ANTONIA MARTÍNEZ GUIRAO

@LASER

TALLER DE ESCRITURA

Me sucedió un día que estaba de visita en la Residencia de ancianos, una señora con la que ya había hablado varias veces, me llamó para que me sentara a su lado, me dijo: tú ya eres mayor ¿Por qué no te quedas a vivir aquí con nosotros?, a mí me gustaría hablar contigo, tengo una cosa aquí dentro que quiero decirle a todos (señalándose el pecho), como si tuviese algo en el corazón que lo tenía que mostrar, que le dolía y, que no se quería morir con ello dentro.  Yo le dije que no se preocupara que al día siguiente vendría pronto para que me lo contara, que me traería papel y lápiz para apuntarlo y leérselo para ver si le gustaba.

Al día siguiente fui más pronto que de costumbre y la busqué, nos sentamos en una sala preciosa, con unos sillones cómodos, tapizados en colores alegres, estábamos las dos solas.

Primero se puso muy nerviosa e intenté tranquilizarla, comenzó a llorar repitiendo una y otra vez: yo no fui, yo no fui…

  • Tranquila, si quiere desahogarse cuénteme lo que quiera, y si no, no pasa nada. Si ha cambiado de parecer hablamos de otra cosa.
  • Yo quiero contarle lo que llevo aquí dentro que me hace mucho daño.
  • Si le hace daño, no lo diga, hablemos de otra cosa.
  • No, ya le dije que antes de morirme quiero decirle lo que pasó para que Vd. Se lo cuente al mundo.
  • Venga, respire hondo y cuando quiera comience.
  • Mire, yo me quedé viuda no hace mucho tiempo, tengo una hija y un hijo ya casados y con hijos. Ellos pensaron que no debía quedarme sola y decidieron que fuera a casa de mi hija, ella tenía dos hijos, el menor de siete años y, como mi hija trabajaba fuera de casa le podría echar una mano, así que allí fui. La casa de mi hija era más grande y mejor, pero echaba de menos la mía, porque en ella había pasado mi vida con sus ratos malos y buenos. Cuando llegué a su casa intenté ayudarla con la plancha, la comida, etc… pero ella siempre encontraba un pero como que la olla no estaba bien secada o la camisa mal .. Yo pensaba que mi hija era muy limpia y que todo le gustaba muy ordenado y así fue pasando el tiempo. Un día me di cuenta de que se me estaban terminando las medicinas,  pero mi hija me dijo que no me preocupara,  que ella me las traería, pero lo días pasaban y al final se terminaron. Ese día estaba con mi nieto que estaba resfriado y le dije que no se moviera de la cama mientras iba al ambulatorio a por las recetas. Tardé poco y cuando volvía la gente gritaba que había fuego en la casa de mi hija, la avisaron a ella y a los bomberos, pero gracias a Dios  a mi nieto no le pasó nada porque ya lo había sacado una vecina bien tapado. Yo me puse a llorar con un susto de muerte abrazando a mi nieto, en ese momento llegó mi hija y me lo arrebató mientras me acusaba de que yo había prendido fuego a la casa porque según decía, me molestaban mis nietos y no  los quería. Yo me quedé sin comprender nada, yo no había encendido fuego alguno, yo quería mucho a mi nieto aunque era un poco trasto. Le pregunté a mi nieto si había sido él y me contestó que no, que él no había hecho nada, que seguramente había sido yo porque tenía mucha prisa, lo más fuerte es que mi hija le creyó a él en vez de a mí, porque yo era vieja y sobraba, me dijo que no quería verme más, me lo dijo con estas palabras: “Vete de mi vida, no quiero verte más, esto que me has hecho no te lo perdonaré jamás.” Así fue, me echó y mi hijo  me trajo a esta residencia. Como la paga que tenía era muy pequeña, pensó en vender mi casa, a mí no me gustaba perderla, pero como pensaba que no me quedaban muchos años por vivir, le dije que la pusiera en venta y que lo que sacaran se lo repartiera con su hermana, él me contestó que no, que era para pagar y que no me faltara de nada. Así pasó, estoy aquí pero mi cabeza no para de pensar, me duele mucho que piensen que soy una incendiaria y que quería hacerle daño a mi nieto.
  • Por eso quería que usted lo escribiese para que se sepa la verdad. Yo no quemé nada, yo he querido mucho a mis hijos y a mis nietos, si usted me promete que lo escribirá ya me puedo morir tranquila.
  • Tranquilícese que lo voy a escribir para que lo sepa su familia y sus vecinos, el mundo entero sabrá que usted no incendió la casa.

Se le veía una persona tranquila, amable y buena pero con una verdadera obsesión en limpiar la calumnia que había recaído sobre ella.

La gran sorpresa me la llevé yo cuando, a los pocos días de esta conversación, me comunicaron que había fallecido y, desde ese momento, quise mostrar lo que ella me había contado y con estas letras espero que desde el más allá, compruebe que he cumplido lo prometido, diciendo a todos que ella no incendió la casa de su hija.