Pascual García (pasgarcia62@gmail.com)

Pocas asignaturas me hicieron pasarlo mal en la escuela, a mí que disfrutaba con el conocimiento y con la lectura, con las lecciones de mis maestros y la presencia de mis compañeros todos los días del curso, salvo este empeño por llevar a la práctica mis ignotas capacidades de ingeniero que, en efecto, nunca salieron a flote porque nunca las tuve.

Odiaba con todas mis fuerzas los murales bobos e inocentes donde se pegaban fotografías y letras con pegamento Imedio en las tardes morosas y eternas de los inviernos escolares de mi infancia. Odiaba la manipulación de las cartulinas de colores, las tijeras de punta redonda, los rotuladores y toda aquella tramoya pueril que me hacían sudar en vano sin otro fundamento que el de pasar las horas vacías de las jornadas en el aula.

Recuerdo momentos dramáticos como el mural que nos mandaron hacer por grupos en segundo de primaria, cuya idiosincrasia y cuyo fundamento o bien no supieron explicarme, o bien no los entendí nunca del todo, pero allí estábamos, en casa de un amigo la noche anterior a la entrega del artefacto, sin acertar con el remate de un trabajo que terminaría haciéndonos la prima, mayor que nosotros y mucho más hábil, de uno de mis amigos. Es verdad que al día siguiente entregamos el mural al maestro, pero hoy estoy seguro de que la angustia que pasamos hasta verlo acabado ni mereció la pena ni se vio recompensada por ninguna nota importante.

Así pasaron los años y los cursos con aquella asignatura de nombre curioso que, por fortuna, no parecía contar en exceso en la nota final, pero que me incomodó siempre. Un pavo con una piña y unos alambres que fuimos mi padre y yo a recoger al monte, una cometa que fabricamos al modo artesanal, con las cañas partidas para construir el armazón, recubierto con el papel de seda de colores chillones, pegado a la caña con masa de harina y agua y la cola pesada de trozos multicolores de tela que me proporcionó mi madre y el hilo de algodón para darle carrete a la cometa que compré en la tienda de la María del Ginés, un móvil que hicimos con figuras de cartulina pegadas con cola y algún desastre más que solo ha dejado en mi memoria el desasosiego de unos momentos de incertidumbre y de nervios que nunca contribuyeron a  ampliar o a desarrollar mis conocimientos o mi instrucción en ningún sentido específico, es decir, no sé con exactitud lo que saqué de todo eso, si no  fue la certidumbre de  una inutilidad manifiesta para valerme con mis manos.

En plena EGB recalábamos alguna tarde por aulas especialmente preparadas para que nosotros desarrolláramos nuestra creatividad. Recuerdo aquellos moldes de vírgenes y búhos, cuyo vaciado en escayola después pintábamos y decorábamos a nuestro antojo. Era más fácil porque el yeso secaba pronto y con ceras de colores nos despachábamos a gusto. En mi casa colgué bustos de vírgenes y los sempiternos búhos, pero algo debió de salir mal en todo aquello, porque un día uno de mis profesores preguntó alarmado y fuera de sí por la autoría real  de alguno de los trabajos y yo no tuve otra salida que dar un paso al frente.

Yo mismo los había pintado de múltiples colores y el maestro no tuvo más remedio que ciscarse en mis supuestas condiciones estéticas. Lo tuyo no es el arte, muchacho, oí que me decía en voz alta, casi gritándome, mientras me señalaba con un gran dedo acusador, dedícate a otra cosa, concluyó terminante su invectiva, en tanto yo me tapaba la cara como queriendo desaparecer de la escena.

Aunque confieso que me dolió un poco aquella brusca salida de tono, aquel menosprecio manifiesto, no puedo por menos que agradecerle ahora su brutal sinceridad porque tenía toda la razón del mundo.