Pascual García (pasgarcia62@gmail.com)

Hay un tiempo para estar con uno mismo, para recogerse, como dicen en Moratalla, y ampararse en la chimenea, en las comidas con la familia, en esas migas invernales que eran una verdadera fiesta para nosotros, los muchachos de entonces. Mi madre preparaba un caldo caliente con un sofrito elemental de ajos, pimentón y poco más, mi abuelo cascaba unas cebollas tiernas y las metía muy cerca de las brasas junto a unas ristras de ajetes y a unas patatas partidas con sal. Y mi padre se disponía a la gran ceremonia de cocinar unas migas monumentales, pero suculentas y sencillas como todos los productos gastronómicos de origen humilde. Bastaba la harina, el agua, el aceite y un poco de sal y, eso sí, el brazo poderoso de un hombre, casi siempre, que durante una media hora no cesaba de mover, remover, partir la masa y darle vueltas, a veces en el aire como lo hacía mi progenitor con esa energía y esa gracia que había heredado de una estirpe antigua y poderosa. Era pequeño sí, pero los tenía bien puestos; de vez en cuando, ya casi al final, me acercaba con la rasera un puñado de migas que empezaban a culminar su proceso de cocción. Está bien de sal, le decía yo, o, todavía les falta un poco, y él porfiaba, sudando junto al fuego, en aquella lucha culinaria que la mayoría de las veces acababa con la victoria de mi padre, las migas en su punto, él exhausto, la mesa puesta con el plato humeante de las cebollas, las patatas y los ajos asados y la fuente con el caldo, todo listo para sacar la sartén del fuego que se apoyaba en las trébedes y ponerla sobre el tiznero en mitad de la cocina, porque las migas se comían en la sartén, de acuerdo a un estricto e higiénico protocolo campesino. Y nosotros hambrientos, con la nariz y la boca sugestionadas por los aromas de la sartén con la pitanza.

Comíamos en familia, resguardados del invierno y de la calle y nos sentíamos protegidos y a salvo. Todos nos recogíamos en la casa, en la cocina y en la comida. Las migas eran el símbolo  del entendimiento, de la sangre común que nos unía y del amparo.

Hoy también toca recogerse para combatir ese nuevo mal, que no es otra cosa que un resfriado con mala pata, sobre todo para los ancianos y para los afectados por problemas respiratorios, que nos obliga a no salir a la calle, a regresar al útero de la familia y del hogar, a convivir con los nuestros, a aceptarnos con la generosidad imprescindible de los que necesitan sobrevivir  por encima de cualquier otra cosa, porque en nuestra memoria circula desde siempre un mandato tan antiguo como inapelable y todavía no ha llegado la edad de dejarnos vencer.

Recogerse era en la Moratalla de mi infancia lo que hacíamos los muchachos al anochecer o cuando se avecinaba una ventisca o un airazo fuerte (escriban ventarrón, si les gusta más, pero entonces era airazo) o lo que llevaban a cabo los hombres a altas horas de la madrugada, cargados de vino y dispuestos a dormir unas pocas horas antes de levantarse al amanecer para echar una jornada más de su vida de trabajos y penurias. Nos recogíamos para ampararnos los unos en los otros, para sentir el calor de los nuestros, para rehuir el mal y la aventura del riesgo, para regresar al fuego y a la tribu, de donde salimos un día hace millones de años con el fin de afrontar la aventura de la civilización.

Pasarán los malos tiempos y volveremos a ser libres y humanos. Que no lo dude nadie.

Yo me quedo en casa, pues eso,  a recogerse todos.