Pascual García (pasgarcia62@gmail.com)

Hay palabras que resumen un tiempo o una edad, cuyo aroma nos llega de unos años frágiles y tiernos, en los que todo el mundo parecía tener la misión sagrada de protegernos a cualquier precio. Por eso, cuando volvemos a pronunciarlas en nuestra imaginación nos envuelve esa atmósfera delicada de otros años y de otros usos. Si nos hacíamos daño o nos dolía cualquier cosa, si nos asaltaba un miedo repentino o nos sentíamos solos y tristes, recurríamos siempre a un término que era una especie de sortilegio, de expresión mágica y que valía para todos los temores   y para todos los dolores, los del cuerpo y los del alma; era la expresión esencial del lenguaje, la consecuencia de los primeros gorjeos del bebé, que son asimismo sus primeros ensayos con la palabra y con la inteligencia y de los que nacen algunos milagros lingüísticos, como la palabra papá, que algunos creen con inocencia dirigida de un modo consciente a su progenitor, pero que se trata de una mera coincidencia, por supuesto, porque junto al bebé, en todos y cada uno de sus descubrimientos, se halla siempre la madre y es a ella, paradójicamente, a quien va dirigida el vocablo mágico, compuesto de los sonidos más sencillos de nuestro idioma, aquellos que articulamos jugando por vez primera.

Nos hicimos pupa muchas veces, aunque no fui yo de los que más se cayó o se rompió algo, de hecho me quedé con las ganas de lucir una de aquellas flamantes escayolas en las que los amigos ponían su nombre y que con el paso de los días iban oscureciéndose, tampoco me dieron puntos jamás ni me pusieron lañas ni me abrió nadie una brecha en la cabeza con una de aquellas piedras filosas con las que nos acometíamos muy a menudo. Me caí, eso sí, mientras corría calle debajo de un modo más o menos alocado y en una ocasión me precipité por el terraplén de Las Torres y me corté en la cara, pero no tuve otras consecuencias salvo el sermón apocalíptico de mi madre que vaticinaba los peores males y que me amenazaba de un modo cruel, como lo han hecho desde siempre todas las madres, con llevarme al Pedro el practicante para que me pusiera la inyección del tétanos antes de que se me infectara la herida, me subiera la fiebre y me muriera irremediablemente. Por aquel entonces la muerte y un buen puñado de calamidades andaban siempre rondándonos muy cerca como esos restos fantasmales de una posguerra insalubre y despiadada que todavía rondaban por las calles y por las casas como espectros valleinclanescos de la Santa Compaña.

Pupa era la llave que te abría el consuelo de tu madre, la fórmula para que ella te tomara en brazos y calmara tu desazón mientras te besaba en las mejillas, era el agente externo que te intimidaba de continuo, como si el mundo en aquellos días estuviera repleto de enemigos y maleantes que vigilaban nuestros pasos y nos amedrentaban a diario.

Ahora pienso que era el miedo con el que se habían criado nuestros mayores, el temor a infringir una norma o una ley y a ser castigado por ello y que la pupa constituía la gran herida de un país en plena posguerra, convaleciente de sus innumerables llagas y aflicciones.

Uno querría muy a menudo que volviera aquella madre de la infancia, que nos lavara la cara y las manos, que nos abrazara y nos besara, que nos preparara la merienda y que nos llevara a la calle para que jugáramos con nuestros amigos hasta que el anochecer nos invitara a regresar a casa.