Pedro Antonio Muñoz Pérez  (pedroamupe@gmail.com)

Por una mezcla de empecinamiento, de prejuicios y de indolencia, no participo de las redes sociales a las que casi todo el mundo permanece enganchado buena parte de su tiempo. Por no tener no tengo ni whatsapp, lo cual ya me convierte en un objeto de anticuario, más bien estrafalario y un poco ridículo, en este continuo cuchicheo virtual de la comunicación en las plataformas digitales. No alardeo de ello, más bien me avergüenzo. Ya he agotado mis excusas y se me ve el plumero. En realidad, si no fuera por el correo electrónico, mi capacidad de relación social estaría tan mermada que convertiría mi rareza en un verdadero problema de aislamiento. Soy consciente y así lo manifiesto.

El caso es que, en la abulia y el marasmo de estos días de confinamiento, mi curiosidad y el agradecimiento que le debo a su administrador, me han llevado a frecuentar con mayor detenimiento un perfil de facebook relacionado con mi pueblo: ARCHIVEL-PERSONAS Y LUGARES*, que se define como “grupo público”, es decir, abierto. Sostiene la idea y modera el funcionamiento de este foro variopinto, su creador, mi amigo Paco Jiménez, “el García”, a quien debo un sincero reconocimiento por haber nutrido con una extraordinaria reserva de fotos antiguas las páginas del libro: Testimonios para la historia de Archivel, al que tantas veces me refiero, y también por difundir estos artículos en esa misma página, en la que me consta tienen una generosa acogida.

En el muro (¿se dice así?) de su página, los seguidores participan en una suerte de sana competencia democrática y fecunda por ver quién obtiene y comparte la imagen más original de su archivo familiar hasta el punto de haber creado, me da a mí que sin pretenderlo, un repositorio extraordinario de la memoria del pueblo. Contemplo con admiración y envidia cómo se ha ido tejiendo una red de intercambios en cuyo seno ha crecido como árbol de fruto inesperado el conocimiento del pasado y ha ido conjugándose, como en aquellas letanías escolares en las que recitábamos los verbos, el pretérito imperfecto. Las etapas de la vida son como los tiempos verbales: del futuro que se adueña del ansia de que pase el tiempo durante la infancia y adolescencia, pasamos al presente omnímodo y excluyente de la vida adulta y sin solución de continuidad al predominio del pasado cuando ya no nos queda otro tiempo que esperar y deseamos con todas nuestras fuerzas que se detenga para no acabar siendo recuerdo, víctimas del pretérito imperfecto.

En las descripciones de las fotografías que se hacen de manera cooperativa, hay muchos había, tenía, era, estaba, vivía… Se nota un esfuerzo ímprobo por explicar su contenido, por reconocer a quienes una vez posaron sin demasiada confianza ni intención de pasar a la posteridad. Puedo notar cómo se escarba en los cofres en busca de la memoria escondida y con qué orgullo se expone al público el hallazgo. Resurgen como por ensalmo las viejas fotografías de color sepia y bordes dentados, las instantáneas en blanco y negro, algunas desenfocadas y de una nitidez precaria, como si la carcoma del olvido hubiera estado a punto de hacerlas desaparecer. Son imágenes diversas: retratos, celebraciones, grupos escolares con sus maestras y maestros, escenas que parecen sacadas de una película neorrealista. En las series familiares se aprecian los rasgos comunes de tal o cual saga, y uno entiende aquello tan socorrido de “sacar a alguien por la pinta”. Hay en ellas toda una panoplia de actitudes: desde quienes muestran desconfianza, desafío o simple desdén al objetivo hasta los que son captados en un instante de euforia o de tranquila felicidad, congelados en el tiempo como una forma de inmortalidad de la alegría. Los hay niños cuya naturalidad capta la cámara sin aditivos y adultos resabiados, como si pretendieran avisarnos de que, a pesar de la aparente eternidad de su sonrisa o de su gesto, no debemos de fiarnos: el pasado nos engulle a todos sin miramientos.

En el contenido de esa página hay, sobre todo, multitud de rostros y de nombres conocidos a los que no podemos sustraernos porque cada uno nos interpela como miembros de una tribu ancestral y nos compromete a colaborar en la supervivencia de la memoria colectiva. Es así en cualquier lugar: las caras y los apellidos son el paisaje de nuestro pasado y estamos convocados a recuperarlo si queremos conocer nuestra verdadera identidad y no desaparecer como individuos desmemoriados y huérfanos. Veo imágenes y leo comentarios de personas que me devuelven los recuerdos y, con ellos, recupero mi propio mundo, allí donde se hunden las raíces de mi existencia. Vuelvo a tener la sensación acogedora de reencuentro con la comunidad a la que pertenezco por razón de origen físico (parentescos) y sentimental (amistades). Me veo a mí mismo en una foto de 1973 cuya existencia desconocía y siento un latigazo tan intenso que tardo días en volver desde la “antigua normalidad” a esta nueva.

Ahí están quienes se fueron en la diáspora del éxodo de los años sesenta y setenta. Sus hijos y sus nietos, ahora mallorquines, madrileños o catalanes de segunda y tercera generación, se aferran al pueblo de sus ancestros con un tesón encomiable y colaboran en este redescubrimiento. Un bisnieto de don Arturo Larrubia, el practicante en cuyo recuerdo lleva el nombre una calle, publica un vídeo con la biografía de su bisabuelo en el que pondera las virtudes de su antepasado en relación directa con el cariño recíproco entre el personaje y el pueblo. Y entonces pienso que tal vez me haya quedado corto en la investigación o que el contenido del libro sobre la historia de mi pueblo, bien documentado y extenso, no sea más que un recuento insustancial e incompleto de datos, referencias y acontecimientos, a los que, salvo en algunos casos concretos de personas cuya biografía resalta por alguna cuestión específica, falta el aliento vital de quienes los vivieron. Creo que donde verdaderamente está la esencia del pasado es en la memoria de las personas que lo habitaron, en sus desvelos, conquistas y fracasos, en la aparente banalidad de lo cotidiano, en las anécdotas que forman parte de ese acervo colectivo de historias particulares que es precisamente lo que intuyo en el contenido de esta página “colgada” en una red telemática, un soporte electrónico donde nunca pensarían estar muchos de ellos.

Por eso animo a mis paisanos (a todos los habitantes de la comarca por pequeño que sea su pueblo) a seguir en el empeño. Con algo de sistematización y de estructura, del perfil de facebook a un libro de autoría colectiva sobre las gentes de Archivel solo hay un paso. En Barranda ya lo consiguieron. Y es que la enumeración de los aconteceres históricos está muy bien como marco general de referencia, pero el verdadero latido de la vida se contiene en la grandiosa novela del discurrir cotidiano, en los dolores y alegrías de quienes nos criaron, como ahora también en nuestros anhelos y vivencias. Qué se dirá de nosotros dentro de cien años cuando alguien, un archivelero o archivelera de entonces, pretenda recuperar lo que hicimos y sentimos quienes nos vimos amenazados y sacudidos por la pandemia. Cuando todos seamos pasado, también se nos recordará en pretérito imperfecto.

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