PASCUAL GARCÍA

FOTOGRAFÍAS: LETICIA RICO

Tal vez nuestra civilización ha perdido el engarce con el origen, el sentido pleno de nuestro lugar en el mundo o, al menos, ha empezado a perderlo, no porque hayamos percibido de una manera progresiva la merma de ciertos valores y la desaparición de otros, que no siempre restituyen los diversos credos religiosos, tan peligrosos en ocasiones, tan ciegos, sino porque cada época necesita de sus héroes y de sus gestas, de sus paradigmas y de sus hazañas. La guerra es un ejercicio despreciable y criminal y ciertos espectáculos deportivos no añaden grandeza ni verdad, sino que nos alejan de nuestro objetivo como seres humanos.

Filiberto

Filiberto

Aquí últimamente no parece triunfar más que el hombre o la mujer que se enriquece desmesuradamente en un corto espacio de tiempo y que, la mayor parte de las veces, lo hace a nuestra costa.

Como alternativa, la liturgia del toreo propone, en cambio, una ética además de una estética, un código de valores que no es solo la consecuencia de una fiesta o de una diversión. La corrida es una puesta en escena de la propia existencia, un teatro calderoniano donde lo aparente siempre es verdad, porque los hombres y las mujeres que participan se juegan  la vida. No hay, por tanto, trampantojos, no hay espejos que reflejen una imagen ni ensayos para lograr la buena copia, hay una sola posibilidad como la que nos ofrece nuestro devenir de cada día, ni más ni menos.

Me gusta el torero que respeta a sus mayores y los llama maestros y de usted, que cumple con la cortesía de alabar la belleza femenina, que nunca se mira cuando recibe una voltereta  o una cornada, que aguanta el dolor y persiste en su faena hasta que concluye con la muerte del toro. Me gusta la bravura, porque es violencia y nobleza y es el valor de dar el pecho, de frente y por derecho, se dice, y otorgarle a la bestia todas las ventajas, pues esto no es una pelea, no nos engañemos, es el convencimiento de que la mágica mano del diestro, su muñeca de seda, el temple de su figura y el coraje de su corazón acabarán por obligar al toro a pasar muy cerca y muy despacio, conducido por los vuelos del capote o de la muleta, mientras el torero va ganándole terreno en cada tanda hasta llevarlo al mismo centro del mundo, que son los medios, donde no hay excusas ni barreras para guardarse.

Esta proeza debe realizarse sin aspavientos, con la austeridad propia del que no repara en la opinión de los demás a cada paso porque no le importa lo más mínimo, con la emoción justa derramada en cada lance o en cada pase y solventado en esa última suerte de la espada, ese trallazo de fuego y de acero en el que se lo juega todo, porque la muerte en la plaza ha de ser rápida y sin martirio, inminente e inapelable.

A cambio de todo esto el torero ha firmado un pacto tácito y previo consigo mismo, en el que se estipula que no dudará en ningún momento en cambiar su vida por la preeminencia del arte y por el estremecimiento de un pase ajustado y casi imposible. No puede haber enmiendas, como no debe haberlas en la arena, mientras coloca la franela y trae a la bestia muy despacio y muy cerca de su vientre, por donde pasan los pitones rozando la tela de la taleguilla con una quietud casi religiosa y con la plaza enmudecida y expectante, porque lo que está ocurriendo en el coso, eso que no sucede en ninguna otra parte porque es único y grandioso y auténtico, no es otra cosa que un puro milagro.