Pascual García (pasgarcia62@gmail.com)

Cada vez tengo más claro que en este país hemos recibido casi todos una pésima educación sentimental, aunque sería absurdo echarle la culpa a estas alturas a los diversos sistemas educativos, porque de lo que estamos hablando concierne al ámbito privado de la familia y, en alguna medida también, a nuestro propio desarrollo personal. Nos educan los otros y nos educamos nosotros. Hablamos, leemos y observamos y poco a poco nos vamos haciendo una idea de asuntos tan primordiales como el amor, por poner un ejemplo.


Durante muchos años nuestra relación con este sentimiento consistía en acertar con el nombre que debía recibir la relación que estábamos manteniendo con un muchacho o con una muchacha. ¿Éramos compañeros, conocidos, amigos, novios…? ¿Qué éramos exactamente en cada momento y a qué podíamos aspirar? Casi nunca intentamos besar a la otra en la primera cita, pero en aquel tiempo, en los años dorados de mi adolescencia y de mi juventud, ningún desaprensivo o desaprensiva le habría preguntado a su pareja de la noche si llevaba tatuajes en el cuerpo o si practicaba deporte, en qué invertía el tiempo de ocio y cuánto había viajado por el mundo.
Éramos tan elementales que nos limitábamos a sentir esa rara y profunda vibración de los cuerpos cuando se hallan cerca y se atraen, y, para colmo, compartíamos nuestras últimas lecturas, los discos, la música que escuchábamos y un puñado de ideas sobre la vida y sobre el amor.
Lo demás era inevitable, no podía pactarse, no era parte de ningún contrato, ni siquiera lo percibíamos del todo. Luego en una novela excepcional de Juan Carlos Onetti, aunque todas las suyas lo son, leí aquella maravilla escrita por un hombre que había amado de verdad, mucho y en diversas ocasiones: Amor. Nadie, ni vos que andás de una a otra, nadie puede comprender. Te agarra a traición, como algunas muertes. Y ya no hay nada que hacer, ni patalear ni querer destruir.
El amor era un impulso, nos llegaba de alguna parte, pero resultaba inútil buscarlo, porque el camino lo hacía él y nosotros nos limitábamos a esperarlo y a saberlo recibir. Algo divino, platónico e idealista se encierra en esta idea, pero tal vez no pueda ser de otra forma. No te respetará nunca una emoción semejante si no la respetamos nosotros, teniendo en cuenta que es el principio de todo, el origen de la creación del mundo.
De vez en cuando echo un vistazo a los programas de amor y de relaciones de pareja que las televisiones emiten con cierto éxito de audiencia, porque, al fin y al cabo, es el asunto que más nos interesa y del que menos sabemos.
Me defraudan y me abruman la simpleza y las múltiples majaderías con que se trata un asunto como éste. Claro que no todo el mundo sabe que se ama con la inteligencia y no con el corazón, como se hace todo y se piensa todo y se siente todo, que los pobres de espíritu y de ideas quedan relegados a repetir un sinfín de rituales vacíos con los que pretenden dar cierto sentido a lo fundamental de sus existencias.
No se puede enseñar todo, pero se puede aprender todo. Era Borges el que apostaba siempre por la segunda opción, mientras descreía con lucidez de la primera. Algo de culpa albergamos un poco todos cuando trivializamos esa fuerza universal que arrasa cuanto alcanza, porque es la única energía natural que casi nos domina y que viene de muy lejos, de los primeros días y de la primera luz.
Ni los tatu ni los piercing ni los muchos abalorios con los que nos disfrazamos, ni esas ideas extravagantes y místicas acerca del más allá o del más acá, ni la gimnasia pasiva o activa, ni los clubes de lectura o las clases de bailes de salón, ni las tribus urbanas o la música perfectamente clasificada que nos sirven hoy como un menú de carretera.
Nada de eso tiene que ver con el amor por mucho que se empeñe la tele, que todo lo toca y todo lo puede.
Quien lo probó lo sabe, que diría el genial Lope