Isabel Martínez Llorente, Doctora en Educación (UMU)/Profesora de Lengua castellana y Literatura/Coordinadora Plan Lector Medioambiental en IES Mariano Baquero Goyanes (Murcia)

Dice Carmen Conde que la poesía es el sentimiento que le sobra al corazón y te sale por la mano. Y es que ¿qué es un poeta? Es un loco al que le cabe en la mano el sueño del pasado y del futuro, un músico que aúna lo posible en lo imposible, un mago que hace del misterio su lenguaje, un alma que despierta fuerzas secretas, un viento que te pone la voz que nunca tuviste. Un poeta es alguien tocado por una mano divina que tiene una gran misión: reconciliar a sus lectores con el mundo. Y es que en la poesía encontramos todo aquello que nos nombra y a lo que no podemos poner la palabra justa, el adjetivo adecuado. A veces necesitamos la flecha que nos desentierre la lluvia de los ojos, el dardo que nos exprima el grito ahogado, la diana que nos cite el amor y sus fracasos.

El poeta y la poesía siembran deleites, facilitan la vida del hombre, nos concilian con la carcoma del tiempo y las prisas del calendario, nos estremecen la piel cuando nos permiten vivir todo lo que no hemos sido. De forma clarividente, el poeta nos arroja a la luz que hay tras las sobras de la cotidianeidad, y nos lleva por caminos que nos quitan el frío. Es indudable que 18 Maneras de Atravesar el Desierto tiene una importante carga emocional, carga que sujeta el “yo” poético y que va destinada a un indudable tú, seguramente el mismo de principio a fin, que evoca los antiguos cancioneros del amor cortés.

Son muchas las funciones que puede tener la poesía, desde el ejercicio técnico y el mero divertimento a la explicación simbólica de nuestras inquietudes existenciales, pero aquí prevalece la poesía como asidero, como soporte de una emotividad, como salvavidas para afrontar con dignidad, y por qué no decirlo, con su aporte de belleza, los reveses y tristezas de cada jornada.

Está claro que no estamos ante un libro de poemas al uso, sino que su arquitectura y el propio hilo del discurso nos sitúa ante un poemario con una unidad clara, compacto, con una única línea temática que se sustenta en la voz poética, en su fe en la palabra y en la redención mediante la imagen poética trascendida. Y es que, en 18 Maneras de Atravesar el Desierto, hallaremos otras tantas para beber la lluvia. Curiosamente, frente al paisaje adusto, desolado y seco de una travesía dolorosa repleta de granos de arena, encontramos, en cada recodo, oasis de luz llamados Esperanza, Tolerancia, Ternura, Resiliencia o Supervivencia. Hallaremos, en su lectura, ecos de Aleixandre. Para él, la vida era un rayo entre dos oscuridades; para Mariángeles Ibernón, el rayo de la vida es un beso, es el amor que nos salva de las sombras que representan la muerte.

Y hallaremos, asimismo, “alas de libertad”, porque “una travesía a tu lado jamás será una sombra”, pero si tú no estás “añoraré las olas, los silencios…”, y entonces “seguimos gritando/ la soledad sin voz”, para observar el mundo “como una película rápida de Buster Keaton”. Me hago “el favor de no hacerme/ demasiadas preguntas” y se lanza en busca de un “corazón de alquiler” porque “no quiero volver a ser un ángel (¿ángel caído?) que abraza olas/ en mitad del desierto”.

Si hay un poema que justifica la poética de Mariángeles Ibernón es, a mi juicio, este:

Cuelgo el dolor de vaciar la memoria

y escribo poemas

para lamerme las heridas.

Si hay un poema que justifica a la poeta que conocemos es, a mi juicio, este:

Sonrío con labios de madrugada

y con la seguridad de haber vivido.

Y es que la sonrisa de nuestra poeta acompaña los lamentos que esconden las sombras de su poética, formando, ella y sus versos, un ejemplo claro de buen hacer, de letras medidas al amparo del verso sugerente y sonrisas diáfanas a la luz de una esperanza que nunca es efímera.

Les auguro, en la soberana hora del lector, una delicia de matices hecha de desiertos con agua y vida con luz.