PASCUAL GARCÍA

Empezábamos a tocar el tambor por estos días, aunque la Semana Santa es variable como la luna y cada año cae en una fecha distinta, pero el frío y un cierto recelo remoto de primavera áspera nos animaban la sangre y nos llegaba el ritmo de lo más profundo de la tierra, así que aprestábamos las latas vacías de gasolina, que eran los tambores más preciados por su eco metálico y el redoble fácil o las cajas de cartón duro y nos echábamos a la calle, como si fuese Jueves Santo de verdad y la batahola emocionante de tambores viniese de la Calle Mayor con la alegría misteriosa de la fiesta, aunque los niños temiéramos a las figuras con capirote y sin rostro definido de los nazarenos y nos atemorizara el toque recio, violento y, en ocasiones, desquiciado, de algunos tamboristas que eran capaces de armonizar la templanza de sus palillos y la furia desatada de esa música vehemente y atávica con que los hombres y las mujeres, aunque en aquel tiempo solo eran los hombres, parecían desafiar al cielo o, acaso, protestar por la iniquidad de la muerte de Jesús, como si, en el fondo, se estuviese rememorando el estado de confusión y tragedia, el temblor de los cielos y de la tierra en ese preciso instante en que un dios se convertía en hombre y cumplía con un sacrificio prometido, pero a lo largo de tres días, jueves, viernes y domingo, aunque en mi infancia no se tocaba el Domingo de Resurrección, o se pagaba una pequeña cantidad para poder tocar y, luego más tarde, ya estuvo permitido.


A estas alturas tocábamos con dos palos toscos las cajas y las latas por las calles del Castillo, en grupo, como si representáramos el festejo que se celebraría algunas semanas más tarde, nos desafiábamos y golpeábamos con saña, eso sí, a cara descubierta, porque la túnica y el capirote los prepararían nuestras madres a su debido tiempo y solo los vestiríamos los días señalados, pues para este ritual seguíamos la ortodoxia y cada cosa debía ocurrir en su momento. Las latas y las cajas para las semanas previas a los tambores y las túnicas y los tambores para los grandes días de fiesta.
Recuerdo la nostalgia tan cercana del acontecimiento que estaba a punto de cumplirse, el desasosiego de las vísperas en las que ya se respiraba la turbación de hombres y mujeres entre los tambores de la calle, y nos parecía mentira que hubiese pasado un año entero, que hubiésemos soportado tantos días y tantas noches sin el ruido, sin el olor de las pieles, sin el aroma de la primavera y la lluvia inevitable y repetida de Viernes Santo. Por aquellas fechas pensábamos que solo la fiesta merecía la pena, los días del tambor y los de la vaca y la Pascua, porque la vida era levantarte tarde, no ir a la escuela, salir a la Calle Mayor vestido de nazareno y con un tambor enganchado en el cincho y tocar con ganas y con alegría hasta que nos dolieran las manos y los brazos, reventaran los callos y saltara, en ocasiones, la sangre, no por un sacrificio inane o por superstición, sino por el puro placer de gozar de la fiesta de los tambores, de unirnos a la barahúnda, de compartir el temblor de la tierra y del cielo que a lo largo de una semana volvíamos a representar como un prodigio de la primavera y de un extraño y remoto sacrificio religioso del que, mientras golpeábamos ensimismados pero con cadencia sobre las pieles tensas, apenas si recordábamos nada, porque aquella era una ceremonia pagana y nosotros sus oficiantes.
Sonaban bien los redobles sobre las latas vacías de gasolina, pero estábamos deseando que llegara el día grande y pudiéramos sustituir aquellos simulacros por la verdad atronadora de un tambor real.
Como en estos días.