PEDRO CARRASCO

Algunas personas podrían pensar que todo caballista vive y siente lo mismo un día 2, pero no es así, cada uno lo vive de forma diferente y de manera especial, unos duermen más, otros menos, unos están más nerviosos, otros, en cambio, lo disimulan mejor… Yo os voy a contar cómo es para mí un día 2 de mayo.

peña Artesano

peña Artesano

Mi nombre es Pedro Carrasco Celdrán, componente y caballista de la Peña Artesano, ganador de los últimos 3 años de la carrera de los Caballos del Vino. Aunque son siete años los que llevo participando como caballista, no todos los he vivido de la misma manera, ya que cada año es único e irrepetible. Los primeros años me levantaba a las 4 y media o 5 de la mañana aproximadamente, recogía al caballo con mis compañeros y lo engalanábamos para el gran día. Sin embargo, estos últimos años y gracias a los componentes de mi peña, nos levantamos un poco más tarde descansados y con las pilas más cargadas. No eres consciente de que ha llegado el día 2 hasta que no ves a tu caballo totalmente vestido y preparado. En ese momento, los malos pensamientos se quedan a un lado y mientras miras a tus compañeros piensas y confías en que todo va a salir bien. Ese instante lleno de concentración, es un momento muy bonito para mí, podría decir que es la calma antes de la tormenta.

Una vez terminada la misa caballista en el Templete, es el momento de correr la Simona y los nervios ya me empiezan a aflorar. A pesar de que no todas las peñas caballistas corren esta cuesta, a nosotros nos gusta porque nos ha venido bien tanto a nosotros como al caballo, nos sirve de calentamiento para la carrera. Mis compañeros: Julián, Alberto, José, Xavi, Nenico y yo tenemos una tradición esa mañana, siempre nos vamos a almorzar a la casa del Nenico y tenemos las últimas conversaciones de lo que queremos hacer en el castillo, aunque la mayoría de las veces nada sale como se espera. Después llega el último pasacalles hacia el castillo, donde mi padre siempre nos espera para acompañarnos por toda la calle mayor, también como tradición, además es un apoyo muy especial para mí, ya que desde que lo hace las cosas empezaron a irnos muy bien. Esto se junta con el momento de más nerviosismo, ya están todas las cartas sobre la mesa y tenemos que jugarlas lo mejor posible.

Cuando escucho “Puede iniciar la carrera la peña Artesano”, un fuerte temblor me invade todo el cuerpo y suspiro pensando: “¡VAMOS!”. Ahí ya no hay nerviosismo, desaparece, realmente todo desaparece, es como si en la cuesta sólo estuviéramos mis compañeros, nuestro caballo y yo. Es un momento en el que nada nos puede desconcentrar, ni la gente, ni el ambiente, ni los gritos… Todo un año trabajando para ese instante y nada nos lo puede estropear. Nos acercamos al caballo poco a poco para que se ponga lo menos nervioso posible y cuando estamos seguros de que estamos los cuatro enganchados, Julián, el preparador, se aparta con un fuerte grito diciendo “¡AHORA!” y es ahí cuando comenzamos la carrera.

Mucha gente me pregunta qué es lo que he sentido en estas últimas tres carreras, cuáles han sido mis sensaciones…, pero siempre digo lo mismo: “no lo sé, sólo sé que íbamos muy rápido”, es un momento tan corto que no te da tiempo a apreciar prácticamente ningún detalle, sólo que pasamos muy pegados a la gente, pegadísimos, de ahí el dicho de que la cuesta se convierte en una cremallera humana cada vez que sube un caballo.

En lo que primero me fijo al acabar la carrera es en que hayamos subido los cuatro sin ningún problema, ese es el mayor éxito. Echando la vista atrás estos últimos años, la recompensa que hemos tenido ha sido máxima, consiguiendo tres primeros consecutivos, la felicidad que se siente al mirar el cronómetro y ver un buen tiempo, un tiempo que sólo antes habías imaginado en tus mejores sueños, es algo que me gustaría que vivieran todos los caballistas que participan en el festejo, porque de verdad que es una felicidad única que solo se vive unas pocas veces en la vida. El abrazo con mis compañeros, con mi familia y con gente muy allegada a mí, es algo demasiado gratificante.

Al acabar siempre suelo ir al principio de la cuesta a buscar a mi madre y a mi hermano y darles un abrazo celebrando que todo ha salido bien, ya que las madres lo suelen pasar incluso peor que nosotros. Una vez terminada la carrera de los caballos del vino subimos todos a la explanada a disfrutar de los diferentes premios, tanto los de carrera como los de enjaezamiento. Vivo con mucho nerviosismo los premios de enjaezamiento, una modalidad que siempre me ha llamado la atención, ya que lo he mamado desde pequeño con mi padre. Al finalizar los premios, llevamos al caballo a su cuadra, lo duchamos y nos vamos a cenar todos juntos. Luego ya solo queda disfrutar de la noche sabiendo que todo el trabajo de un año ha merecido la pena y con la mirada puesta en el año siguiente.

No quiero acabar sin hacer mención a nuestra Patrona, la Santísima y Vera Cruz, por la cual salimos a la calle cada día 2 y nos sentimos protegidos caballistas, moros y cristianos.