José Antonio Melgares Guerrero/Cronista Oficial de Caravaca, de la Vera Cruz y de la Región de Murcia.

Al comenzar un nuevo período de actividad divulgadora del antesdeayer de Caravaca, que no es sino la víspera de nuestro tiempo y el período en el que se sentaron las bases de lo que hoy somos y tenemos, me parece oportuno rendir homenaje de reconocimiento y cariño hacia esa generación que, por razones meramente naturales se acaba sin remedio, y cuyos descendientes inmediatos somos nosotros. No me refiero a la generación de nuestros abuelos, ni a la de los padres de éstos, sino a la de nuestros propios padres quienes, tras haber luchado duramente por sobrevivir y sacarnos adelante en la difícil época que les tocó vivir, nos están dejando sin que apenas quede ya ninguno en buenas condiciones de salud.

Una vieja fotografía del archivo del Cronista, que fecho aproximadamente en 1921 y que es la que ilustra este texto, ofrece la panorámica de un grupo infantil de la generación a que me refiero, con entonces cinco o seis años de edad, cuyos componentes vivieron en su infancia la dictadura del general Primo de Rivera y después la II República. Cuyos representantes masculinos lucharon, nada más estrenar su juventud, en la guerra civil, quien sabe si enfrentados por los bandos contendientes en la misma, y las hembras aguardaron el regreso de aquellos para contraer matrimonio con ellos, y en el seno de los mismos traer al mundo a los de mi generación, y a todos cuantos nos encontramos en los inicios de la denominada tercera edad.

La fotografía muestra un numeroso grupo de niños y niñas que en su inocencia infantil no imaginaban los años convulsos que les aguardaban. Todos se habían salvado de la epidemia de gripe que tanta mortalidad causó en la población española en 1918, sin embargo ninguno se salvó la aquella otra epidemia de incomprensión y enfrentamiento social que se alargó durante tres largos años entre 1936 y 1939 por la guerra civil, con sus consecuencias posteriores, primero durante los años de la hambruna y después durante el largo período del Franquismo en que unos vivieron mejor que otros. Finalmente muchos de ellos llegarían a ver los inicios de la Democracia y la mayor parte han fallecido en la era de las libertades públicas e individuales.

El documento gráfico muestra semblantes infantiles de personas que en su madurez ocuparían los puestos de responsabilidad local a lo largo de un dilatado período de tiempo entre los años cuarenta y los noventa del pasado S. XX. Medio siglo en el que sirvieron a la sociedad como médicos, abogados, comerciantes, empresarios, maestros, empleados, autónomos, obreros, y sobre todo como padres y madres que pusieron su experiencia, saber y entender al servicio de las generaciones que hoy empezamos a dejar lo que aprendimos de ellos en manos de quienes comienzan a reemplazarnos en la actividad laboral y en la vida misma.

Apenas puedo identificar a media docena del nutrido grupo que aparece en la fotografía protagonista de este texto, pero invito al lector a aventurar nombres, a identificar a los posibles integrantes del mismo, en la seguridad de que puede resultar una actividad cuando menos gratificante. Entre quienes el Cronista identifica está, lógicamente mi padre (de quien heredé el documento gráfico), Gustavo Melgares Cuevas, con atuendo de marinero hacia el centro del grupo, fallecido en 1991. También al industrial Mariano Tudela García (segundo por la izquierda de la segunda fila, si observamos la foto de abajo arriba). A su derecha, según miramos, Mercedes Buendía. José Pastor Abad (tercero por la izquierda de la misma fila superior). Una hija de D. Gabriel Elbal (sexta por la izquierda en la misma fila superior). Un tal Morote (tercero por la derecha en la segunda fila desde arriba). Una hermana de Manolo, Tomás y Pedro Rubio (séptima de la izquierda en al fila inferior). Pepe Fuentes García (hermano de Paco Fuentes, que vivió sus últimos años en Argentina. Tercero por la derecha en la misma fila inferior), y Adela Medina, quien lleva su ancianidad con toda dignidad en nuestros días, y a quien dedico emocionado este texto, ya que podría ser la única viva del conjunto infantil que nos ocupa.

Tengo razones suficientes para pensar que se trata de una fotografía de un grupo de escolares del colegio de las Monjas de la Consolación, quienes ya habían educado a los padres y madres de los protagonistas años atrás, y que ya se encontraba en la C. de La Puentecilla. Preceptora de todos, o de muchos de ellos, debió ser sor Evarista Petit, la monja que estuvo al frente de la formación inicial de tres generaciones y que el Cronista recuerda, muy anciana pero con fuerzas suficientes para estar al frente del aula de párvulos, en sus años niños.

El lector convendrá conmigo que la fotografía (anónima), al margen de su calidad artística, y del nombre de cada uno de los niños, es una deliciosa colección de gestos, ademanes, sonrisas, posturas, indumentarias, calzados y miradas, sobre todo miradas. Cada cual apuntando ya su posterior personalidad y algunos con sus nervios a flor de piel, movidos por no estarse quietos en el momento del fogonazo, pues la impronta se recogió, con toda seguridad, con una máquina de aquellas de antorcha, en la que el fotógrafo se introducía casi de medio cuerpo por la parte de atrás de la misma.

Entre todos, y otros muchos más que no están en la foto, hicieron posible la Caravaca de hoy. A todos, pues, nuestro reconocimiento, nuestro agradecimiento y nuestra admiración por haber sido capaces de apuntalar una época concreta y difícil de la historia de Caravaca.