Pascual García (pasgarcia62@gmail.com) / Francisca Fe Montoya

Yo tenía trece años cuando murió Franco, pero mi conciencia política se hallaba en pleno desarrollo y mi curiosidad histórica y literaria me habían aproximado a la figura del dictador y a la época en que ejerció con mano dura e insensible su poder omnímodo, como un dios terrenal de pacotilla –no en vano a todas partes lo llevaban bajo palio- en una España degradada no sólo por la pobreza sino también por la vergüenza de haber perdido una guerra que nunca debió haber empezado. De aquellos polvos estos lodos seguramente, pero ésa es una historia que no viene al caso.


Aquel veinte de noviembre me despertó mi madre con la buena nueva –sería un hipócrita si afirmara lo contrario- de que Franco ya no estaba entre nosotros y de que se habían suspendido las clases durante una semana. Recuerdo que tomé mi vaso de leche con galletas, como todas las mañanas, y me fui a Las Torres, donde solía encontrarme con mi amigo Diego, al que me unía una amistad tan antigua como nuestros primeros juegos en aquel terraplén con vistas a la Sierra del Cerezo y al cementerio.
A los dos nos había sorprendido la noticia y estábamos en un estado de excitación semejante al de los preparativos de un viaje o a la inminencia de un gran acontecimiento. Durante unos minutos hablamos sobre el asunto, consideramos la posibilidad de una revolución y de una guerra (así se pensaba entonces en España y, tal vez por esto, así se hicieron las cosas, a medias, porque el miedo siempre es más poderoso que la verdad).
Contemplamos el Peñón del Cuervo y concebimos seriamente un plan para huir a la sierra en caso de una improbable represalia. Nuestra imaginación aventurera y enfebrecida de adolescentes se disparaba a veces por derroteros de película. Nos gustaban las del Oeste y ya nos veíamos huyendo senda arriba, entre la maleza y la espesura de los pinos, en mitad de una vegetación tupida, entre la que no nos sería difícil escondernos de la guardia civil o del ejército. Viviríamos de los animales que cazáramos y de los frutos del monte. Beberíamos agua en las fuentes y nos construiríamos chozas con ramas secas para pasar la noche y guarecernos del frío y de la humedad.
Durante aquella mañana del 20 de noviembre del año 1975 nos proveímos, por unas horas, de una identidad nueva, una existencia diferente de prófugos por la libertad y nos echamos al monte de forma imaginaria, siguiendo la tradición guerrillera de los bandoleros españoles, a los que tan escaso partido cinematográfico hemos sacado, por otra parte. Aquella imagen romántica y libérrima de los proscritos buscándose la vida al margen de la ley nos atraía, sin duda. Sentados en Las Torres, mi amigo Diego y yo convinimos que tal vez había llegado el momento de ponerla en práctica.
Estábamos convencidos de que, si llegaba la ocasión, tendríamos que huir y ocultarnos, pero no sabíamos con precisión de quién ni la causa exacta, porque no habíamos cometido ningún delito y ni siquiera éramos mayores de edad. Jugábamos a la clandestinidad con ciertos partidos de la época, coqueteábamos con la propaganda prohibida y asistíamos a determinadas reuniones, pero si uno había nacido en el Castillo ese cortejo con la izquierda resultaba tan natural como nuestra descreencia religiosa o nuestro destino proletario.
Entusiasmados por aquellos días de asueto imprevisto por la envergadura del suceso extraordinario que estábamos viviendo, mi amigo Diego y yo adquirimos la costumbre de reunirnos cada mañana de forma voluntaria junto al terraplén de Las Torres y emprender una excursión improvisada hacia el Peñón del Cuervo, como si ante aquel evento único, atendiéramos con más fuerza a la llamada irracional de la sierra. Jugábamos, en parte, a huir y a escondernos, pero nos gustaba el monte y disfrutábamos buscando fósiles o piedras de tamaños y colores caprichosos. En el camino, nos contábamos historias inverosímiles de héroes, desertores y evadidos. También nosotros, en cierta medida, nos sentíamos así, ilegales y temerarios, sobreviviendo en un medio hostil que, sin embargo, conocíamos bastante bien. Nos atraía la aventura, el riesgo, la fábula de un tiempo peligroso aún, que afortunadamente nos había alcanzado apenas por los pelos.