PASCUAL GARCÍA

Hay en esta primavera una rebeldía intrínseca, una aspereza solapada de mal tiempo que se resiste a irse del todo, como ocurrirá en el otoño, cuando lleguen los primeros fríos, y percibamos día a día el cambio y el paso de una estación a otra. Los almendros que florecieron en febrero fueron sorprendidos por una helada alevosa y ahora son los frutales los que corren el peligro de caer bajo la amenaza de un invierno intermitente que regresa por unos días.

Los que hemos nacido en un pueblo de los confines del noroeste murciano como éste, reconocemos el olor a vida de estos días, porque a pesar de que a finales de marzo entra la nueva estación, seguiremos sumidos en el recelo del frío, que regresará aún algunas veces y nos sorprenderá con la estufa apagada y sin abrigo.
La primavera de aquellos años y de esta tierra era un premio que debíamos ganarnos con paciencia y que terminábamos anhelando como la venida de un familiar muy querido. Los días de nieve, lluvia y viento habían transcurrido largos y grises y ya necesitábamos la compasión del nuevo sol para secarnos del todo y celebrar la dicha de la tibieza de las tardes abrileñas, mientras jugamos a la pelota en el Patio del Campanario y nos comemos el pan y el chocolate.
Las mañanas todavía eran agrestes a principios de abril, y también en mayo a veces, y uno no acababa de desprenderse de la manga larga y de la segura protección de los abrigos que nos confeccionaban nuestras madres, y cada noche regresábamos a la estufa y a la lumbre, que mi abuelo y mi madre encendían por si acaso, porque el fuego era indispensable todo el año en las viejas casas del campo.
Los amaneceres y los ocasos conservaban el fingimiento de los días transcurridos y, cuando íbamos a la huerta nos placía la frescura de las mañanas en los bancales donde crecían las habas que muy pronto nos comeríamos con tocino y con pan y que ya habían empezado a verdear entre los olivos ralos y los almendros retorcidos.
Seguros del buen tiempo del todo no lo estaríamos hasta finales de junio, cuando las clases iban languideciendo y con ellas nosotros, los alumnos, invadidos por el sopor y la modorra del verano inminente, por esas ganas inmensas de no hacer nada y de levantarse tarde, por el deseo de gozar del calor y del aire libre, de los baños en el río y en la piscina y de la libertad, con que el verano suele proveernos generoso.
Pero marzo era todavía un tiempo lejano y una mera promesa de la auténtica primavera, aunque la Semana Santa trajera una avanzadilla del buen oraje y abriera el Tío del Chambi con los primeros helados de la temporada. En Semana Santa podría pasar cualquier cosa; podría hacer mucho calor o podría llover y los nazarenos debíamos mirar al cielo cada mañana y cada tarde antes de colgarnos el tambor para tocarlo con ganas Calle Mayor adelante.
Tal vez lo que nos ocurra en estos días es que andamos como mustios, con el presagio del nuevo clima y la esperanza de un cambio imperioso, porque nunca estamos a gusto del todo y cada invierno sentimos añoranza de los días cálidos de julio, y cada agosto evocamos con ilusión las primeras ventiscas y el frío de la nieve.
Nos entra la prisa con el renuevo de la savia y el movimiento silencioso de las plantas y la aparición de los primeros frutos salidos del fondo de las flores.
Necesitamos que el tiempo no se pare ni un instante, porque así es la vida y el mundo.