Pascual García (pasgarcia62@gmail.com)

Mi abuelo Pascual tenía una curiosa costumbre para contar sus propios años. Tengo ochenta años y voy para ochenta y uno, dijo en esa ocasión tan seguro y ufano como en cada uno de sus aniversarios, pues contaba con la cantidad recién cumplida y con la que estaba empezando a cumplir. Era tan sabio que intuía esa constante incertidumbre del tiempo, esa inconstancia absoluta de las horas y de los años y, sobre todo, esa impotencia para detener su decurso. ¿Cómo iba a declarar que tenía ochenta y uno, ochenta y seis o cualquier otro número de una forma absoluta? ¿En qué porción infinitesimal de segundos estamos seguros de poseer una edad concreta? Decimos tengo veinte años o acabo de hacer los cincuenta y apenas reflexionamos sobre la trascendencia de estas afirmaciones; en primer lugar, porque ignoramos en que instante exacto fuimos sus poseedores y luego, porque no seremos capaces jamás de mantenerlos en propiedad ni siquiera una millonésima de segundo. El agua sigue su curso, apelamos a la vieja sabiduría presocrática, y no está jamás en parte alguna, corre, se fuga río abajo en dirección a la ley de la gravedad y al fin de los días.

A mí me ocurre algo semejante a lo que le pasaba a mi abuelo. Cuando llega el día pienso unos minutos en mi edad y, después, pienso en el siguiente año que cumpliré, de manera que cuando caduca el plazo, hace ya doce meses que me estoy acostumbrando a la nueva cifra  y no me sorprende tanto la rapidez con la que ha llegado.

Aún es peor esa costumbre nefasta de quitarse años, que se parece tanto a quitarse vida, a quitarse experiencia. ¿Qué años me quitaría yo, si pudiera elegir? Tal vez eliminaría buena parte de mi infancia y de mi adolescencia, no porque el sufrimiento o las penalidades me hubiesen acompañado, que no es del todo cierto, sino porque esa época y a pesar del tópico, nunca fue nuestra mejor edad. Seamos sinceros, no es cierto que la atravesáramos pertrechados de una prístina inocencia y de una absoluta enajenación, que no percibiéramos el dolor de nuestros mayores o las desavenencias de nuestros padres, que no tuviéramos conciencia del mal, de la fealdad y del dolor, que no fuésemos sometidos en diversas ocasiones a la injusticia e incluso al abuso, que fuéramos tan importantes  para los mayores como lo son ahora esas criaturas que corretean por la calle sin pudor y en absoluta libertad.

Ya sé que quienes se quitan años y cuando les preguntas por su tiempo dicen cincuenta y cinco en lugar de los verdaderos cincuenta y nueve, están huyendo de la consunción y de la muerte, de la tristeza del final, que es el mayor error que cometemos en esta vida. Pero yo pienso todos los días, mientras me levanto y hago la cama, en lo que me deparará la jornada nueva, en la resolución de un conflicto cualquiera o en el encuentro casual con los viejos y con los nuevos amigos

Si me quitara años, me los quitaría para volver a una tarde concreta en la compañía de una mujer bella, mientras hablamos, nos tomamos unos gintonic y nos besamos con la frecuencia del deseo de los treinta recién inaugurados. Quizás entonces, en ese trance, hubiese tomado un camino diferente al que me conducía a casa como cualquier noche.

Si me quitara años, sería para volver a los lugares donde me perdí casi de un modo definitivo, al amanecer de oro en el que tomé la decisión de no arriesgar mi acomodada vida y no saltar al vacío, aunque en el vacío me esperara  la auténtica felicidad.