y que tiene encima del dintel una fecha pintada, imagino que de la llegada del aparato: 1982. Las casas de piedra con sus puertas abiertas, sus sillas en la calle. Ni un alma todavía, excepto la de los felinos.
Porque en Inazares parece que ya hay más gatos que hombres y mujeres oriundos. «Aquí solo quedan seis vecinos en invierno». Son gentes que no salieron de la aldea excepto para bajar al hospital de Caravaca. Otros vienen en verano, como el hombre que me acompaña al bar Revolcadores del complejo rural. El otro restaurante de Inazares, a pocos metros, se llama El Nogal. «Yo estoy entre Inazares, Alcantarilla y Palma de Mallorca». Este inazareño pertenece a esa generación de migrantes que marcharon hace años de la montaña a la isla, pero que al regresar a Inazares no dejan de decir a los turistas: «Esto es un paraíso, aquí puede uno morir en paz».
Hacía mucho tiempo que no veía el amanecer, que no me despertaba antes que los hombres del campo y que los pastores. El hombre me dice que él también se levantó antes de que amanecieran las ovejas, que tiran camino abajo y luego dejan el asfalto de los caminos salpicado de boñigas, que parece pedrisca oscura. El nombre de Inazares viene de tierra de heno, según leo en un cartel del bar El Nogal. Creo que es un nombre muy bonito que a mí me recuerda al blanco de la nieve. Quizá porque desde niño he oído hablar mucho de ella cuando el tema era el de los nevazos, y alguien decía: «Donde más nevó fue otra vez en Inazares».
El hombre que hacía pleita me dice:
―En invierno también vienen turistas para calentarse con la estufa de leña y ver la nieve.
―¿Y vienen muchos a ver las lágrimas de San Lorenzo?
―¡Chacho, sí!
Antes de irme a la cama, las estrellas pestañeaban anoche como nunca las vi guiñarse, y parecía que una verbena se hubiera subido al cielo, uno de los más limpios de España, según catalogó ni más ni menos que la N.A.S.A. Dijo: «El más limpio de contaminación lumínica para la observación astronómica de toda la Península Ibérica». Esta pedanía de Moratalla, que descansa sobre las laderas del macizo de Revolcadores (el más alto de la Región con sus 2.015 metros), es la de mayor altura de toda la Región de Murcia, a 1.350 metros.
Aparte de dar un paseo en borrico, la actividad más requerida por los turistas es la de mirar al cielo. En la explanada que llaman la plaza del complejo, se coloca un catalejo al anochecer para mirar la postal noctívaga y misteriosa de la techumbre celeste. Como me dice el hombre, la semana de las lágrimas de San Lorenzo vino mucha gente únicamente para ver el llanto del universo. Otro vecino oriundo nos dijo sonriente que él preguntó una vez si se podría mirar más allá del cielo y el experto le dijo que «no, hombre; eso se escapa de nuestras posibilidades».
Al amanecer, esta zona se puebla de águilas reales, halcones peregrinos, buitres leonados, gatos monteses. De tempranos pasos sobre la tierra. El sol nace por el Pico de los Obispos y comienza a encandilarme. Entro a la casa y miro la estufa de leña y digo cuánto me gustaría que fuera invierno. Entran los rayos por el ventanuco. Afuera ya despuntó el día.