Se va la tarde (II)            

Pepe Fuentes Blanc

Devorar de una tacada tanto la manipulación como la alteración de la semántica lingüística que hacen los vocingleros desde sus atalayas. Me gustaría hacerlo tal como las aves engullen el aire, con esa misma parsimonia, con esa misma decisión.

El escritor Miguel Sánchez Robles nos interpela de forma atávica y por varios frentes en su obra Algo pasa en el mundo: «nuestras biografías son auténticas, pero nuestras vidas están empezando a ser falsas». Algo pasa que propicia que busquemos primeramente la apariencia y nos regodeemos en ella sin calcular las heridas que genera renunciar a lo auténtico. También pasa que en el mundo hay dolor, algunas veces dolor sobrevenido e inevitable, es verdad, pero abunda un sufrimiento incauto que tiene su origen a partes iguales en la mala intención de algunos y en la torpeza a la hora de administrar nuestra propia evolución.  La sociedad está atrapada en eso, en la incapacidad  de gestionar adecuadamente su propio progreso, y eso genera dolor. Reivindico, sin embargo, el derecho a que no me derrumbe el dolor del mundo. Cada día entristezco un rato cuando le tomo el pulso a la jornada y me percato de las trampas, de los impedimentos que percibo para saborear la belleza, de las barreras para ser bello. Pero reclamo el derecho a permanecer erguido y asombrarme del regalo que es la vida, regalo y oportunidad. Solo esto impide que no me tumben los acontecimientos torticeros, solo esto provoca que no me abata el dolor. El agradecimiento propicia la conciencia y es antesala de la felicidad, esto he aprendido.

Devorar el dolor del mundo, el sufrimiento sin sentido, con la misma actitud de esta bandada organizada de estorninos que avisto hoy desde mi apostadero. Una aldea completa de pájaros que descuartizan el aire con sus cuerpos en caída libre. Cada mañana, al son de relumbros iniciales, el viejo ciprés los expele sin compasión. La aldea completa de pájaros negros ara el aire y lo hurga cada día a la zaga de insectos entorpecidos. Todo el día arando, todo el día hurgando: la inmanencia de lo cotidiano, la osadía de lo necesario, la terquedad de lo real.

A la tarde, la recua de aves se embute en un instante en los entresijos del ciprés centenario. El árbol las recibe y se viste otra vez de pájaros negros que regresan a su cobijo. También se deja ver una pareja de ardillas estorbando el insolente graznido de las tórtolas que llenan la baranda de cabecitas nerviosas. El viejo pasea, cuenta sus pasos y vuelve sobre ellos ajeno al deambular descarado de ardillas, y, algunas veces, hasta roedores que entretejen las hojas prominentes de la palmera.

 

Han concurrido mil tardes que se han marchado y el ciprés centenario que albergaba una aldea entera de pájaros ha muerto. Una aldea entera de pájaros de pico pardo que se fueron con la tarde. Hoy he visto a dos hombres hermosos que troceaban el ejemplar, ya seco, de arriba abajo. El procedimiento ha sido medido y exacto. Ha sido perfecto a pesar del ruido estridente de las motosierras. Añoro el hacha de antaño, recuerdo las tardes en las que fui leñador. Leñador de verdad fui en un bosque espeso de chaparros que me llamaban a voces a través de sus líquenes adheridos —era frío el invierno de la sierra—, evoco el golpe seco y certero del hacha sobre la madera.

Siempre a punto de llorar en medio de aquel bosque espeso de brotes maduros de encinas, lágrimas emergidas al fin tras vislumbrar los párpados de la muerte entre los troncos sentenciados. Yo soy bosque. Tal como el bosque, convivo a menudo con el sufrimiento, cohabito sin remedio con el llanto.

Pero siempre que puedo, soy canto de lluvia sobre los árboles.