ANTONIO LUIS TERRONES RODRÍGUEZ/DOCTOR EN FILOSOFÍA

En 2015, después de licenciarme y estudiar un máster, con 25 años, y ante un 53% desempleo juvenil, durante los años del Gobierno de España de Mariano Rajoy, decidí emigrar a América Latina para buscar un futuro mejor como docente. Llegué a Ecuador un 5 de febrero de 2015, con un miedo en mi cuerpo que nunca antes había experimentado, la incertidumbre estaba servida.

El 1 de marzo sufrí un accidente en un autobús urbano y caí en un montón de arena de una obra. Allí estuve durante treinta minutos, hasta que unos chicos chilenos me subieron a su coche y me llevaron al Hospital Eugenio Espejo, público, después de que les avisara que no podía costearme un privado. Cuando llegué al hospital tenía mucho miedo, sin medios, sin saber qué me iba a encontrar, pero por suerte me acogieron con los brazos abiertos. Primero me recibió un sanitario ecuatoriano que me hizo todas las pruebas diagnósticas y, posteriormente, me acompañó a una consulta médica con un doctor cubano. Me transmitieron tranquilidad y cuidado, algo que nunca olvidaré. Imagínense ustedes qué miedo y vulnerabilidad pude sentir en mis huesos con 25 años, cuando con escasos veintitrés días en un país desconocido y con altas tasas de inseguridad y violencia, sufrí un accidente. Viví en Ecuador durante cuatro años y medio, trabajando como profesor. Estaré eternamente agradecido a aquellas personas que me brindaron su amor, cuidado y amistad en una tierra que era nueva para mí.

Debido a mi experiencia de vida, después de escuchar las palabras racistas de la diputada de VOX Rocío Monasterio hacia Serigne Mbaye, diputado electo por Unidas Podemos, en la sesión de investidura de la Presidencia de la Comunidad de Madrid, siento una profunda tristeza, decepción y, al mismo tiempo, un gran rechazo. Me gustaría que mi país pusiera los medios suficientes para que nadie sintiera miedo y pudiera abrazar a todo aquel que lo necesita ante una situación vulnerable. Recojo el testigo de Luna, voluntaria de la Cruz Roja en Ceuta, que abrazó al inmigrante recién llegado a España que venía huyendo de la guerra y el hambre. Y también, el de otras tantas familias de la Unión Soviética, Argentina y México que recibieron a los “niños de la guerra” de España durante la Guerra Civil, porque es saludable y justo tener memoria.

A priori, nadie quiere dejar a sus seres queridos, pero en ocasiones las circunstancias históricas y económicas nos empujan, como ocurrió con tanta gente de nuestra comarca que tuvo que emigrar a Francia, Alemania o Suiza para poder buscar un futuro mejor. No se trata de dar golpes en el pecho con una bandera, como hace la extrema derecha de VOX, sino de llenar el fondo de nuestros corazones y almas patriotas de orgullo de un país que abraza y cuida a aquel que lo necesita y viene huyendo de la miseria, el odio, el hambre, la muerte y cualquier otra causa que amenaza la vida humana. Como joven migrante de la comarca del Noroeste de la Región de Murcia, quiero una tierra que no empuje, sino que abrace, que cuide, que escuche y respete a aquel que es débil y nos necesita. Alabadas sean aquellas personas que abrazan y acogen, que no empujan. Cuidar es nuestra responsabilidad y es uno de los actos más hermosos del ser humano.