JUAN GUIRAO

Hace un mes –poco más o menos- quePortada Hablar durante las comidas una buena amiga, Pepa Cotes, me pidió con ese convencimiento suyo tan característico que leyera y escribiera un texto acerca de un libro cuyo autor yo no conocía. Así, a secas, como un disparo. Sin añadir oste ni moste. Ni una palabrica más. Después me explicó que era de Moratalla y se llamaba Pascual García. Yo, muy apartado hace años del mundo (del mundo literario, se entiende) y sus concupiscencias, que no leo sino muy de cuando en cuando a mis pocos clásicos –y así me va y me luce el pelo- busqué algunos datos y escritos de nuestro autor, empezando por su poesía.
Cuando yo era joven –hablo de la época del emperador Constancio Cloro, s.III d.C.- con poco temor de Dios y osadía temeraria, me atreví (que no debiera) a escribir poemas, unas docenas, en que exponía mi cuitada vida y mi pensamiento acerca de algunas cosas. Felizmente para todos, esa producción poética fue sepultada en lugar no expuesto a mirada humana alguna. Eso me tiene que agradecer la literatura española o, al menos, la local tan abundante en poetas y poetisas sin número. Y ¿por qué esta confesión ahora, cuando mi propósito único debe ser el de pregonero, es decir, de avisador de lo que viene en un libro que todos deberíamos tener en nuestras manos?
Porque yo, que había renunciado a leer poesía mucho tiempo atrás, que me quedaba tan solo con poetas de mi adolescencia y primera juventud –Juan Ramón, Neruda, Quevedo, el sevillano Rafaelito Montesinos, de cuyos versos me aprovechaba para conquistar a alguna muchacha hace, ay, cincuenta años- poetas a los que volvía muy de vez en vez despertando y desnudando mi memoria, me encontraba ahora en los poemas escritos por Pascual García con algo que me reconciliaba con antiguos versos que pudieran conmoverme. Decía no sé quién que si el arte no es materia de asombro, no es arte. Yo digo que si la poesía no es materia de estremecimiento no es poesía. Y en aquellos poemas de Pascual recién leídos, había claridad, o sea, luz, luz clara, claror, en un reencuentro con retazos de vida, «Esa hecatombe cotidiana e imparable», como nos dice el propio autor, escogiendo los caminos más ásperos del laberinto enmarañado de la memoria. Los poemas de Pascual García me interesaron porque tenían verdad y vida y, sobre todo, porque intuyo el desasosiego, el desaliento inclemente en las altas horas de la madrugada ante la albura del papel, en la plenitud de la noche horadada por el silencio, en el heroísmo de un esfuerzo que puede quedar baldío, el de la imaginación sin imágenes, todo lo que hay de elegía temblorosa en el acto de creación de un poeta.
Los poemas –varios libros suyos publicados y premiados- de Pascual García alcanzan una rotundidad generosa en su robusta humanidad que deviene luego un manojo de reflexiones no tan solo hacia la vulnerable condición humana de cuanto somos, seres indefensos y desvalidos, como un niño chico, seres inconsolables cuando la pena y el luto y la injusticia, o cuando nos quedamos mirando sencillamente al tiempo, «ese tirano que ni se detiene ni perdona». «Quizá no haya otra herida tan honda e incurable como la que el tiempo pone inevitablemente en el corazón del hombre», decía un escritor amigo nunca olvidado. Pascual, en sus poemarios nos purifica, nos emociona, nos aproxima al conocimiento de cosas que se van dejando a lo largo de la vida y que no recuperaremos jamás. Hay gente que escribe mucho, cuando no tiene nada que decir, y lo vemos cada día. Muy otro es el caso de Pascual, por cuanto tiene de venero, de manantial de certezas, haciendo biografía de su corazón, poeta hondo y sincero, cuyos versos llevan la mixtura del beso y la ceniza, midiendo bien y ponderando el peso, el paso y el poso de la vida. Queridos amigos, cuando puedan, lean algún libro de poemas de pascual García. Al que con alegría he conocido hoy.
Pascual García pasó un tiempo en Lorca impartiendo clases de lengua y literatura en un instituto. Entre los pocos amigos y escritores a los que uno quiere hace ya tiempo están los llamados profesores de instituto; hablo, por ejemplo, de Salvador García Jiménez, de Juan Cano Conesa, de nuestro bien cercano Pedro Felipe Sánchez Granados. Hay en estos profesores y catedráticos de literatura del bachillerato una notable sustancia de héroes. Héroes, sí, en lucha con el desencanto ante el rechazo a la lectura por parte de los alumnos, ante su frialdad y nulo entusiasmo por el aprendizaje, por el goce de leer, por no aventurarse en esa otra vida alternativa que es siempre la lectura. Estos profesores que escriben sacando tiempo de donde no hay, madurando el corazón y el talento con decoro diario ante tanta indigencia espiritual, y que, cíclicamente, publican libros, artículos y ensayos, a mí me llenan de respeto, de un intenso respeto admirativo.
Pascual García ya lleva más de una docena de obras publicada, donde hay cuentos, versos, novelas, ensayos. Este libro que ahora nos trae, publicado por una editorial de bello nombre, Aguaclara, y que lleva en la portada la divertida desenvoltura de una ilustración de Francisca Fe Montoya, está compuesto por cuarenta y dos relatos; los once últimos llevan un título primero y general así expresado: «La tierra que perdimos». Uno intuye cuál es esa tierra. El hombre siempre vuelve a lo que fue, siempre regresamos a lo que fuimos, de alguna manera, entiendo que así es la tierra natal del autor; Moratalla subyace muy al fondo. Permítanme un recuerdo a esta ciudad alta y empinada que, de lejos, semeja una isla entre un mar verde de árboles. Años sesenta, cuando la dicha habitaba en la memoria joven, un grupo de universitarios acompañados por el profesor D. Manuel Muñoz Cortés, que pasó todo el viaje desde Murcia hablándome del lenguaje del escritor Eugenio Noel y su vida atrabiliaria. De Moratalla recuerdo una iglesia de techos altos, de potentes columnas, una torre grande de castillo entre rampantes calles estrechas y modestos edificios, y, sobre todo, frío, mucho frío. Pudo ser en el mes de febrero, porque al subir había flores en los almendros, como si una ligera nevada lo hubiera espolvoreado todo. Recuerdo que en no sé qué lugar nos ofrecieron un trocito de un manjar dulcísimo y reconfortante que pareció aliviarnos del frío. La luz de la tarde fue bajando pronto. Por las calles había unas pocas bombillas trémulas, y a mí me entró una especial tristeza, como un arrebato de desamparo, como un vértigo hacia algo irreparable de sombras que se alejaban.
El regreso hacia Murcia fue para mí un paladeo incansable de melancolía. Esto es lo que recuerdo. Y mi pregunta de entonces: «¿Cómo podría vivir la gente en Moratalla?»
Quizás esta tierra no sea tan hostil, tan inhóspita como parece. Pascual nos habla de ella y de sus gentes. Por fuerza esas gentes han de ser duras, han de endurecerse necesariamente. Y vienen las historias que no les voy a contar, en que el dolor, como la vida misma, abunda más que la alegría. Los relatos de Pascual son breves; pueden ir desde una línea a tres o cuatro páginas, no más. Escribe en una prosa clara, sin aspavientos. Recuerdo aquello que decía Azorín de que «quien piensa claramente escribe claramente». Palabras ecuánimes, verbo exacto, pulcritud, sencillez. El nombre propio de las cosas sin alharacas asombradoras y deslumbrantes. Quizás por ello mismo ¡cuánto esfuerzo detrás!
Cuando uno escribe parece como si el tiempo no pasara. Pero, a veces, se está ardiendo por dentro, afinando la energía para lograr el vocablo, la palabra transparente, definitiva. ¡Ah, la palabra! Alguna vez es necesario encontrarla hiriente, en palabra encadenada que se eleva y convierte en el filo de una espada en una sacudida despertadora del sueño en que habitamos, como en un verso de César Vallejo. Otras veces la cogemos en nuestras manos con delicadeza. «Palabra, dulce y triste, persona pequeñita», decía, me parece, Félix Grande.
Afirma el refrán, cruel como tantos, del viejo maestro que la letra con sangre entra. No. En este caso de escritura, la letra con sangre sale. Y, además, hay emoción en muchas de estas páginas. Y también algo como compasivo, como de buen samaritano que atiende y asiste a criaturas indefensas, porque, al fin, el destino, ese «ananké» inexorable de nuestra inmortalidad, siempre está aguardando el último grano en el reloj de arena. Por momentos, el autor nos hace vivir intensamente otras vidas. Por eso, yo pido, invito a la atención sensible hacia esas páginas que pueden acercarnos a la riqueza de la emoción. Aunque sea una emoción bañada por la tristeza. Yo le propondría a Pascual que en alguna ocasión tomara como lema, como en un viejo escudo, aquel verso de Boscán: «Tristeza pues yo soy tuyo/ tú no dejes de ser mía».
Y hay también silencio. En muchos de estos relatos un mundo de silencio, de personajes que callan, que se mantienen callados, absortos, inhábiles, que no hablan, ensordecidos por la potente voz del silencio, como cumpliendo una penitencia asumida, como si mascaran un rencor antiguo y adormecido que no les abandonara nunca, como si un autismo esterilizante los mantuviera apartados unos de otros, aun conviviendo en un espacio estrecho y limitado. Aparece igualmente en estas narraciones breves todo ese desconcierto que conlleva la condición de los antihéroes, con muchas orfandades y a los que la vida acorrala, desheredados de la esperanza, personajes a cuyo lado podemos vivir cualquiera de nosotros sin saberlo. Ignorándolos. Y hay soledad y soledades que sofocan la vida, esperas sin respuesta, ese algo que nos desvela y queda palpitante ante el umbral de la conciencia, la amenaza inminente ante el fin último, hacia el último ocaso.
En la contraportada el autor nos confiesa que ha escrito este libro para ajustar algunas cuentas pendientes. Bien, es una actitud y decisión tan lícitas como otra cualquiera. Él sabrá por qué lo hace y dice. De mí diré como lector, que lo que me engolosina es saber que si lo abro, que si lo leo, un enjambre de existencia, de infortunios, de encuentros y desdichas me harán vivir intensamente. Si a eso le acompaña la muy considerable calidad literaria de quien sabe edificar con técnica y sustancia, talento y dignidad, pequeñas historias llenas de vida y de sorpresa, con alguna leve gota de humor que es siempre inteligente, yo no puedo sino, honrado y sincero, invitar a los que me oyen, a todos ustedes a que participen en la lectura de este libro.
Pascual García ha vuelto con sus lectores y nos presenta esta joya literaria de interés bien contrastado. Bienvenido sea otra vez. Y hasta aquí el sagrado texto. Vale. ¡Ya está! «Al amigo y al caballo no cansallo». Puedo prometer y prometo que «la brevedad» es bondad y esta vez, al fin, he cumplido.