JORGE M. F.

Soy padre de tres niños que estudian en el colegio Nuestra Señora de La Consolación de Caravaca. Estudian en este colegio porque libremente decidí que deseaba darle a mis hijos una educación que reuniese los requisitos necesarios para que pudieran ser formados intelectual, emocional y religiosamente.

A día de hoy, sigo convencido de que esta decisión fue un acierto, y debo decir que cada mañana voy a mi trabajo contento y satisfecho de la elección que tomé.

Y digo esto porque, incluso después de todo lo que he escuchado estos días, cuando dejo a mis hijos en el colegio me voy tranquilo, con la sensación de que dejo, a lo que más quiero en este mundo, en las mejores manos. Ni qué decir cabe que, si no fuera así, mis hijos no pasarían cinco horas todos los días en manos de unos profesionales a los que considero capacitados para cuidarlos como si de sus propios hijos se trataran. Puedo afirmar que estoy convencido de ello.

Y digo que tomé esta decisión libremente, puesto que vivimos en un país libre, tal como se ha podido comprobar en estos días, en el que cualquiera puede opinar gratuitamente y sin medir sus palabras, sin tratar de empatizar con estos profesionales y sin tener en cuenta que son personas de las que se está hablando.

Vaya por delante mi desconocimiento sobre algunos temas, pero no por ello considero que se deban realizar unas acusaciones tan graves como las vertidas últimamente sobre un colegio centenario de mi localidad y sobre sus educadores.

El hecho de que todo el mundo tenga derecho a expresar su opinión no implica que todas las opiniones sean respetables, ya que algunas son en sí mismas una falta de respeto, ni tampoco implica que todas las opiniones sean válidas.

Desde mi humilde opinión he asistido a un linchamiento que, en algunos momentos, nada ha tenido que ver con el caso del que se hablaba.

Esta semana he leído que se ha suicidado una mujer por un vídeo suyo que había sido compartido por las redes sociales, lo que demuestra que hoy en día no solo existe el acoso escolar, que por desgracia el acoso no depende de la edad.

En gran medida, el acoso se produce en redes sociales (sobre todo a menores). Parece que todo el mundo se cree con derecho de expresar comentarios que sería incapaz de decir en otro contexto, y que todo está permitido. Pero en las redes sociales, en mi humilde opinión no se solucionan los problemas, sino que se agravan.

Si hay algo que queda patente cada día en Internet y en la calle es que la falta de empatía es una lacra social. Nadie se para por un momento a pensar en cómo se sentiría en el lugar del otro si eso mismo nos pasara a nosotros, y eso que hoy en día nadie está libre de pecado. Ya tendré tiempo de pensar, después de haber escrito, si alguien me recrimina mi comentario, pero en un principio lo pongo y satisfago mis ansias de revancha y expulso todo el rencor que llevo dentro, aunque ni tan siquiera vaya dirigido hacia las personas que ocasionaron mi dolor.

Cuando eres adulto sabes perfectamente cómo puedes hacer daño a una persona y cuáles pueden ser las consecuencias. Creo que a todos nos queda claro qué puede hacer daño y qué no. Cada uno debemos ser responsables de nuestros actos, de lo que hacemos con la información que poseemos y de cómo la comunicamos. No importa cómo haya llegado a nosotros, a partir de entonces lo que pase es únicamente responsabilidad nuestra.

En nuestras manos está parar este tipo de linchamientos, es nuestro deber como padres educar a nuestros pequeños a no emitir un juicio sin tener en nuestra mano toda la información necesaria para opinar, y mucho menos sin haber escuchado todas las versiones.

Si nos convertimos en jueces, hagámoslo con todas las de la ley, porque los jueces escuchan a ambas partes y después deciden.

España es un estado de derecho, y uno de nuestros derechos es el de la presunción de inocencia, aquella que tanta gente ha olvidado aplicar tanto a los profesores como a los alumnos implicados en un tema tan delicado.

Estos temas se pueden parar, pero para ello, antes que escribir en Facebook, deberíamos ejercer responsablemente nuestra condición de adultos.

Dejemos al colegio y a sus profesionales actuar en este caso, y no juzguemos sin saber qué es lo que ha ocurrido. Cuando dispongamos de la información necesaria emitamos nuestra opinión, pero siempre con respeto.

Estoy seguro de que en el colegio han tratado este asunto con mayor respeto y privacidad y, sobre todo, con mejor intención que la que han mostrado los comentarios vertidos en Internet al respecto.