JOSÉ MARÍA EGEA FERNÁNDEZCatedrático de Biología Vegetal de la Universidad de Murcia

El coronavirus, además de constituir un problema de salud a nivel mundial, está destapando uno de los graves problemas estructurales relacionado con el abastecimiento de alimentos en las ciudades, sobre todo en época de crisis. En los últimos días se ha instaurado una histeria colectiva en la población por el acaparamiento de alimentos, ante el llamamiento a quedarnos en casa por un periodo mínimo de quince días.

Desde el sector de la distribución nos dicen que no hay problema. Que el suministro de alimentos está asegurado… ¿Pero qué pasaría si por otra emergencia el problema se prolongara varios meses? ¿Qué pasaría si se produce el cierre de fronteras a la exportación e importación de alimentos? Hemos dejado nuestra seguridad alimentaria en manos de las grandes cadenas de distribución de alimentos y lo podemos pagar muy caro. Ahora o en el futuro.

El problema de abastecimiento en las ciudades no es un hecho nuevo, ni puntual. Ocurrió en la primera y segunda guerra mundial. La solución se encontró en las campañas de movilización de mujeres en los campos y los niños en los centros escolares. Cuba, durante el bloqueo económico y comercial tuvo que recurrir a la producción de sus propios alimentos. La agricultura urbana y periurbana, el aprovechamiento de los recursos endógenos y el mercado local han sido la principal herramienta para disponer de alimentos en época de crisis.

La crisis del coronavirus no hay duda que desaparecerá. Es cuestión de semanas o meses. Pero la provisión de alimentos de forma sostenible está en riesgo permanente. Nos enfrentamos a dos retos que están generando y generarán inseguridad alimentaria. Uno es el aumento de la población mundial y su concentración en grandes áreas metropolitanas, por lo que aumentará de forma considerable la demanda de alimentos. Otro, es el cambio climático, que afectará al sistema productivo, sobre todo en áreas secas, como la Región Mediterránea.

¿Quién nos alimentará en las próximas décadas? La emergencia sanitaria provocada por el coronavirus no hay duda que es pasajera, pero no lo es la emergencia climática y la crisis alimentaria, que afecta en la actualidad a más de la mitad de la población mundial. Corremos un grave riesgo de desabastecimiento si dejamos que nuestra alimentación dependa exclusivamente de productos procedentes del exterior.

Necesitamos con urgencia de políticas municipales que aborden seriamente el suministro de alimentos en las ciudades, de igual modo que se ha hecho con otros servicios a la ciudadanía, como el abastecimiento de agua y energía, la recogida de basuras, o la regulación del tráfico. Hoy en día las ciudades son completamente insostenibles desde el punto de vista alimentario.

El Pacto de Política Alimentaria Urbana de Milán, auspiciado por la FAO de 2015 y firmado ya por más de 200 ciudades de todo el mundo, constituye un compromiso entre los firmantes para desarrollar estrategias alimentarias locales, sostenibles y diversificadas, con la finalidad de asegurar comida sana y accesible al conjunto de la población.

El reto al que nos enfrentamos, por tanto, es diseñar estrategias alimentarias municipales con la finalidad de recuperar el mayor grado de autonomía en la producción, distribución y consumo de alimentos. Eso es posible conservando las tierras fértiles, potenciando la agricultura urbana y periurbana y propiciando un mercado local potente. Es hora de poner en marcha, de forma enérgica y efectiva, políticas que vertebren cadenas de alimentos entre el campo y la huerta, con los núcleos urbanos.

En los últimos años se han promovido en Murcia varias iniciativas de producción y consumo de alimentos locales. Muchas de ellas han fracasado y otras están en precario. Las políticas de apoyo a este modelo agroalimentario son necesarias. Pero poco se puede hacer sin la participación de los consumidores. Compramos de forma masiva en grandes superficies mientras le damos la espalda a la producción y distribución local. Las imágenes de estos días de largas cadenas de consumidores bordeando los supermercados son elocuentes por sí misma. Mientras, muchas tiendas de barrio y mercados locales permanecen cerrados.

Los ciudadanos, con nuestro poder de decisión de compra, estamos engordando a las grandes multinacionales, cuyo fin último es obtener los máximos beneficios económicos. Ese mismo poder nos dota a los ciudadanos para cambiar el modelo agroalimentario, apostando de forma masiva por el consumo de alimentos de proximidad, producidos de forma sostenible con prácticas agroecológicas.

En este periodo de emergencia sanitaria hemos decidido quedarnos en casa, algo impensable hace unos días. Ante la crisis alimentaria y la emergencia climática, que es crónica, deberíamos hacer una apuesta por la producción y consumo de alimentos de proximidad que, además de proveernos de productos sanos y saludables, lleva asociado numerosos beneficios ambientales, socioeconómicos y culturales.

¿Quién nos alimentará en el futuro? Las políticas agrarias y alimentarias pueden influir, pero somos los ciudadanos en último extremo los que podemos decidir sobre quién nos alimentará. Todo depende de donde vayamos a comprar y de la información que tengamos para ejercer de forma responsable nuestra ciudadanía como consumidores.

El cambio de modelo es impensable a corto plazo. Se requiere un periodo de transición para vertebrar una cadena de producción y consumo local. Las autoridades competentes deben diseñar campañas de difusión y divulgación que promuevan un consumo de alimentos en armonía con los recursos naturales, ambientales y humanos de cada territorio. Y, quizás lo más importante para el futuro, hay que elaborar programas educativos adaptados a diferentes niveles sobre la sostenibilidad del sistema agroalimentario, no sólo desde la perspectiva económica, sino también ambiental, social y cultural.