Pedro Antonio Hurtado García

Los preparativos de Navidad, las muchas compras que generan estas fechas, la incertidumbre creada por el coronavirus y otros muchos elementos, por todos conocidos, propician, este año, una fuerte convulsión en esta tradicional celebración.

Precisamente, en tan extraña ocasión, pensemos en los demás, en nuestros colaboradores más cercanos, en todos esos establecimientos que dan vida, generan movimiento y ofrecen dinamismo en este ambiente entristecido e inquietante.

Nos referimos a las tiendas de barrio y a los pequeños establecimientos de proximidad, esos que parecemos despreciar en favor de las grandes superficies, las distribuidoras de conocidas marcas, no siempre mejores y más eficaces que lo más sencillo, sin querer, con ello, renunciar drásticamente a los “monstruos”, ni a esas compras “on line” que merman la facturación de los, ahora mismo, sufridos establecimientos “de la esquina”.

Supuesto que dan vida, ofrecen cercanía, saben lo que queremos casi siempre, nos conocen, les conocemos y están ahí, serían los primeros en ayudarnos ante cualquier necesidad social perentoria, algo que en “los grandes” resulta impensable. Y, porque lo necesitan, no nos olvidemos de ellos, porque es ahora, exactamente ahora, cuando precisan de nuestro apoyo, nuestra presencia, nuestra voz de aliento y un respaldo sincero y sentido, unidos a la moderación y prudencia exigibles.

Pensemos, como nos inculcaban de pequeños, que mejor dar que tener que pedir. Y ya que, ellos, no piden nada, seamos consecuentes con sus valores, pongámonos en su lugar y no olvidemos que la peluquería, ultramarinos, bar, cerrajero, electrodomésticos, higiene, cocina, supermercado, estanco, restaurante o tenderos de todo tipo y condición, también esperan nuestra visita para que, además de adquirir sus productos, puedan sentirse presentes y útiles, deseándoles, merecidamente, felices fiestas. Buenos días.