Pascual García (garciapascual@hotmail.com)

Hubo una edad en que no se cerraban las puertas por la noche en Moratalla, porque nadie lo consideraba necesario. Ni mi abuela Rosa ni mis padres atrancaron del todo la puerta de entrada, obedeciendo a una vieja superstición que contaba la muerte de un joven a manos de unos malhechores junto a su casa sin el cobijo de los suyos, pues permanecían ajenos, durmiendo a pata suelta en el domicilio familiar. Tal vez se vivía más en contacto con la naturaleza y ésta empezaba en la misma baldosa, junto a los escalones, donde a veces se había plantado una parra o se colocaban tiestos con flores y alhábega.

Las puertas habían sido construidas para entrar, para hospedar al que lo necesitaba, para dar asilo al caminante, al amigo o al familiar que llegaba de improviso y no tenía dónde ir.

El sentido de la hospitalidad ha sido, seguramente, la mayor virtud de un tiempo ya extinguido por desgracia, y que en mi casa formaba parte de una religión particular. Nunca llevé a un amigo o a una amiga sin que mis padres se volcaran en agasajar a los nuevos invitados. Nunca arribó ningún tío o primo de fuera del pueblo o del campo que no sintiera, como de su propiedad, la casa que mis padres le ofrecían.

Era parte de una estricta educación campesina, indispensable y noble, si uno anda los caminos de la sierra en soledad o vive en el apartamiento de los montes. La solidaridad en esos casos es más valiosa y constituye una norma del honor imprescindible. Yo no creo que por aquellos años el ser humano fuese más puro o mejor. Había maleantes y delincuentes. Existía el robo y el crimen, pero no abundaba el miedo de un modo tan generalizado. Los hombres y las mujeres fatigaban los caminos del campo y de la huerta por la noche y por el día, sin reparar en exceso en el acecho de extraños con malas intenciones.

Insisto en que estoy seguro de que no somos peores ahora, de que, por mucho que se empeñen los medios de comunicación, no se dan más casos de homicidios, violaciones, malos tratos u otra laya de fechorías, pero lo que sí es cierto es que tenemos más miedo, a pesar de que nuestros padres y nuestros abuelos habían conocido una guerra atroz y una posguerra maldita.

La televisión se está encargando de amargarnos la existencia. Ni un solo día sin sangre, sin miembros mutilados, sin rostros de mujer tumefactos, sin niños envilecidos. Ni un solo día sin guerra y sin hambre constantemente a nuestro lado, en la mesa donde comemos y conversamos, en el salón donde descansamos de la dura jornada, y en algún caso, en el dormitorio donde dormimos y hacemos el amor.

No, no somos peores que nuestros padres y nuestros abuelos, aunque ahora no se quede ni una sola noche, ni un solo día la puerta de la casa abierta, que ya no es sólo de madera, sino que suele estar blindada con acero, las rejas de las ventanas echadas, y en las urbanizaciones o en algunos edificios de postín, un guardia de seguridad en la calle. En este paraíso de libertades ciudadanas y democracia, no puedo admitir que la ausencia de mano dura haya dado paso al libertinaje y al desmán de los bárbaros. Hubo siempre bárbaros, de un lado y del otro de la ley, de un lado y del otro del poder. La guerra y la dictadura fueron terribles barbaries legales asimismo.

Hemos cerrado las puertas, porque tenemos miedo, porque hemos aprendido a recelar del otro, a no confiar en nadie. Cada noche nos acostamos a salvo del mal que campa a sus anchas en calles, plazas y avenidas. Antes de dormirnos, imaginamos un ejército de yonquis, violadores y pederastas; bandas organizadas de inmigrantes ilegales, sicarios despiadados a la búsqueda de una víctima o navajeros impunes desvalijando a los escasos transeúntes. Cerramos las puertas, como si cerráramos los ojos y no quisiéramos ser conscientes de que habitamos un planeta complejo, rebelde y, en muchos casos, podrido, pero no somos peores que nuestros antepasados, lo que pasa es que tenemos miedo.